Pedir comida a domicilio, otro plan arruinado por la maldita cuarentena

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La emoción de llegar a casa y premiarse con una pizza después de una extensa jornada laboral es un recuerdo que dolorosamente arrastramos. Ya no se siente igual, la experiencia es otra, hacerlo duele como si siempre hubiéramos vivido en una ilusión.

A este encierro no lo salva ni una deliciosa pizza pedida la noche de un jueves. Tampoco la salva la mañana de un sábado, en la que nos despertamos tarde y seguimos con la nube del sueño rodeándonos la cabeza, sin afanes, presionados por el hambre feroz.

Al principio de la cuarentena la ansiedad estimuló los pedidos a domicilio. En mi caso, por las consecuencias para el bolsillo, dejé pagar por comida preparada y me consagré a la preparación casera del almuerzo y la comida, con contadas excepciones. De esas excepciones quiero hablar.

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Ayer, después de un día largo, las ganas de pedir la cena acariciaron mi existencia durante la jornada. Ingenuamente esperé a terminar las responsabilidades laborales para abrir una aplicación y navegar con culposo placer en la enorme oferta de platos y restaurantes. Es rico hacerlo, placentero, comparable a ver futbolistas calentar en la cancha antes de una final.

A las 8:00 p.m. el domiciliario estaba recogiendo el encargo en el restaurante. A los veinte minutos ya lo tenía sobre la mesa, más tibio que caliente, debidamente empacado (doy fe que cumplió las tales y contaminantes normas de bioseguridad), pagado con mi esfuerzo. Estaba a una cucharada de ser feliz, debí estarlo con ver el paquete. Pero no lo estaba ni iba a estarlo; desalentado consumí la deliciosa porción. Al final me sentía como un robot conectado a una estación de combustible.

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La pandemia llegó para jodernos, incluso más de lo que podemos reconocer. Por eso desconfío de los que me dicen que están tranquilos en más de cien días de encierro. Yo, por suerte, puedo teletrabajar (otra palabra que odio), aún conservo mi empleo y todavía no me ha tocado el coronavirus. Podría estar mucho peor, atrapado en una UCI o bajo tierra, sin siquiera poder pedir un domicilio. Pero ese no es el punto.

Si ya no puedo disfrutar como antes un placer sencillo, renegaré de esta vida como un nostálgico purasangre. Pagaré los platos rotos del inconformismo perpetuo, irritante, sin joder a nadie, muy seguro de llamar las cosas por su nombre.

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