9 Nov 2014 - 4:27 a. m.

Sepultureros de Colombia, los notarios de la guerra

En países como Argentina, Chile, El Salvador, España y Bosnia buscaron a las personas que fueron inhumadas. En Colombia están ayudando a construir esta memoria, aun cuando la guerra sigue vigente.

Felipe Morales Mogollón

“Nos ha tocado sacar muchos NN de Medicina Legal y luego darles sepultura en estado de descomposición horrible. En una época el Ejército los entregaba por montones. Los tenía dos o tres días en la Quinta Brigada, les hacían necropsia, pasaban a las neveras y cuando había emergencia sanitaria nos llamaban a taparlos (enterrarlos). Iban en estado terrible. El más arrecho se acercaba por ahí a 10 metros. Mañana hay papeles y hay que tapar a 20, nos decían. Madrugábamos, los sacábamos de Medicina Legal y anotábamos sus datos —sexo, necropsia, bóveda—, todo por si algún día les daban reconocimiento. El traslado era en camionetas viejas. Los acomodábamos uno encima de otro. Los tapábamos con plástico y pal cementerio. La única despedida era con el radiecito mientras les echábamos tierra encima. Teníamos que echar guarito para aguantar ese olor a pichera”.

Este relato representa una escena repetida muchas veces en la vida de Pedro Antonio Carreño, uno de los sepultureros del cementerio de Bucaramanga. Lleva 31 años “tapando” a los muertos de la región y a algunos otros que llegaron a ese camposanto por las extrañas vueltas de la vida. Un trabajo que puede resultar macabro y que muchos no serían capaces de desempeñar, pero que a ellos terminó por convertir en notarios de la violencia en Colombia. Un país en el que los desaparecidos se cuentan por miles. No sólo por las décadas de conflicto, sino por la tendencia a arreglar los asuntos a bala. Hoy Carreño es testigo de excepción de la guerra que se ha vivido en la región del Catatumbo, de Santander y de Norte de Santander, donde han tenido asiento las Farc, el Eln, los paramilitares y el Ejército.

Muchos muertos de su interminable guerra llegaron a su cementerio, la mayoría quedaron en fosas comunes sin ser identificados. “Los años más difíciles fueron entre 2000 y 2004. Eso fue mucho matar guerrilleros. Era pura gente joven que no pasaba de los 20 años. Esos guerrilleros eran de 17 y 18 años, unos niños. Tengo una anécdota de cuando estaba el general Carreño en la Quinta Brigada. A él le avisaron un diciembre que venía una fila de guerrilleros a reforzar el páramo del Mohán y la zona de La Colina. Él con sus hombres los emboscaron y les pegaron una matada terrible. A los que quedaron vivos, que eran puros niños, los vistieron bonito y los regresaron a Bogotá. Yo tuve que tapar un mes después a una niña que más se demoró en llegar a Bogotá que en regresar, porque tenía su novio en la guerrilla”.

Pedro Antonio Carreño habla de uno de los golpes militares más duros que el Ejército les dio a las Farc en la región de Santander, conocido como la ‘Operación Berlín’, una acción militar que le dio reconocimiento al general Martín Orlando Carreño, comandante del Ejército en 2003, pero que a los sepultureros sólo les incrementó el oficio. Él así lo recuerda: “A Bucaramanga llegaban cadáveres de otras partes. A un lado estaban los de las Farc y al otro los del Eln. Andaban en La Colina, en el Catatumbo, en el páramo del Mohán, en el sur de Bolívar. Eso fue de lado y lado. En el cementerio, donde queda el panteón del Ejército, me tocó tapar a muchos soldados profesionales. Allá no había distinción entre soldados y guerrilleros. Todos terminaron en el mismo sitio. Uno veía los helicópteros que traían colgando los muertos. Nosotros sólo sabíamos que teníamos que taparlos”.

Con escaso conocimiento de lo que significó el reclutamiento y asesinato de jóvenes que eran presentados como bajas en conflicto por las Fuerzas Militares, Carreño sintetiza diciendo que en esa época su oficio cotidiano fue tapar muertos. “Nosotros pensábamos que eran guerrilleros, hoy nos comentan que no fue así. Nos contaron la historia de dos hermanos que los subieron en un bus pagándoles y todo, y luego se los llevaron para un pueblo que se llama Ocaña, donde les pegaron una masacrada. Luego les pusieron uniformes y a mí me tocó taparlos. Eran muchachitos y hoy les dicen falsos positivos”. Como Carreño, el suyo es un oficio al que se dedicaron cientos de personas en una época de violencia que nadie olvida.

Hoy, cuando el país le apuesta a la verdad como parte del camino para superar el conflicto, ahora Carreño y sus colegas sepultureros se han convertido en narradores de hechos. En La Guajira, por ejemplo, Sonia Bermúdez Robles habla de su cementerio que denomina Gente Como Uno. Ella lo llamó así porque “en la muerte, todos, aunque no estén identificados, son iguales. A ellos los llaman los sin memoria, porque uno puede decir quién es o quiénes son los nuestros, pero los familiares de muchos que enterramos ni saben dónde quedaron ni por qué no volvieron. En Colombia hay muchos hombres y mujeres sin memoria; madres esperando a que alguien les diga cuándo van a aparecer. Yo creo que si vamos a construir la paz, al menos tenemos que entregarles los muertos a cada familia”.

