Un amigo, Lehder y la paz de Colombia

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En los ochentas, antes y después de la fundación del Cartel de Medellín, los Bad Boys eran aquellos jóvenes rebeldes y delincuentes que un día se burlaron del sistema en lujosos autos y desmedidas riquezas. Decían querer a los pobres, o por lo menos pregonaban igualdad. Uno de esos era Lehder, o “el alemán” como se le conocía en algunos círculos. Al parecer este hombre, además de la riqueza obtenida por el narcotráfico se codeaba con importantes políticos de Antioquia, hoy muertos, presos o libres, y hasta expresidentes.

Es iluso pensar que el Cartel de Medellín fue solo una organización de criminales y mafiosos, de gente marginal venida a más, reunida en la mesa de un restaurante con olor a aguardiente cada tanto. Esa es la imagen que siempre han querido difundir y lavar con las series. El Cartel de Medellín era una organización política, con proyectos políticos del cual hicieron parte líderes empresariales, familias importantes, con cargos y puestos destacados dentro de la estructura del estado. Desde luego, todo esto evolucionó hasta nuestros días. Digamos que fue el germen de la refundación de Colombia, como dicen algunos, y Lehder un símbolo fundamental.

Entre los jóvenes de la Medellín de entonces tenía fama “el alemán” del eje cafetero. Era el típico jovenzuelo, caribonito, millonario, rebelde y rockero. Loco, mujeriego. El tipo dizque agarraba un micrófono y descrestaba, “no era bobo, era inteligente, bien hablado”, recuerda mi amigo. Las fiestas en la finca eran apoteósicas. Tenían un ingrediente que las otras no: eran fiestas a la altura del momento, con acento cosmopolita, drogas, alcohol, sexo al ritmo de los Beatles. Mientras con Pablo y los demás estaba la imagen de ser un narco aburrido y ordinario, con Lehder estaba la imagen de serlo al estilo inglés.

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Cuando lo escucho imagino algo así como una novela de Jack Kerouac de la beat generation, escritores y artistas del bajo mundo americano por allá de los años cincuenta, antecesores del hipismo, cuyas obras experimentales estuvieron marcadas por el desenfreno. Y claro, puedo entender la atracción que fue Lehder para los jóvenes de clase media y alta, tanto como la vida de un trompetista maldito de algún misterioso grupo de Jazz. Mi amigo también tuvo que lidiar con la tentación de tener su Harley Davidson como algunos de sus compañeros de secundaria, o un Mercedes descapotable.

Estaba dando los primeros pasos rumbo al camino maldito del narcotráfico. Él, un ajedrecista y matemático promesa abandonó la universidad. Con sus amigos hacían caravanas y peregrinaciones por toda Antioquia y el eje cafetero en sus motos. Se resistió a la Harley, aunque su madre a cambio le obsequio una moto gigante para sus carreras, una Calima roja de alto cilindraje. Pudo más el humilde regalo de la madre. De fiesta en fiesta, y con Lehder como mesías su vida cambiaría drásticamente.

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Un día, después de una fiesta en Medellín, decidió irse en su motocicleta. En una curva no logró doblar y estrelló. Estuvo cerca de la muerte. Varios meses internado en una clínica. Meses en los cuales, gracias a sus amigos de estridencias supo que Lehder había sido entregado a los Estados Unidos. Según cuenta, ese día la cara se le derrumbaba como una montaña de arena o de mierda, y empezó la matazón. Su pequeño sueño de Bad Boy caía a pedazos. Entonces vendió lo que quedó del aparato retorcido y regresó a la universidad. Su vida fue otra y merecería un libro, pero es distinta de lo que pudo ser, de no haberse accidentado y de no haber caído Lehder, su admirado Lehder.

“Vea pues, hoy el “alemán” está en Alemania”, dice mientras se ríe. “Que no venga a este cagadero porque acá lo matan”, agrega. “Donde ése tipo hable, hunde a más de uno, les debe estar temblando el culo, ojalá, ojalá hable”, dice mi amigo con cierta nostalgia, o al menos eso percibo por la videollamada. Ya no hay admiración, hay rencor con el ex capo enfermo que han dejado en libertad, o tal vez con el sueño frustrado que representó a toda una generación.

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