Entrevista

Abraham Olano: “El problema de tener dos líderes en un equipo es para el director”

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El campeón mundial de ruta en Duitama en 1995, y de la Vuelta a España en 1998, habló con El Espectador de un tema que suena mucho por estos días: contar con varios capos en una misma carrera, algo que tuvo que vivir.

Ese día, en un hotel en Burgos, no se habló de estrategias o de movimientos en el pelotón. Eso fue lo que menos importó y el tiempo transcurrió con una lentitud insoportable e inaguantable para ciclistas y directores, para mecánicos y hasta para uno que otro familiar. En la jornada anterior (21 de septiembre de 1998), la decimosexta de la Vuelta a España, José María Jiménez atacó en su terreno, la montaña, a dos kilómetros de la meta, pero olvidó que esa arremetida no solo afectaba a su compañero Abraham Olano, líder de la carrera, sino que le daba una mano al francés Laurent Jalabert, que se pegó de la rueda de uno para descontarle tiempo al otro. Jiménez ganó en la Laguna Negra de Neila, el francés del Once se quitó unos cuantos segundos y Olano, enfurecido, no quiso tocar el tema en la meta.

Sí lo hizo su esposa, Karmele, por ese entonces su representante y quien no aguantó la calentura del momento para soltar un mar de palabrería que quebrantó todo en el interior del equipo Banesto. “La avaricia puede, algunas veces, más que el trabajo en conjunto”. Las declaraciones de la mujer de Abraham molestaron tanto a El Chava Jiménez que, de inmediato, respondió con otra frase punzante.

“Él dice una cosa y su esposa otra. No sé cómo pueden entenderse en ese matrimonio”. José María tenía la libertad que Eusebio Unzué le había dado, pues la acometida, cuando se suponía que la camiseta amarilla debía estar arropada por los suyos, fue aprobada por el entonces director del Banesto. Situación incómoda para la escuadra española, que al final se quedó con el título de la Vuelta con Olano en el primer escalón del podio y Jiménez en el tercero. Un apretón de manos, con miradas esquivas, disimuló ante las cámaras lo que ya se sabía que estaba roto.

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El Espectador buscó a Olano para hablar de un suceso que se ha repetido incontables veces en el ciclismo, que se vio en el pasado Tour de Francia con Nairo Quintana y Mikel Landa, y que ahora se especula que pueda estar sucediendo en el equipo Ineos, el más poderoso del mundo. También para que, con base en su experiencia, dé su punto de vista a lo que es tener varios generales para la misma batalla.

¿Qué tan amedrentador es para un líder saber que a una gran carrera van otros ciclistas que pueden cumplir el mismo papel, así sea él la primera opción?

Complicado para el director del equipo, porque es él quien tiene que tomar la decisión de si quieren ganar etapas o carreras. Además, eso se va dando en medio de la prueba, cuando ves cómo está cada quien. Si se hace desde antes solo se altera la armonía necesaria para una prueba de tres semanas. Pero, repito, eso no es problema de los líderes, es del que está a la cabeza. Para eso le pagan.

Si usted fuera director del Ineos, ¿a quién llevaría como capo para el Tour de Francia 2020?

A los tres que en principio están: Egan Bernal, Geraint Thomas y Chris Froome. Son campeones del Tour, tienes que llevarlos, tienes que demostrar por qué eres el mejor equipo del mundo. Y si algo ha evidenciado el Ineos es que la escuadra está por encima de cualquiera y por eso es que ganan y manejan a su antojo los ritmos de la prueba. Siempre todo bajo control esperando el instante propicio de que uno de los suyos se ponga la camiseta amarilla para no quitársela más. Así es que se corre.

¿Y qué opina de los rumores de que hay un roce entre Egan y Froome, quien ha dejado la puerta abierta para irse del Ineos?

Nada. Ahí no pasa nada. No siempre que hay muchos gallos debe haber problemas. Y menos en el Ineos. Lo que sucede es que los medios hacen que todo sea grandilocuente. Otra cosa es que Froome se haya dado cuenta de que el tiempo pasa y detrás vienen ciclistas fuertes. Pero eso también sería especular. Hasta que vuelva a competencia es complicado decir algo.