Por extraño que parezca, Sonia vive para su trabajo. Lo heredó de su papá, Catalino Bermúdez, primer celador del cementerio de Riohacha. “Ahí empecé a ver cómo sepultaban a las personas que no tenían familia. Yo entendía que los seres humanos somos iguales y me preguntaba por qué uno lo enterraban en el suelo y al otro en una bóveda, o por qué a uno le caía la tierra en la cara. Cuando tenía 13 años construyeron en el cementerio una morgue, un cuarto para rajar (necropsia) a los muertos. Yo estaba pendiente y llegó un guajiro, Luis Cotes Barros. Él me sacaba, pero finalmente me dijo: ¿qué es lo que usted quiere? Me puso a hacer aseo, mi mamá me daba palo, pero me mandaron a Bogotá, a Medicina Legal, a hacer el curso de disección. Fui disectora de La Guajira, pude coger muertos como quería. Ahí comenzó mi historia”.

Hace una pausa como cogiendo impulso y luego agrega: “En el cementerio tengo como 30 sin memoria. He entregado varios a Medicina Legal y a la Fiscalía, pero a muchos se les olvidó que hay que enterrar a los muertos. Cuando una persona llega para preguntarme si en el cementerio hay alguno, percibo su desesperación por saber si es el suyo. Cuando hago esa entrega, el rostro de angustia se transforma. Ellos saben que es una persona que ya no es, pero su rostro se tranquiliza si encuentra su cuerpo. Una hermana me preguntó una vez qué sentía de estar cuidando muertos que no son míos. Yo le contesté que la tumba de mamá tiene a mis hermanos que la visitan y le llevan flores, los sin memoria no. Hasta hoy nos estamos acordando de ellos, pero Colombia tiene miles de personas desaparecidas”.

Así como Sonia Bermúdez aprendió el oficio de su padre, sus hijos decidieron recorrer la misma ruta. Su segunda hija, Malka Pallares Bermúdez, es la administradora del cementerio Gente Como Uno, Hoy asegura confiada: “Yo voy a seguir con este legado. De niña iba con mi mamá, pegadita a ella, y aprendí esta labor que yo siento que es bonita. Me parece extraño que en otros cementerios los muertos no identificados sean una carga, que no sepan qué hacer con ellos. No sé si entienden que poner una vela, una flor o rezar un rosario es un auténtico acto de humanidad. Es un acto mucho mejor cuando uno puede concluir la historia de alguien enterrando a su muerto, o mejor aun cuando se le puede entregar a su familia”.

Admite que los muertos no le hablan ni tampoco la asustan, pero asegura que sus huellas, su ropa o sus heridas le cuentan sus historias. “Hace poco entregamos a un muchacho que había sido soldado y lo mataron. Su mamá llegó al cementerio a asumirlo. Lo mataron de varios disparos. Ella lo reconoció por las chanclas y una pantaloneta que le habían regalado. En el Ejército nunca le dieron respuestas. Recuerdo también a un señor de Montería que llegó a Riohacha sin entender por qué su hijo estaba allá. Sólo se convenció hasta que vio unos zapatos que le había regalado en una celebración. Por eso es que yo guardo todas las pertenencias de los muertos”, insiste Sonia Bermúdez, quien reconoce además que entre los cuerpos no identificados hay un común denominador: son víctimas de la guerra.

La mayoría de los cementerios han sido administrados por la Iglesia católica. El padre Luis Guillermo Jaramillo, párroco de San Bernabé, de Bugalagrande, afirma que “Colombia es una nación de violencia. Era eminentemente católico, uno empezaba a existir hasta que tenía partida de bautizo, todo estaba en manos de la Iglesia, pero de repente la violencia nos volvió un país de cuerpos no identificados. De muertos por violencia, por soledad, por indigencia, de personas que mueren sin cédula ni familia. No podemos olvidar sus historias. Crecimos escuchando la chusma de los rojos y los azules. Ahora tenemos que rescatar el duelo, el velorio y empezar a perdonar y reparar. Por la salud mental de nuestra población, por la paz interior, por las personas que quieren encontrar a sus muertos, es necesaria la paz”.

Entre tanto están ellos, los sepultureros, los verdaderos notarios de la guerra en Colombia. El padre Jaramillo lo resume: “No podemos olvidar sus historias porque emprender la búsqueda de los seres queridos no es ser cristiano, es ser humano, es estar en el dolor de los otros. Por eso cuido a los muertos como un tesoro y sigo esperando a que lleguen a identificarlos en las tumbas. Eso también da vida. Así no parezca, trae perdón y reparación. Insisto que hay que hacerlo por la salud de la gente, por su paz interior. Hay que seguir buscando a los muertos sin sepultura y saber cómo murieron. Todos quieren ver a sus ausentes forzados, o al menos tener el cajón donde enterrarlos, cualquiera sea su confesión o su fe, para elevarles oraciones. En esa ración de vida los sepultureros nos dan ejemplo”. 

* fmorales@elespectador.com / @felipeprensa

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