Cólico del lactante: cómo identificarlo y qué hacer

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Aunque generalmente no duran muchas semanas, para algunos padres es una etapa de angustia e intranquilidad por el llanto intenso y frecuente de los bebés. Algunas alternativas pueden ser de gran utilidad.

Son las 6 de la tarde; sabes que como en los últimos días, dentro de poco tu bebé se va a irritar sin imaginarte qué le sucede y por qué, casi con la exactitud de un reloj suizo, entrará en un estado de llanto inconsolable ante el cual poco o nada podrás hacer.

Como no puede expresarse con palabras y a penas comienzas a entender sus gestos y reacciones, intentas abrazarlo, mecerlo, cantarle o decirle palabras de aliento para calmarlo, pero… ¿Ninguna estrategia te funciona? Es posible que no tenga malestar o enfermedad, pero sí que esté en una etapa por la que pasa entre el 20 y el 40% de los bebés, aproximadamente.

Se conoce como el cólico del lactante y, normalmente, comienza hacia la segunda o tercera semanas de vida y se extiende hasta los tres o cuatro meses, pero algunos recién nacidos se mantienen así hasta cumplir medio año. Se caracteriza por ser un llanto agudo, que se presenta durante varios o todos los días de la semana, y que comienza casi siempre al finalizar la tarde y persiste unas tres o más horas.

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No se sabe con precisión la causa de los cólicos, pero los especialistas hablan de diversas opciones: la sensibilidad ante algún alimento que consumen las mamás o ante un estímulo, incomodidad o dolor por gases, tránsito rápido del alimento por las vías digestivas, alimentación exagerada, desadaptación del recién nacido a su nuevo mundo o temperamento del bebé. También se menciona mucho la intolerancia a alguna proteína de la leche de fórmula, pero esta se presenta muy pocas veces.

Enrique Bolívar, pediatra neonatólogo, profundiza sobre las causas: “Los cólicos suceden porque el intestino de los recién nacidos todavía tiene una capa muscular muy disminuida, y esto provoca que se distienda. Otra razón, es que también tienen disminución de ácidos biliares y la vesícula bota bilis para desdoblar grasas. Además, a veces la mamá produce una leche materna muy rica en grasas y en azúcares, y esto altera la evacuación gástrica, produciendo distensión y llanto”.

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En estos instantes de irritabilidad tu bebé puede gritar, estirar y encoger sus piernitas contra el abdomen y cerrar sus manos, mientras su vientre se ensancha o se distiende por efecto de los gases, hasta que de un momento a otro se calma, tal vez cuando ya está cansado y es vencido por el sueño.

Por no estar aún regulado, a esta edad el sistema nervioso del bebé es inmaduro. Pero hacia los 3 meses de vida, cuando el recién nacido ya es más maduro, el llanto cederá. Con seguridad, todavía tu hijo será protagonista de muchos desvelos, angustias y demandas, pero podrás estar más tranquila, y eso ya es ganancia.

Aunque es cuestión de paciencia y de esperar pocas semanas o meses, es probable que antes puedas calmar la frecuencia e intensidad de su llanto siguiendo algunas alternativas que te proponemos a continuación.

Modifica tu dieta

Si lo estás amamantando, es factible que tu bebé sea sensible a algunos alimentos que pasan a través de la leche materna, especialmente estimulantes como el café o el chocolate, lácteos, huevos, nueces, soya o los que dentro de sus ingredientes tienen trigo.

Algunas gestantes deciden eliminar los fríjoles, el repollo, la cebolla o el brócoli, pero no hay estudios que comprueben que es efectivo contra los cólicos. De todos modos, si tienes la sospecha de que un alimento puede ser irritante para tu bebé, exclúyelo de tus menús.

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Si lo alimentas con leche infantil o de fórmula, consulta con el pediatra sobre la posibilidad de cambiar la que le ofreces actualmente, pues algunos bebés son sensibles a las proteínas de este tipo de leche.

Aléjate del tabaco

Se ha evidenciado que los hijos de mamás que fuman son más propensos a tener cólicos. Un estudio realizado por investigadores de las universidades de Brown y de Harvard (Estados Unidos), con más de 12.000 infantes, determinó que los bebés de mujeres que fumaron durante y después del embarazo, tienen el doble de riesgo de padecer cólicos del lactante.

Disminuye cantidad y velocidad

No siempre que tu hijo llora es por hambre. Es importante alimentarlo a tiempo, pero con las medidas o dosis que él demande y no con las que tú estimes que debe ingerir; lo anterior, con el fin de no molestarlo y que quede siempre satisfecho. Si toma leche del biberón y lo hace muy rápido, usa uno con un agujero más pequeño.

Busca opciones

No es sencillo encontrarlas, entre otras razones porque lo que te puede funcionar hoy, mañana de pronto no. No obstante, intenta calmarlo paseándolo en su coche; muchos de los bebés se tranquilizan con el movimiento. Mécete con él, álzalo y prueba diversas posiciones, siéntalo en un columpio o silla vibradora apta para él, cúbrelo todo con una cobija grande y delgada para que encuentre refugio y calor. Todo lo puedes hacer con frases enternecedoras o música tranquila de fondo; en fin, tienes de dónde escoger.

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Una postura indicada es ponerlo boca abajo y estirado sobre tus piernas, masajeando con suavidad su espalda para que elimine los gases y las heces. Al estar levemente presionado contra su abdomen, hay más probabilidades de que se relaje. No te olvides de hacerlo eructar con frecuencia mientras está en su dichosa hora de la alimentación.

La distinción entre un llanto por cólico y el llanto por otra situación, es algo que los padres aprenden a través de la experiencia y el mayor conocimiento de sus bebés, pero como lo comenta el doctor Bolívar, “básicamente el llanto por cólico del lactante es postprandial; es decir, después de comidas, no debe haber fiebre, debe estar haciendo popó todos los días y, generalmente, mejora con masajes abdominales o después de estar un tiempito alzado, hasta que el estómago evacúa y ya pasa el dolor y se estabiliza”.

Pueden confundirse con los cólicos del lactante la obstrucción intestinal, que ocasiona dolor pero no hay evacuación de heces; la apendicitis, que habitualmente se acompaña de fiebre; una hernia inguinal o umbilical encarcelada, que puede provocar masas en el ombligo o en la ingle, o malformaciones intestinales, como vólvulos o malrotación intestinal, que ya son de tratamiento quirúrgico, aclara Enrique Bolívar. En estos casos, es vital la consulta con un pediatra o acudir a urgencias.

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