Teresa Martínez de Varela, una chocoana de armas tomar

Destrozó los estereotipos y transformó todos los paradigmas de su tiempo. Fue negra y mujer, y también fue coraje, fuerza y convicción.

Fotos: Cortesía.

Ilustración: Anderson Rodríguez.

 

Goyo hace una pausa y toma aire. Quiere que el oxígeno sirva de escudo para contener las lágrimas que sabe que la acechan. Pone su mente, toda, a que mueva sus labios, porque el resto de su cuerpo se resiste a contestar lo que le acabo de preguntar. Finalmente, es su profunda admiración por Teresa la que le da la fuerza para pronunciar esas palabras filudas que hieren su garganta antes de salir de su boca: “Nunca la conocí viva. Un día, a las 6:00 de la mañana, mi papá me levantó y me dijo: ‘Goyo, se murió mi tía Teresa y vamos a ir a la casa fiscal donde está recluido Jairo (Varela) por haber hecho unos conciertos a gente que está al margen de la ley. Vamos a acompañarlo porque no lo dejaron salir a velar a su mamá’”.

 

El viaje de Buevanventura a Cali fue solo zozobra. Conocer a Teresa era la aventura que siempre había soñado, pero no así, no ese día. El dolor, sin embargo, también fue un llamado a recordarla: “¡Qué chimba aprender de ella! De sus escritos, de la manera en que veía la vida. A ella no le importaba alisarse el pelo en su época, cuando nadie más se atrevía a hacerlo. Ella se sentaba en la calle más importante de Quibdó, cuando era prohibido que los negros lo hicieran. Ella no se rindió cuando no la recibieron en el colegio en el Chocó, se fue para Cartagena y se ganó su educación a pulso, mientras la rechazaban por no ser como las otras niñas. Ella me dejó una vara muy alta”. 

 

Por eso, siempre termina hablando de ella. Es su referente cuando piensa en mujeres inspiradoras y valientes; cuando busca un impulso para defender sin miedo sus convicciones. Teresa rompió con los esquemas culturales, raciales y femeninos del siglo XX, cuando la libertad, para algunos, era un lujo, y ser aceptado, un privilegio. La tía abuela de Goyo fue la personificación de la fuerza, la perseverancia y el coraje.

 

tere3

Teresa Martínez
Se la pasaba leyendo. Por eso podía escribir desde poesía hasta ensayo. Y tenía la capacidad de hablar como intelectual y como política.  

 


“La niña maluquita” 

Teresa de Jesús Martínez de Varela (1913 - 1998) suele reconocerse por haber sido la madre de Jairo Varela, el fundador del Grupo Niche, pero fue mucho más que eso. Fue tanto, que existía el mito –falso, por supuesto–, de que era ella quien componía las canciones de su hijo. El brillo del genio de la salsa era tan solo el rebote del resplandor que arrancaba en ella: intelectual, poeta, dramaturga, novelista, maestra, musicóloga, declamadora, pintora, líder social e investigadora. Lo fue casi todo y murió sin conocer un aplauso justo.

 

Desde muy pequeña, se dejó llevar por la magia de la literatura, gracias a su padre, Eladio Martínez. Este hombre –músico, ingeniero de barcos autodidacta y empresario del sector maderero– “compartió con ella todo su conocimiento literario –explica Umberto Valverde, escritor y periodista caleño–. Tenía una enorme biblioteca en su casa. Fue así como nacieron sus primeros referentes: Los miserables y La cabaña del tío Tom”. Esa cercanía a las letras la llevó a ser poeta desde los 9 años –cuenta su nieta Cristina Varela–. A esa edad escribió en versos una nota de agradecimiento a una tía que le había regalado unos jazmines y un pisapapel.

 

Su madre, la española Teresa Arce, también fue clave. Gracias a ella leyó a Simon de Beauvoir, a Jean Paul Sartre, a Barca y a Quevedo. Y fueron la iglesia y las cantaoras las que alimentaron su sentido de pertenencia y su interés por rescatar su cultura. 

 

Durante su infancia, la lectura y las noticias fueron su mejor compañía. Oía radio permanentemente y esperaba con ansias las pocas revistas y periódicos que llegaban de la capital en aviones. Quería saber, todo el tiempo, qué pasaba en el país y en el Chocó. Leyó a Cortázar y recitó a Borges; por eso, por su conexión tan fuerte con la lectura, su oralidad era tan fluida, tan potente. A sus 13 años ya daba discursos locuaces y dinámicos frente a los estudiantes y docentes en el Colegio Pío X, de Cartagena, donde no fue bien recibida por no ser integrante de las familias Dangond, Zubiría o Román. Era, según sus propias palabras, “la niña maluquita, la diferente”. Pero eso la hizo más fuerte, la motivó a destacarse más que nadie, y la obligó a quedarse en el colegio hasta aprender inglés y francés. 

 

Cuando regresó a Quibdó, creció su interés por la investigación. “Empezó a observar que los negros de la costa Atlántica no eran los mismos que los de la Pacífica –cuenta Cristina–. Su teoría era que su región era más rica y que los esclavos no habían sido maltratados de la misma manera. Esa hipótesis era tan interesante, que incluso la Unesco se interesó en corroborarla”.

 

tere4

Jairo siguió el ejemplo de Teresa y fue quien heredó su temple y vocación, según Martha Lucía, una de sus hijas. 