No es nada parecido a lo que le sucedió a usted con Jiménez en 1998…

Claro que no. Él se olvidó de lo que hablamos en la habitación. Sabíamos que estaba fuerte y que podía ganar, pero que un ataque suyo beneficiaría a los rivales. La idea era amarrar todo y mantener el liderato, pero él hizo todo lo contrario, explotó el grupo. La indicación era clara: esperar a que los otros escaladores arranquen, irse con ellos y pelear por la etapa, no al revés.

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Y por eso al final de ese año se fue del Banesto...

Sí, lo que pasó sirvió como detonante para mi salida. Cuando estás a toda hora con los mejores y le demuestras a tu director que hay condiciones para pelear grandes cosas, pero él no te da la confianza, es mejor tomar otro rumbo. Si no respetan eso es un punto y aparte en la relación.

¿Se llevaba mal con “El Chava” Jiménez?

Sabes que no. Siempre fuimos cordiales y respetuosos con el otro a pesar de los inconvenientes. Es que creo que no hay ciclistas que se lleven mal porque sí y a toda hora. Habrá roces, como todo en la vida, pero ya está. A veces es peor el ambiente alrededor de los deportistas que la misma interacción entre ellos. Los demás pueden agrandar todo.

En el Campeonato Mundial de Ruta de 1995, en Boyacá, usted ganó la prueba sabiendo que el líder de la selección española era Miguel Induráin. ¿Qué pasó ese día?

Bueno, ese Mundial estaba planteado para que fuera una batalla entre Miguel y Marco Pantani. Y como selección lo teníamos claro: había que amarrar la carrera para Induráin y estar atentos para meternos en cualquier escapada. Induráin pinchó, me quedé controlando el grupo, los suizos quisieron mover todo, aprovechándose del percance, y tuve que salir a responder un ataque del ruso Dmitri Konyshev. Ya después Pantani y Mauro Gianetti se quedaron con Miguel, vigilándose los unos a los otros, y saqué la ventaja suficiente para ganar.

Como era de esperarse, cambiaron los papeles...

Claro, y pude adelantarme en el ascenso al Cogollo gracias a que Miguel controló atrás el grupo. No salió a atacar. La idea era que España se quedara con el oro y, al final, también se embolsilló la plata, pues él le ganó a Pantani en un gran embalaje.

Usted pudo ganar otra Vuelta a España en 1999, pero se cayó bajando el Cordal, antes del ascenso al Angliru. ¿Qué recuerda de esa carrera?

Que estaba muy fuerte. Gané la crono en Salamanca y me encontraba mejor que Jan Ullrich. Era una bajada peligrosa, tomamos más riesgos de los que debimos y perdí el control de la bicicleta. Tuve una fisura en la sexta costilla, pero eso lo vine a saber más adelante, cuando se tomó la placa. Mientras tanto seguí compitiendo y sin dar muestras de dolor, para evitar que los rivales se motivaran a atacarme. Pero cuando llegamos a las etapas de Andorra y los Pirineos ni siquiera me podía parar de la cama solo y me tuve que retirar en la jornada 14.

También corrió un Tour de Francia luego de una caída y, curiosamente, sin estar a tope obtuvo su mejor resultado: cuarto en la general...

Estuve en el Dauphiné Liberé y nos caímos varios. Me acuerdo que a un compañero se le perforó un pulmón con la astilla de un pino. Quedé muy tocado. En ese Tour de 1997 me quedaba en el comienzo de los premios de montaña largos. Y llegaba un punto en el que no iba al ritmo de los otros porque no me daba. Aún así terminé a un minuto largo de Pantani, que se metió en el tercer lugar del podio. Ulrich fue el campeón. Sí, fue mi mejor participación en Francia, pero a la que llegué en peores condiciones.

@CamiloGAmaya
icamaya@elespectador.com

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