¡Mi hijo habla sin parar! ¿Qué hago?

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Algunos niños cuando ya tienen un buen dominio del lenguaje no paran de hablar, y aunque algunas veces son inoportunos, es positivo para su desarrollo que se expresen.

Cuando alguien habla y habla, dichos populares son los que sobran: “¿A cómo se calla la hora?”, “Cierra la boca y le salen letreros” o “Habla hasta por los codos”… Todos están dirigidos para referirnos a esas personas que se toman el poder de la palabra y difícilmente ceden el turno para concedérsela a sus interlocutores.

Pero no es asunto exclusivo de adultos; muchos niños en casa, en clases y en visitas, con familiares o amigos, y hasta con desconocidos, no paran de hablar, algunos aún a media lengua y otros cuando ya tienen un buen manejo del lenguaje y se hacen entender.

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“Una característica general de los niños, después de la adquisición de su lenguaje verbal, es la curiosidad y la exploración del mundo. El lenguaje verbal se convierte en un vehículo para manifestar esa curiosidad y para aproximarse al conocimiento del mundo que les rodea. Hablar para los niños y niñas es una experiencia novedosa y que da cuenta de la confianza que sienten con los interlocutores, que muchas veces suelen ser adultos.

Además, dadas las diferencias individuales, puede haber niños que expresan más o que expresan menos; no debe verse esto como un problema sino como una acción natural de su proceso de infancia”, resalta Miguel Ángel Cárdenas, psicólogo especialista en familia.

Si tu hijo tiene estas características, no es una mala noticia para ti. Por el contrario, los niños charlatanes generalmente son agradables, listos, amigables y, por supuesto, muy extrovertidos. Pero además, perfeccionan sus habilidades verbales y comunicativas, que les permitirán interactuar mejor familiar y socialmente.

Habla mucho porque quiere preguntar y averiguar sobre lo que apenas está conociendo o explorando, pero también porque desea comunicarse verbalmente contigo y expresarte lo que piensa o siente en ese preciso momento, y de sus experiencias con amiguitos o en el jardín o el colegio.

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Sin embargo, en otras oportunidades por ser tan conversador es posible que en sus entornos familiar, académico y social no escuche a los demás o que los interrumpa constantemente, comportamiento que puede provocarle algunas dificultades, como ser rechazado o ignorado.

De igual forma, es una conducta inadecuada cuando no respeta el turno de hablar de otros niños o adultos, cuando lo hace en momentos o lugares en los que no debe o si es grosero o irrespetuoso con otros compañeros, amiguitos o mayores.

En dichos casos, cuando con cierta frecuencia sus charlas están fuera de lugar o son inconvenientes, es fundamental averiguar y analizar si se deben a aburrimiento, por llamar la atención o por alguna situación más compleja, como dificultades en el aprendizaje o, incluso, trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).

Es probable que en algún momento y por una circunstancia específica requieras la asesoría de un especialista. Pero si no quieres que tu pequeño sea protagonista de una reacción similar a la de Kiko contra el Chavo cuando este no paraba de hablar y le decía: “Cállate, cállate, cállate que me desespeeeras”, desde casa puedes tomar medidas que le serán de gran ayuda a tu hijo.

Atiéndelo. Escucha lo que tenga que decirte, pero con atención, para que comprenda que todo lo que pasa en su vida y quiere compartirte tiene relevancia para ti.

Ten paciencia. No es fácil si tu pequeño habla hasta por los codos y no se detiene en su afán de preguntar o contar historias o acontecimientos hasta cansarte. Respira profundamente y piensa en lo que le vas a decir y cómo actuarás, pero mantente en completa tranquilidad y no dejes por nada del mundo de prestarle atención, porque la necesita.

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Compréndelo. Tal vez sus incesantes ganas de hablar tengan relación con algún grado de nerviosismo, miedo, ansiedad o felicidad. Entiende sus emociones, deja que las exteriorice y ayúdale a entenderlas y a canalizarlas.

No lo calles. “No es prudente que los padres manden a callar a los niños, y mucho menos que lo hagan de maneras estrictas o rígidas. Es cierto que hay normas que también los niños van aprendiendo, pero hay que orientar antes que callar.

El niño progresivamente irá aprendiendo que hay lugares en los que puede hablar más y que hay momentos, personas y situaciones que pueden limitar su expresión, pero el mensaje debe ser claro: ‘Es valioso lo que tienes por decir’, ‘Queremos que te expreses’. Los niños son felices cuando se sienten escuchados y cuando notan que el adulto pone interés en sus palabras.

Eso fortalece el vínculo y garantiza una experiencia de confianza y seguridad en etapas posteriores de su crecimiento”, comenta Miguel Ángel Cárdenas, máster en Terapia Familiar Sistémica

Tampoco lo regañes. Es posible que en algunas oportunidades tu pequeño, por tanto hablar, sea impertinente o inoportuno y que diga frases no adecuadas o en un momento poco conveniente.

En vez de enfadarte, refutarlo o ridiculizarlo, espera el instante y espacio precisos para explicarle por qué no debe interrumpir o decir ciertas cosas en determinados lugares y con ciertas personas.

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