 


Ni blanca ni negra

Su matrimonio con Pedro Varela Restrepo, un comerciante antioqueño, “no duró mucho tiempo, porque él se internó en la selva y se separaron muy pronto. Jairo Varela cuenta que lo conoció a los 7 años”, afirma Valverde. No obstante, esa suma de meses les alcanzó para tener seis hijos: Eladio Enrique, Pedro Francisco, Jairo de Fátima, Martha, Norma Gloria y Martha Lucía. 

 

Su intelectualidad y la responsabilidad de mantener a sus hijos, que cayó enterita sobre sus hombros, la llevaron a ser muy adelantada para su época. Desde muy joven, Teresa comprendió que el papel de la mujer no debía estar relegado a la casa, cuidando a los niños y haciendo la comida. La mujer, para ella, podía desempeñarse en múltiples áreas y debía reforzar sus conocimientos y habilidades en pro de sacar a su familia adelante y aportar algo a la sociedad. 

 

Con esto en mente y convencida de la importancia de la educación como una herramienta de desarrollo y cambio social, se preparó para ser maestra y terminó como directora de la Normal de Istmina y de la Normal de Señoritas. También fue Secretaria de Educación del Chocó, un acto de rebeldía frente a una sociedad que la señalaba sin pudor.

 

tere2

La familia.
Estuvo casada con Pedro Varela Restrepo, con quien tuvo seis hijos. De ellos quedó a cargo, una vez el matrimonio se acabó. 

 

“Su lucha fue constante y no tuvo problema en superar los obstáculos, a pesar de la discriminación”, afirma Valverde. Pero tampoco fue fácil, por supuesto. Ser mulata fue una condición traumática. Como hija de la unión entre una mujer blanca y un hombre negro, siempre sintió el rechazo por parte y parte, y eso la marcó toda la vida. No era suficientemente blanca para ser aceptada en un colegio de monjas, ni lo suficientemente negra para ser invitada a una fiesta de barrio.

 

A sus seis hijos les habló mucho de eso, de lo duro que era ser negra o mulata. En ese tiempo, nadie asumía con orgullo su ascendencia afro, pero tampoco era aceptable que alguien de color robara costumbres ajenas a su raza. Teresa, sin embargo, fue una de las primeras mujeres en Bogotá (porque vivió algunos años en la capital) en alisarse el pelo con la punta de la peinilla calentada al carbón. También fue una de las pioneras en la moda: usó minifaldas y zapatos de colores, con el propósito de imitar la ropa francesa que veía en las revistas. Por eso, a sus niños los llamaban 'los hijos de la loca del barrio Roma'. A ellos eso no les importó. A ellos les quedó “ese amor que ella sentía por el arte, por la cultura, y la convicción de que nadie tenía por qué interponerse en los sueños de los otros. Jairo siguió su ejemplo y fue quien heredó su temple y vocación”, comenta Martha Lucía, una de sus hijas. Cristina, por su parte, la recuerda como una abuela amorosa y, a la vez, fuerte y estricta. Huía de la vagancia, ella y los suyos habían venido al mundo a sobresalir.

 

_DEA7670

Basado en el fusilamiento del líder Manuel Saturio Valencia, este libro fue muy importante para Teresa, quien siempre consideró injusta la sentencia en su contra.

 


Su legado literario

Teresa Martínez de Varela leía y escribía sin mesura. De sus manos nacieron poemas, versos, ensayos sobre el folclor y la política, novelas, obras de teatro y biografías, aunque muchas de sus creaciones no vieron la luz. 

 

Su primera obra, en la que relató los acontecimientos ocurridos durante la Segunda Guerra Mundial, se llamó Guerra y amor (1947). La segunda fue Mi Cristo negro (1983), en la que documenta la sentencia de pena de muerte al poeta, pedagogo y dirigente popular chocoano Manuel Saturio Valencia. El título, según Teresa, se descompone así: “Mi” porque es su versión apasionada sobre el fusilamiento de Saturio; “Cristo”, por la manera en la que fue calumniado, flagelado y sacrificado un viernes, y “Negro” porque ese era el color de su piel.

 

Luego siguieron la Biografía de Diego Luis Córdoba (1987), El papi Gamín (1992) –que fue patrocinado por el Grupo Niche– y las obras de teatro El 9 de abril, Las fuerzas armadas y La madre fósil.

 

Cuentan que cuando veía su escritorio repleto de manuscritos sin publicar se sentía incomprendida, por ser mujer y por ser negra. A pesar de su frustración, creía que algún día iba a ver sus trabajos publicados y que, por fin, recibiría reconocimiento, pero las pocas obras que lograron ser apadrinadas por alguna editorial carecieron de distribución comercial y apoyo publicitario. 

 

El homenaje póstumo


En noviembre del 2009, Úrsula Mena de Lozano publicó En honor a la verdad, una biografía de Teresa. “Un libro que relata su vida familiar y estudiantil –explica Mena, quien tuvo la oportunidad de conocerla a sus 81 años–. Allí queda muy clara su inspiración, su formación literaria y su vida amorosa. También se encuentra su vida profesional y sus roles como mujer, madre, maestra, escritora y líder social. Fueron largas horas de conversación, a pesar de sus quebrantos de salud, pero siempre tuvo una lucidez mental envidiable”. 

Temas relacionados