10 Jun 2021 - 3:14 p. m.

Testimonio desde Providencia: ¿Y ahora qué hago?

Ha llegado la temporada de huracanes para el Caribe, mientras avanza con paso adormilado y torpe la reconstrucción prometida de San Andrés, Providencia y Santa Catalina tras el paso de Iota el año pasado. Aquí una residente intenta responder cómo se imagina las islas en un año.

Camila Sánchez García*, especial para El Espectador

Hace pocos días, en un foro en pro de las islas, preguntaron a modo de cierre y para generar una proyección ¿Cómo se sueña cada uno de los participantes en un año? Específicamente se trata del Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, con sus cayos remotos e identidad cultural tan única en Colombia como común al Gran Caribe.

La pregunta llegó profundo y dolorosamente dentro de una herida que aún no ha sanado y no supe qué respondería en mi caso. Y es que convivir con la incertidumbre alimentada por Eta e Iota en tiempos de Covid no es tarea fácil. Menos, teniendo en cuenta que rápidamente llegó la temporada de huracanes para el Caribe. Cabe aclarar, para aquellos que no están familiarizados con el tema, que todos los años se presenta dicha temporada (junio 01-noviembre 30), la cual varía en intensidad de acuerdo con las condiciones climáticas de cada año, especialmente relacionadas con la temperatura de los océanos.

Y digo “rápidamente” porque la velocidad en que se acercó contrasta notoriamente con el paso adormilado y torpe de una reconstrucción prometida, sin considerar las particularidades propias de estas islas, distanciadas 720 kilómetros de la costa continental (Cartagena) de un país que se encuentra en paro respondiendo a una profunda y prolongada crisis nacional.

De acuerdo con la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA), el panorama para la temporada de éste 2021 no es alentador: 13 a 20 tormentas, de las cuales 6 a 10 son potenciales huracanes y a su vez 3 a 5 potenciales huracanes de nivel 3 a 5 (en una escala de 1 a 5, donde 5 representa la máxima categoría, con vientos completamente devastadores). Esto, después de un 2020 en el que se batieron varios records, siendo la temporada con mayor número de tormentas nombradas; es decir que nos tocó el másfuerte de los huracanes en la época más activa jamás registrada.

En este contexto, asumo que quien lee comprende las causas de mi dificultad a responder a la pregunta. ¿Cómo me sueño en un año?

(También puede leer: Reconstrucción de Providencia y Santa Catalina: dos casas en siete meses)

Mientras escribo, medio piso de lo que quedó de la casa que habito se encuentra mojado, el plástico que en enero logramos poner en lo que ahora es el techo ya perdió su función a causa de los rayos solares y las fuertes ráfagas de viento que lo han despedazado generando fragmentos plásticos que por cierto invaden el territorio. Sé que no soy la única y aclaro que solo es una descripción, ya que de tratarse de una queja vendría inevitablemente cargada de cierta vergüenza considerando que aún, siete meses después, continúan muchos –de todas las edades y géneros– viviendo en carpas y cambuches. Con goteras, sin techos, en carpas: así estamos.

Escribo y miro a mi alrededor notando que todavía los vecinos se ven y escuchan más cerca que antes de esa eterna noche, igual que la Mar que hoy anda alborotada. Y es que, claro, la vegetación apenas recuperándose del Iota ya no forma una barrera física al sonido y así lo hemos sentido también con el viento y el candente sol, pues su paso es intenso y directo. ¡Cuánta falta hacen los árboles con sus sombras! Así pasa también y en mayor magnitud con los manglares; esos ecosistemas de los que ya poco queda se enfrentaron a olas de más de 6 metros y vientos implacables, reduciendo su intensidad e impacto en las costas. Sin bosques, sin manglares: así estamos todos.

Así el panorama, la pregunta a la que le busco incesantemente respuesta es ¿Cuál es el plan? ¿Cuál es el plan de familias, como la mía, que se han visto separadas por el riesgo que implica vivir en casas saturadas por la humedad, rodeadas por escombros, puntillas oxidadas, vidrios rotos, aguas servidas y un desolador panorama? ¿Cuál para una comunidad en la que las aturdidoras ráfagas de vientos alimentan la llama del miedo que dificulta un sueño reparador? Pocos quieren hablar del tema y la palabra “huracán” ha sido sutilmente silenciada, como si al pronunciarla estuviéramos invocándolo. También me pregunto por los cientos de militares, policías, ingenieros, obreros y representantes de ONG que han abordado las islas ¿Qué hacer en caso de?

