Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
La prueba de que el amor incondicional sí existe está encarnada en Adriana Herrera, la fiel y consagrada esposa del ex técnico Luis Fernando Montoya, quien el 22 de diciembre de 2004, tras un trágico asalto que lo dejó cuadrapléjico, vio partida en dos la historia de su vida y de paso la de su mujer.
“Puede sonar un poco fuerte, pero la verdad es que desde ese día yo dejé de vivir mi vida para vivir la de Luis Fernando”. Unas palabras que le salen a Adriana de lo más profundo de su alma, desde su mirada y cada poro de su piel, con la misma intensidad que cuando se hicieron novios el domingo 3 de enero de 1993, en Caldas, Antioquia, donde crecieron y se graduaron de bachilleres en el mismo colegio.
Esta historia de amor comenzó el día en que Luis Fernando, tras la muerte de su padre hace 18 años, tuvo que ir a la oficina de Conavi que quedaba en su municipio y en donde trabajaba Adriana como informadora, para preguntar cómo sacar un dinero que estaba consignado en esa sucursal. Por “fortuna” ella tuvo que atenderlo y desde la primera mirada, el amor explotó. “El corazón me latía tan fuerte, que yo sentía que se me iba a reventar”, asegura.
Pasaron más citas de carácter laboral y otros encuentros casuales. Pero sólo hasta ese mencionado 3 de enero, cuando Adriana trataba de convencerlo para que abriera una cuenta de ahorros en su banco, ‘El Profe’ le dijo que efectivamente quería abrir la cuenta, pero la de su corazón.
“Parecíamos el profesor Jirafales y Doña Florinda”, bromea para tratar de explicar el alcance de su amor. Mientras Montoya combinaba su trabajo de técnico en el Bucaramanga, en las divisiones menores del Nacional y en las selecciones juveniles de Antioquia y de Colombia, Adriana se graduó como licenciada en preescolar.
Y como si el destino estuviera empecinado en apagar la hoguera de este amor, en 1995, cuando Montoya se lanzó al ruedo y le propuso matrimonio, a Adriana la atropelló una moto, sufrió una fisura en el cráneo y duró más de seis meses incapacitada. Luis Fernando, sin saber que años después se cambiarían los papeles, se responsabilizó de su cuidado día y noche.
“Por fin”, como ella misma lo cuenta, el viernes 6 de noviembre de 1998, tras cinco años de noviazgo, se casaron en la Iglesia Santa Isabel de Hungría, con no más invitados que la familia. Tres años después, nació lo que ellos llaman la bendición más grande de sus vidas: José Fernando, hoy con siete años de edad.
‘El Profe’ pasaba por su mejor momento profesional, había sido campeón del fútbol colombiano y de la Copa Libertadores de América con el Once Caldas, hasta que llegó aquel fatídico 22 de diciembre, en el que Luis Fernando, por defender a su esposa cuando dos ladrones la robaban al frente de su casa en Caldas, recibió dos disparos en el cuello, que le dejaron una
cuadraplejia irreversible. “Yo estuve a punto de enloquecerme, cada día dimensionaba la magnitud de la tragedia y todo lo que se venía para nosotros. La angustia realmente es indescriptible”. Adriana cambia el tono de su voz, es más bajo, muy triste.
“Ese día todo cambió, las prioridades de mi vida se modificaron. Me entregué a Dios y gracias a la inmensa fe, he podido soportar con gran dosis de amor esta dura prueba”.
Todos sus días son difíciles, pero cuando hace memoria recuerda uno en especial. Tres días después del incidente, cuando Montoya todavía estaba en la clínica, su estado se deterioró a tal punto que el médico le dijo que no le daba más de cinco minutos de vida. Inclusive en los medios de comunicación anunciaron su muerte y “lo enterraron cinco veces”.
Adriana no perdió la fe, se fue a un oratorio que había en la clínica. Se arrodilló y “yo sentí que hablé con Dios, que Él me escuchó y hasta me contestó”. A la hora, ‘El Profe’ había reaccionado y sus signos se habían estabilizado, pese a que tenía una peligrosa infección renal.
Desde entonces Adriana renunció a su vida y sus días sólo transitan en estar pendiente de su amado esposo y de su hijo, el motor de los dos. Se levanta a las 4:45 de la mañana, alista a José Fernando para el colegio y reza el rosario sagradamente. A las 6:45 es el cambio de turno de la enfermera y del terapeuta de respiración que acompañan toda la noche a Montoya y llegan los del día. Lo bañan, le dan el desayuno y lo alistan para su terapia física. Luego viene el almuerzo, las tareas con su hijo, la nueva terapia de la tarde y la cena. Acompaña al ‘Profe’ a ver fútbol por televisión y alguna novela. Se acabó el día y comienza uno nuevo, que parece el mismo de ayer. No hay tiempo para la diversión, pero a ella no le importa, no le interesa, no le hace falta.
Lo más difícil para Adriana es aguantar los días en los que Luis Fernando amanece bajo de ánimo y llora mucho. Se siente impotente, no sabe qué decirle. El sicólogo Luis Alfonso Sosa, quien se ha convertido en el escudero de Montoya, entra entonces en escena y lo entretiene. Le ayuda a escribir su columna para El Espectador, a alistar los videos que manda a sus estudiantes que se preparan para técnicos en el Sena y enviar un informe de asesoría que le presta al Once Caldas. De ahí sale el sustento para la casa, más el sueldo que Adriana recibe desde hace cuatro años de su trabajo de Conavi (hoy Bancolombia), en donde le mantienen una licencia remunerada.
A Adriana nunca se le ha pasado por la mente pensar siquiera en la posibilidad de tirar la toalla, de decir no más. El amor es su motivación más grande. Luis Fernando lo sabe y aunque ninguno de los dos es cariñoso, él lee perfectamente el momento en que ella necesita que le diga: “Te amo”. Ahí queda recargada para el siguiente mes. Ya no importa nada, ni los sacrificios ni los largos días con la misma rutina, porque en esta historia, definitivamente el amor es el que gana.