La historia del reencuentro con un hombre desaparecido hace 35 años

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El hallazgo con vida de un hombre desaparecido por la violencia alivió la zozobra de una familia llanera y les dio esperanza a miles más de encontrar a sus seres queridos gracias al Acuerdo de Paz. Colombia2020 reconstruyó el caso.

El 14 de julio Orlando* recibió una llamada que lo dejó perplejo. Al otro lado de la línea respondió una mujer. Lo saludó por su nombre y empezó a preguntarle datos de su vida. “Esta señora me está investigando mucho, ¿qué pasará, si yo no le debo nada a nadie”, pensó.

—¿ Por qué me está preguntando esto? ¿Qué pasa contra mí? —dijo, desconfiado, este campesino de sesenta años.

—No, don Orlando, le tengo una sorpresa, pero antes teníamos que dialogar. ¿Está preparado? —le contestó ella.

—Claro, si yo estoy preparado a toda hora. Cuénteme.

—Bueno, don Orlando, sus hermanas lo han buscado por 35 años. Hago parte de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, una entidad que trabaja para dar con el paradero de quienes fueron desaparecidos durante el conflicto armado. Ellas se acercaron a nosotros y lograron encontrarlo.

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La huida

A Orlando lo perseguía uno de los tantos grupos armados que todavía recorren la Orinoquia. Vivía junto a ocho hermanos más en una finca y todos se dedicaban con su padre al trabajo en el campo y a cuidar el ganado.

En 1985, hombres armados lo obligaron a irse con ellos, mientras a su familia le ordenaron que les colaboraran con su apoyo en la región. Todos se negaron. En ese momento se fueron, pero a Orlando, que por entonces tenía 25 años, lo siguieron persiguiendo y amenazando días después. Le dijeron que él les servía más adentro del grupo o si no, lo preferían muerto.

Su padre aseguró que era mejor la muerte antes que dárselas de “vivos” juntándose con “esa gente, que no era buena”. Así que Orlando huyó. Se fue bien lejos sin dejar rastro en la región. Recorrió Bogotá, luego Villavicencio y Guaviare. Mientras tanto, a quienes lo ayudaron a escapar los amenazaron o los asesinaron. A la familia también la encañonaron, los amenazaron con que se llevarían a los niños, así que se vieron obligados a abandonar su finca.

Sus hermanas, en medio de la angustia, lo buscaron a través de las emisoras municipales, preguntaban por él y llamaban a cada número que les daban; pero pasaron los años y nunca más volvieron a saber de Orlando.

Quince años después, a una de ellas le contaron que su hermano estaba muerto, así que lo dieron por hecho y no hubo más preguntas sobre su paradero; tampoco denunciaron, por miedo. Hablar en alguna entidad o con la Policía era ponerse la lápida encima en esa época.

“Yo nací para andar, para conocer, pero no para hacerle mal a nadie”, explica hoy Orlando. En Guaviare, conoció a su esposa, pero poco después, en 2008, les tocó volver a salir corriendo de esta tierra por los enfrentamientos entre el Ejército y los grupos armados. Intentó preguntar por su familia, pero le daba temor volver a la zona. “Uno se desespera siempre porque no sabe qué les habrá pasado, con toda esa violencia tan dura que ha existido”, agrega.

Cada quien siguió con su vida. Él ahora tiene cuatro hijos, de 24, 14, 11 y 3 años. “Es mejor irse para otros lugares para estar más tranquilo en vez de hacerle algún mal a alguien. De no ser por eso yo no tendría esta familia”.

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Las pistas

El hijo de Claudia*, una de las hermanas de Orlando, trabaja en el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar en un departamento al oriente de Colombia*. En diciembre del año pasado escuchó de una entidad que buscaba a las personas desaparecidas y pensó en su tío. Nadie en la familia sabía de él desde su huida. Llamó a su mamá al llegar a la casa y le propuso que lo buscaran.

Ella no lo pensó dos veces. Solo esperó a que llegara el nuevo año y sin prestarle atención a su diabetes, a los 62 años que lleva encima ni a las seis horas de camino que tenía por recorrer, se decidió a ir hasta la ciudad con su hijo para hablar con esa entidad.

Orlando y Claudia eran muy apegados cuando pequeños, aunque también peleaban. Cuando tenían diez y doce años, respectivamente, se agarraban a puños mientras sus otros siete hermanos hacían de público hasta que alguno gritaba: “Ahí viene mi papá” y todos salían corriendo para evitar el regaño. “A mí no me gusta que me ganen, ni a él tampoco. Durábamos como hasta una hora en esas y ninguno se dejaba”, dice por teléfono, entre risas.

Cuando la atendió el equipo territorial de la Unidad de Búsqueda, le entregó lo único que tenía de su hermano: un registro civil hecho a mano y casi ilegible, con la fecha de nacimiento de 1960 y los nombres de sus padres. Nada más. “Nosotros, en el fondo, decíamos que ya para encontrarlo estaba como difícil; pero vea, gracias a Dios, como a los cuatro o cinco meses me decían que estuviera contenta porque él estaba vivo y pronto lo volvería a ver”.