Para estas preguntas, múltiples respuestas desde todos loS niveles. Como residente de las islas me imagino mi propio plan, ubicando las estructuras más resistentes, pensando qué pude haber hecho mejor para prepararme y reaccionar. Entre vecinos también se asoman tímidamente estas discusiones y se va dibujando sutilmente alguno que otro esbozo, que en muchos casos incluye tomar una lancha rápida a la isla hermana de San Andrés.

Sin embargo, desde las instituciones gubernamentales el silencio es aterrador, los avances en la reconstrucción y las prioridades para las mismas incongruentes (léase reconstrucción de peatonal y aeropuerto entre otras, antes que de hospital, escuelas, albergues y vivienda; como denunciaba una de las voces del archipiélago), evidenciando la total ausencia de un plan de emergencia acorde a las condiciones/necesidades socioambientales específicas y particulares de Providencia y Santa Catalina, donde se respira la inconformidad y disgusto de la comunidad frente a las acciones y omisiones del gobierno nacional potenciadas por la presencia de numerosos foráneos.

El riesgo de eventos climáticos adversos en estas islas oceánicas es un tema siempre presente, pero al que hasta ahora no se le ha dado la importancia necesaria. Claramente es la primera vez que un gobierno colombiano se enfrenta cara a cara con la devastación causada por un huracán de máxima categoría, pero aún más claro es que no es el único; por lo cual es indispensable voltear a mirar a nuestros países vecinos y, a partir de sus fallas y aciertos, bajo la mirada de expertos internacionales y locales (de los que contamos con excelentes capacidades) generar las estrategias tan necesarias.

(Puede interesarle: Cuando una hermana llora por Providencia...)

Cabe resaltar la experiencia de Cuba, donde se trabaja simultáneamente el desarrollo social y económico, la adaptación al cambio climático, la mitigación, preparación, respuesta y por último recuperación de desastres; tal como lo reporta la organización internacional Oxfam (Thompson M. & Gaviria I. Cuba. Weathering the Storm:Lessons in Risk Reduction from Cuba. Oxfam America, 2004), quienes a su vez afirman que en las escuelas cualquier niño puede explicarle cómo preparase y qué hacer en cada fase, ya que al igual que la comunidad han recibido el correspondiente entrenamiento. “Entrenamiento”, palabra clave para afrontar el riesgo.

Requerimos de una visión a corto, mediano y largo plazo para abordar la problemática. Claro es que con urgencia necesitamos de refugios, albergues y hospital resistentes ante huracanes, terremotos y demás expresiones de la naturaleza. También necesitamos pensar más allá, reconocer que como seres humanos generamos un fuerte impacto en las condiciones ambientales de nuestro planeta, en el cual todo está conectado y cada acción tiene consecuencias.

Replanteemos nuestros modelos de desarrollo, nuestra avidez por el consumo, dependencia del petróleo, indiferencia hacia quienes desde hace tiempo sufren las consecuencias de campos infértiles y riquezas sobreexplotadas. Debemos pensar y actuar desde el presente para la posibilidad de un futuro y exigir como ciudadanos y consumidores políticas y medidas drásticas consecuentes con las cuentas regresivas que advierten desde la ciencia: ¡Cinco años para cambiar nuestro modelo global actual!

Cinco son también los años que calcularon desde la NOAA a inicios de la temporada de huracanes de 2020: “Si esta temporada termina por encima del promedio, durará cinco años consecutivos con una mayor actividad tropical” . Requerimos actuar pronto y con la máxima conciencia, con la que podamos superar nuestros miedos y trascender nociones de tiempo y espacio. Así pronto nos daremos cuenta, por ejemplo, que nuestra isla hermana –San Andrés– requiere con urgencia de una planeación a la altura de una amenaza devastadora.

* Bióloga. Cofundadora de Help 2 Oceans Foundation

Comparte:

Regístrate al Newsletter de hoy

Despierta con las noticias más importantes del día.
Al registrarse, acepta nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
X