30 May 2014 - 3:41 p. m.

Las Farc controlan hasta la biodiversidad en La Macarena

Crónica desde el tesoro de los tiniguas, uno de los paraísos naturales más hermosos del mundo, en plena era de dominio de las Farc.

Publicado el 28 de julio de 2001

 Don Arturo lleva 50 años contando desde la ventana los pasos de su pueblo. La alcaldía, dos escuelas, un colegio y media docena de iglesias que crecieron bajo su mirada, que también fue testigo de la llegada de las Farc y su expansión por la región.

Nunca quiso ser alcalde, pero formó parte de los fundadores de La Macarena, en 1964, cuando no había casas ni calles ni templos protestantes. Todo era bosque, tigres, dantas y uno que otro indio tinigua sobreviviente de las masacres de Relámpago y Hernando Palma en los albores de la década del sesenta.

Llegó en busca de fortuna y la encontró escondida en el chinchorro que desde hace 50 años guinda en el patio de su casa, mientras espera a Beatriz, su esposa, una mujer que llegó a lomo de mula, cuando el gobierno de Rojas Pinilla sacaba refugiados de la región de El Pato, y se unieron a las guerrillas de Guadalupe Salcedo.

El Refugio y la coca

Arturo y Beatriz no saben leer ni escribir y afirman que están viejos para reclamarles a los libros de historia. Pero sostienen que La Macarena nació en 1964 como el caserío de El Refugio, al que se llegaba tras siete días de camino o por vía aérea, como lo hicieron dos años después los pilotos de la FAC.

Tras convertirse en una importante despensa agrícola y pesquera, y con la llegada de misiones extranjeras para estudiar la riqueza natural de la serranía, La Macarena creció hasta llegar a los 15.000 habitantes. Y sus siete cuadras de ancho se convirtieron en el principal destino turístico de la región.

Pero la época de subienda se acabó, como reconoce don Gentil Guerrero, cuando la gente dejó de pescar valentones y mojarras para meterse a los cultivos de coca. Él admite que sembró seis hectáreas de su finca, pero, luego de dos años de malos resultados, decidió volver a la ganadería.

Alguna vez, en un chinchorro parecido al de don Arturo, Gentil Guerrero decidió que quería la paz y no volvió a sembrar coca, aunque todavía saca cuentas sobre los $3.000 que vale una arroba de hoja en la zona de distensión, y las 22 arrobas que puede coger al día un recogedor experimentado.

Porque los cultivos de coca en La Macarena son tan antiguos como el pueblo. El juego de alcoba de Guerrero es herencia de sus años de juventud en la siembra ilícita. A don Arturo, en cambio, sólo los baños diarios con coca peruana para tratar su trombosis le recuerdan que La Macarena siempre ha olido a coca.

El negocio fue controlado por las Farc y los campesinos lo recuperaron gracias a la tranquilidad que en materia de orden público vive la región, pues hasta hace 32 meses, cuando no existía zona de distensión, eran frecuentes las operaciones militares para perseguir a los cultivadores de coca.

Pero sólo algunos intermediarios pueden comprar la hoja para garantizar que los recursos se queden. Cuando los raspachines llegan, los billares y expendios de cerveza se disparan, pero los borrachos cuidan sus modales, so pena de volverse “voluntarios” arreglando vías, por las que se transporta la coca hacia el río Guayabero.

Por el mismo río se llega a la imponente serranía. Pero el acceso a la zona del parque natural también está restringido por las Farc, cuyos comandantes vigilan que los lugareños no causen daños a la reserva y cobran multas hasta de un millón de pesos para los infractores.

Años atrás, Gentil Guerrero tuvo opción de enrolarse en la guerrilla, pero optó por hacerle honor a su nombre en vez de su apellido, y fundó el conocido restaurante que únicamente abre los fines de semana, cuando la gente de las veredas baja al pueblo en busca de remesas.

Si le queda tiempo, echa a volar su imaginación y evoca los aviones de la FAC, al coronel Octavio Martín y al gringo Thompson, cuyas aeronaves se devolvían repletas de valentones de 18 arrobas. Pero los grandes peces y los aviones hoy sólo viven en las añoranzas de sus chinchorros.

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