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La gloria o el bolsillo

Antonio Casale
Jhon Jáder Durán celebra su primer gol con Benfica en la liga portuguesa.
Jhon Jáder Durán celebra su primer gol con Benfica en la liga portuguesa.
Foto: Benfica, vía X

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Fred contó en un pódcast una anécdota sobre Jhon Jader Durán. En tono de chiste, dijo que el delantero colombiano era un buen tipo, pero que no le gustaba entrenar porque ya tenía resuelta su vida financiera. No sé qué tan literal haya que tomar el comentario, pero sí creo que sirve para poner sobre la mesa una discusión que va mucho más allá de Durán: ¿para qué juega fútbol el futbolista colombiano? ¿Para alcanzar la gloria o para resolver su vida económica?

No se trata de señalar a un jugador ni de desconocer lo que significa ganar dinero. El problema es que, muchas veces, parece que el objetivo de nuestros futbolistas fuera conseguir un buen contrato y asegurar su futuro. Como si llegar a una liga que pague bien fuera la meta y no apenas el comienzo de una carrera que podría llevarlos a la historia.

Y ojo, no es un asunto menor. El fútbol es un negocio y sería ingenuo pedirles a los jugadores que no piensen en su futuro. Pero una cosa es aprovechar el talento para vivir bien y otra muy distinta es que la tranquilidad económica termine apagando las ganas de competir. Porque cuando uno juega por la gloria, el dinero suele llegar como consecuencia. Cuando juega solamente por el dinero, puede que termine conformándose mucho antes de haber alcanzado su verdadero potencial.

Ahora bien, tampoco podemos quedarnos en la crítica fácil. Muchos de nuestros futbolistas vienen de contextos socioeconómicos muy difíciles, de regiones golpeadas por la violencia, donde llegar al profesionalismo significa sacar a una familia adelante y cambiar una historia de necesidades. Para muchos, el fútbol no es solamente un sueño deportivo: es una salida. Y sería injusto desconocer esa realidad cuando hablamos de ambición y mentalidad.

El asunto es qué pasa después. Qué ocurre cuando ese muchacho consigue el contrato que le permite vivir tranquilo, ayudar a sus padres y garantizarles un futuro a sus hijos. Ahí es donde debería empezar otra etapa: la de entender que tiene una oportunidad extraordinaria para convertirse en un jugador importante, ganar títulos y dejar una huella. Que el primer gran contrato no sea el final del hambre, sino el comienzo de una ambición mayor.

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También hay responsabilidades de los clubes, los formadores, los representantes y las familias. No basta con descubrir talento y conseguirle un contrato. Hay que formar profesionales con disciplina, carácter y mentalidad ganadora. Jugadores que entiendan que el entrenamiento no es un trámite para cobrar la nómina, sino la herramienta para llegar más lejos.

Colombia tiene talento de sobra. Lo que seguimos debiendo, muchas veces, es esa cultura competitiva que convierte las condiciones individuales en grandes conquistas colectivas.

La pregunta que deja la anécdota de Fred es incómoda, pero necesaria: ¿queremos futbolistas que aseguren su futuro económico o jugadores que quieran hacer historia?

Ojalá entendamos que no son objetivos incompatibles. El bolsillo puede llenarse con un buen contrato, pero la gloria exige algo más: hambre, disciplina y ganas de seguir ganando cuando ya no se necesita el dinero.

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