Uno de los principios rectores para la búsqueda de personas desaparecidas del Comité contra la Desaparición Forzada de las Naciones Unidas es que esta se debe hacer bajo la presunción de que la persona desaparecida está viva, independientemente de las circunstancias, la fecha en la que desapareció o el momento en el que se inició la búsqueda.

Con el nombre completo en mano, el equipo de la UBPD empezó a buscar en todos los sistemas de información misional de personas vivas en Colombia. Estos pueden ser el sistema de salud, de comparendos, contratos y los antecedentes judiciales, entre otros. Este acceso que tiene la Unidad se lo otorgó el Acuerdo de Paz entre el Estado y las Farc, en 2016.

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Fue en el Registro Único de Víctimas donde estaba la primera pista. Había un homónimo de Orlando que había reportado un desplazamiento forzado en 2008. Con esa información elevaron la consulta a la Registraduría Nacional de Colombia, que les confirmó que no había en este país dos personas con ese mismo nombre.

Con el número de cédula revisaron en el sistema de salud y verificaron que Orlando seguía vivo y estaba activo en determinado municipio del país. También pudieron corroborar que había accedido, junto a su esposa, a un subsidio de vivienda en un barrio particular y así fue como pudieron entrar en contacto con él.

“Las familias nos plantean siempre que quieren encontrar a sus seres queridos vivos, pero cuando nos dicen eso luego de pasados diez años es difícil. Nos preguntamos si no es generar una expectativa muy alta cuando pueda que no estén vivos; pero encontrar a esta persona viva le da todo el sentido a que hay que escuchar el sentimiento de quien busca. Es una guía insustituible”, señala Luz Marina Monzón, directora de esta entidad.

Luego de la primera llamada en julio, y en medio de la pandemia, la UBPD siguió en permanente contacto con Orlando a través de videollamadas para confirmar que, en principio, él quisiera reunirse de nuevo con su familia y, segundo, que sí fuera la misma persona que Claudia estaba buscando. Lo verificaron a través de sus huellas dactilares.

Otra de las hijas de Claudia le regaló un celular para que pudiera descargar WhatsApp y las aplicaciones para las videollamadas. A Orlando le tocó a través del celular de su esposa. El primer contacto virtual entre ambos fue el 5 de noviembre.

“Traté de estar tranquila”, cuenta Claudia, “yo le pedí mucho a mi Dios para que me diera valor, que me sintiera bien. Sentí mucho gozo de que ya después de creerlo muerto pudiera volver a mirarlo. Eso le parece a uno como si hubiera soñado, como que no era cierto; así me pasaba a mí”.

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El reencuentro

El 29 de noviembre en la tarde, más de 25 familiares, entre los que estaban Claudia y sus cinco hijos, se pusieron cita en Arauca. Orlando llegó minutos después junto a su esposa y sus cuatro hijos. Se escuchaba el sonido del arpa, las maracas y había comida típica del Llano.

—¿Por qué nos hizo eso de desaparecer, si usted nos podía encontrar más fácil? —fueron las primeras palabras de Claudia después de un largo abrazo—. Pero vea, nosotros nos pusimos en el trabajo y lo encontramos.

Orlando le contestó que había sido un poco de miedo y de descuido, pues el grupo armado que lo intentó reclutar sigue en la región, así que él prefirió seguir conservando su vida tranquila. Eso sí, su esposa intentó en vano buscar a su familia por Facebook.

Se sorprendió y entristeció cuando supo del desplazamiento de su familia, de la muerte de su padre un año después de su huida y la de su hermano menor. “A él lo mató un grupo armado; la misma plaga, como en junio del 2000. Aquel que quería hacer matar a otro no era sino que dijera que era del Gobierno. Tenía 35 años y también lo habían boleteado para que se fuera de nuestra vereda”, relata Claudia.

En los cortos tiempos libres, alejados del asedio de los periodistas, se contaron de sus sufrimientos y alegrías. “Ese día él me dijo que estaba cansado de dar entrevistas, pero yo le dije: no hermanito, así como nosotros luchamos por encontrarlo a usted, también tenemos que ayudar para que otra familia encuentre a su ser querido. Sean vivos o muertos, pero que sepan dónde están”, recuerda Claudia.

“Uno se pone nervioso”, señala ahora Orlando. Es un hombre alto, fornido y dedicado al campo, con poncho y sombrero llanero siempre encima. “Ya tantos años y vernos tan cambiados: yo medio recordaba a mis hermanas, pero a mis sobrinos no. Ya están hechos todos unos hombres y mujeres. Y mis hijos están contentos de conocer a sus tías y primos”.

Luego de este reencuentro, Orlando trata de hablar seguido con sus hermanas. A Claudia la llama diariamente hasta más de una hora. El próximo 31 de diciembre, todos los hermanos se reunirán en la casa de ella. Harán chicha, carne asada, sancocho y hallacas, tal como despedían el año en la finca de su padre, antes de que la violencia los separara.

*Nombres y lugares fueron omitidos por seguridad de la familia.

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