Es hora de levantarse y Mónica Fonseca abre los ojos dispuesta a comenzar un nuevo día de trabajo o quizá con ganas de ir al gimnasio, ¿por qué no? Al fin de cuentas dentro de sus rutinas de televisión e imagen, trabajo y ejercicio terminan siendo lo mismo. El fin de semana está próximo y habrá tiempo para tomar un descanso, dormir bastante si es posible o acostarse en casa a comer algo que ella llama maíz pira aunque su esposo insista en que son tan solo “palomitas de maíz”. Ojalá Robert Downey Jr. aparezca en la pantalla, “el gran Robert Downey Jr., uno de los mejores de la historia”, entonces para Mónica el maíz sabrá mejor.
Llegará ese día pronto, pero ahora hay que comenzar una vez más, dar un vistazo a la ventana de su casa para observar el jardín y, si tiene suerte, ver cómo alguna ardilla trepa por los árboles. El jardín está verde, espera que crezcan rápido las flores para que cuando venga el sol o llueva bastante, el olor que se desprende de un caño que está un poco más allá entre en batalla con aromas mucho más amables: “uno de los problemas de Ciudad de México… el alcantarillado”, dice Mónica.
Después tomará su carro y cargará con un disco de música clásica por si el tráfico está estático y su paciencia necesita un poco de ritmo. Se relaja, sabe que existe un señor de apellido Tchaikovsky aunque no conoce mucho del género. Sale por las calles de San Ángel, su zona al sur del Distrito Federal, y se enfrenta con una bestia de casi 20 millones de habitantes, con una “jungla de cemento que te recibe con toda su dureza”. Sabía que ese sería su hogar desde el 6 de diciembre del año pasado, cuando al aire libre de Cartagena y en un ritual judío, contrajo matrimonio con Mark Tacher, el actor mexicano, “el mariachi que conquistó Colombia”, como algunas revistas rosas sugerían.
Sabía que viviría allí porque su nuevo esposo había firmado un contrato con una célebre productora de México. “Es diferente cuando vienes de turismo a cuando vives aquí”. Mónica, la novia, pasaba grandes momentos perdida en la inmensidad de la Plaza del Zócalo caminando y tomando el sol. Mónica, la esposa, está obligada a salir a cualquier cita dos horas antes de lo pactado para evitar llegar tarde. A pesar de todo, “se trata de un país alucinante”.
A los trancones de Bogotá, a los otros trancones, vuelve unas dos veces al mes. Se declara afortunada de poder hacerlo, aquí necesita menos tiempo para ir del punto A al punto B, de su apartamento al estudio de grabación y luego al aire al frente de una cámara. No obstante, en su vida todavía no ha aparecido la primera mañana en la que se martirice por no estar en donde se siente más cómoda. Nacida en Miami, con pasos esporádicos por Santa Mónica, Maryland y París, ha aprendido a no sentirse desarraigada una vez se marcha, como una nómada que de tanto en tanto se pregunta cuál será la siguiente parada.
Visita Bogotá también para ver a los amigos, lo que más extraña, eso sin contar sus salidas en directo de su programa Ciencia, Salud y Tecnología en NTN24. En ocasiones se extiende un poco en su estadía, “entonces mi esposo me reclama: Monkey, te estás demorando mucho, vente ya para acá que me haces falta” y ella se ríe porque le gusta que se lo digan. Alguien le enseñó que el matrimonio es como un jardín, como el que ve por las mañanas, que hay que regar continuamente para que no se marchite.
La cotidianidad todavía es una nueva rutina, una nueva cultura y un lenguaje diferente. “Recuerdo una tarde de compras. Aunque no soy de gritar, alcé la voz para llamar a Mark al otro lado del almacén: amor, ¡qué chaquetas de cuero tan divinas!, ven y las coges para que sientas la textura”. Sólo un mexicano podría dimensionar el tamaño o la gracia de la vulgaridad que acababa pronunciar, por eso las miradas y el rubor. “Chamarra, recuerda que se dice chamarra, y trata omitir de tu vocabulario el verbo coger”, le recordó su esposo entre risas. Después volvieron a casa recordando la anécdota y se dedicaron a descansar y a alimentar a sus mascotas: John Bon Jovi, el perro; Paris Patricia Hilton, la gata, y Leoncio Emilio, el gato. Todos de apellido Fontacher.
Hoy lee mucho y por su trabajo todas las sesiones de lectura las dedica a la ciencia, la salud y la tecnología, desde México graba y dirige su programa. Las tardes de Baudelaire y Sartre se quedaron en el pasado pero las revive día a día, porque para ejercer el periodismo “te sientes mejor informado si pasaste por la academia”. El estudio de Ciencia Política en la Universidad de las Andes –dice– es la base sobre la que apoya su criterio y la que le hizo dar cuenta de que la televisión era la sangre que corría por sus venas, como para los actores de teatro las tablas. En los salones conoció a una de sus grandes amigas, Lina Arbeláez, quien la describe como “una universitaria tímida y callada”.
Lina fue testigo de la metamorfosis, vio a su amiga incursionando en el modelaje y en la televisión a fuerza de ganas de buscar alternativas de trabajo que se acomodaran a sus intereses. La vería después siendo presentadora en City TV, en el Canal Caracol y en RCN, y posando en topless para algunas revistas. “Mónica se volvió extrovertida, la televisión le ayudó a desenvolverse”.
Si ella está al mando, todo está bien. Quizá por eso le da un poco de nervios montarse en un avión, sería diferente si pudiera ser piloto, “lo que yo manejo me da seguridad”. Mónica maneja su vida desde el colegio –el Santa María–, donde jugaba hockey con sus compañeras; desde que su padre le dijo: “Tranquila, Moñita, que nunca te voy a dejar de querer”, cuando estaba en riesgo de perder el año. Maneja su programa hablando con expertos de todo el mundo y su tiempo cuando las directivas del canal le piden hacer “presencia de talento” para promocionar el nuevo canal, puede ser en Los Ángeles, puede ser en España. Un flash, una sonrisa o un gesto de mujer fatal, Mónica Fonseca también sabe manejar su belleza cuando los lentes la están mirando.