Durante ocho días, en la avenida Guayabal de Medellín, específicamente en la carrera 52 #14-169 sobre un muro del centro logístico de la empresa DHL, 17 artistas urbanos con más de dos décadas de trayectoria intervinieron un mural de 350 metros cuadrados titulado “El graffiti y su legado en Medellín”. Se ubica en el corredor Guayabal Gallery, y está abierto al público para que cualquier transeúnte pueda verlo.
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Entre los grafiteros participantes están Numak, Fate, La Plaga, Eyes y Sem, artistas activos desde los años ochenta y noventa. La dirección artística estuvo a cargo de Alejandro Villada, conocido en la escena como Pac Dunga. y se ubica en el barrio Guayabal precisamente porque esta zona de Medellín, según Pa Dunga, “hace parte del corredor artístico que viene potenciándose entre artistas y entidades para diversificar las zonas de impacto con arte urbano gráfico en la ciudad”.
El mural no se originó en una convocatoria institucional, sino en una solicitud de los propios artistas durante la Bienal de Arte Urbano de Medellín: “en el marco de los recientes proyectos de gran envergadura, como la Bienal de Arte Urbano, también era necesario darle valor a la memoria”, señala Villada. “Fue necesario hacer una parada, dialogar con la dirección de la Bienal y solicitar un espacio de reflexión para hacer visible el trabajo que durante tantos años han realizado muchos artistas que siguen vigentes en la escena”.
Según el director artístico, el objetivo no fue reconocer trayectorias individuales, sino atender un vacío de documentación, pues considera que “faltaba, y sigue faltando, el reconocimiento documental a tantos años en los que muchas generaciones han aportado para poner el pavimento que permite a los artistas de hoy recorrer con confianza los nuevos caminos del arte urbano gráfico en Colombia”.
En ese sentido, reunir a artistas con más de veinte años de actividad ininterrumpida (Numak, Fate, Pac Dunga, La Plaga, Eyes, Sem, SH Pepe, Nino, Arte Vital, Cereso, Monky, R*NDOM, Zycra, Juan Marcos, Gordon y Gsakonea) constituye “una invitación para exaltar la identidad, la tradición oral y los estilos gráficos que han escrito las páginas del arte callejero en Medellín”.
El graffiti en Medellín, hoy practicado por cientos de personas en distintas comunas, se consolidó a partir de los años ochenta con una primera generación de artistas que, según Villada, “con aerosoles en mano y bailando breakin dijeron ‘aquí estamos, esta es nuestra válvula de escape en medio de tanta violencia y pocas oportunidades para los jóvenes’”. En el mural se ve reflejado cómo el graffiti se convirtió en un símbolo de aguante y empoderamiento barrial.
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La convocatoria para participar en el proyecto “El graffiti y su legado en Medellín” se abrió en marzo de 2026 bajo criterios de mérito, priorizando a artistas con veinte años o más de vigencia continua en el espacio público. El proceso se dio en seis etapas de reuniones presenciales y trabajo virtual hasta llegar a un boceto aprobado por todos los participantes. Además, el muro debió repararse antes de la intervención, que se ejecutó de forma simultánea a lo largo de ocho días.
Villada reconoce que coordinar a tantos autores con estilos distintos, que van del wild style al realismo, además del 3D y el cartoon, fue el principal desafío técnico: “sin duda fue un reto tener tantas manos para construir el resultado visual. Pero la estrategia de trabajo colaborativo permitió alimentar el proyecto considerando las habilidades de cada artista”. Precisamente de esta colaboración nacieron elementos compositivos que resultaron de la fusión de técnicas de varios autores, y el factor que facilitó la unidad de la obra, según explica, fue biográfico, pues “muchas de las situaciones que vivimos cada uno de los artistas tiempo atrás fueron historias de barrio comunes, que convergen en anécdotas similares, lo cual facilitó la integración de las ideas”.
La pieza toma como eje la noción de leyenda y propone el muro como un texto que puede leerse: “la idea de este graffiti mural hace relación a la palabra leyenda, con el ánimo de referirse a las historias que deben ser recordadas y a lo que merece ser leído”, explica Villada. Parte del concepto nace de la idea del graffiti como escritura, por lo que la obra representa la vida de los artistas “como libros que hacen parte de una biblioteca mística, los cuales, al abrir sus páginas, permiten conectar portales hacia un viaje atemporal por los diferentes momentos y las experiencias que se cruzan entre ellos”.
Para Pac Dunga, más allá de la ejecución del mural, las sesiones previas de trabajo fueron de los momentos más significativos en el proyecto, pues “aunque el mural tiene gran envergadura, desde mi punto de vista, el sentarse alrededor de un café o una cervecita a compartir las historias de tantos años es el real símbolo del legado”. Villada describe ese momento como la constatación de que cada vida importa, se conecta con las demás y justifica el riesgo asumido en cada muro coronado.
Destaca además la participación, en una de esas sesiones, de William Monsalve, conocido como Fast, uno de los pioneros del hip hop en Medellín a principios de los años ochenta, quien “fue clave para entender que los aportes de cada persona magnifican la memoria colectiva y el fortalecimiento de este poderoso movimiento”.
El mural fue liderado por Comunigraff y Mesagraff, y contó con el respaldo de la Agencia para la Gestión del Paisaje, el Patrimonio y las Alianzas Público Privadas (Agencia APP) de la Alcaldía de Medellín, la Corporación Cultural y Artística Elements y el Festival Hip4. La obra se integró a la ruta Galería Guayabal bajo el concepto curatorial “El graffiti como legado”. La Agencia APP señaló que “más que pintura, este encuentro fue un viaje en el tiempo con anécdotas, reencuentros y la fusión de estilos que dieron origen al movimiento urbano de nuestra ciudad”.
A pesar de la idea que se tiene del graffiti como irreverente e incómodo para las autoridades, el apoyo de estas entidades públicas es para estos artistas “el producto del fortalecimiento de la comunidad del arte urbano gráfico de la ciudad”, integrada por gestores, corporaciones, escuelas de graffiti, emprendedores y artistas independientes, que desde hace quince años trabajan por un acuerdo municipal que favorezca la escena.
El director artístico precisa que ese respaldo no altera la naturaleza de la práctica: “su naturaleza contestataria genera incomodidad en algunos sectores de la población, pero finalmente la voz popular a través del graffiti y el arte urbano hace parte del retrato de un país con sus aciertos y debilidades”.
Para Villada, la obra es una referencia para quienes empiezan y deben entender que la práctica del graffiti requiere de muchos años de entrenamiento; así se convierte en “una invitación a la disciplina, a la constancia; además, es importante seguir alimentando la relación entre las diferentes generaciones, valorar la memoria y recalcar nuestros códigos locales”.