9 Dec 2018 - 2:00 a. m.

Fernando Gaviria, tras la pista de lo fugaz

En esta temporada el antioqueño se consolidó como uno de los velocistas más importantes del ciclismo mundial. Fue líder del Tour de Francia.

Andrés Osorio

Fernando Gaviria fue uno de los destacados por El Espectador en la categoría mayores.  / Nelson Sierra
Fernando Gaviria fue uno de los destacados por El Espectador en la categoría mayores. / Nelson Sierra

A 41 kilómetros de la Ciudad de la Eterna Primavera se encuentra un lugar idóneo para la siembra de flora y los recorridos en bicicleta. Los pedalazos florecen entre las carreteras que comunican a La Ceja con Abejorral, El Carmen de Viboral, Rionegro y La Unión. A lo largo y ancho de los 133,6 km cuadrados de La Ceja se observan ciclistas que siembran un estilo de vida austero y pacífico. Hernando Gaviria, entrenador de ciclismo de este municipio y padre de Fernando, es el mentor de aquellos niños y adolescentes que decidieron montarse en un caballito de acero para divertirse, transportarse o emanciparse de los vehículos que emanan dióxido de carbono. Fieles a una tradición, a una costumbre que se apegó a las raíces de aquellas callejuelas que se fueron construyendo con los andares de sus habitantes. Las huellas de unas ruedas de caucho de 26 pulgadas, que fueron multiplicándose con el paso de los años y de las generaciones. Bicicletas con canasto, bicicletas “panaderas”, bicicletas de montaña, de ruta y de ciudad. Bicicletas de acero y de aluminio. Todos buscaron tener una, porque si vale desplegar una costumbre, que sea una que revolucione el modo de vida y acreciente la sensación de libertad.

La familia Gaviria Rendón también se suscribió a la identidad ciclística de La Ceja, pero, a diferencia de otras, en su seno surgió un hombre que desde los 14 años se montó a una bicicleta con el único propósito de romper sus propios límites y redescubrir su condición y su andar por el mundo. En su infancia los encuentros con la bicicleta fueron esporádicos, pues su papá le hizo entender que el amor por este vehículo debía darse naturalmente. Solo así Fernando Gaviria habría de entender que su relación con el ciclismo era cuestión de elección, voluntad y coraje, y no una decisión impuesta por su progenitor.

Cada pedalazo es la reafirmación de su libertad, de un amor que su papá le heredó, pues don Hernando, quien también fue ciclista, creyó que a sus hijos Fernando y Juliana debía guiarlos, mas no obligarlos, a entender el mundo sobre dos ruedas impulsadas por sus propias fuerzas y sus propios sueños. Y mientras Hernando Gaviria sigue entrenando a los más pequeños en La Ceja, Fernando se encarga de realzar su legado cada vez que compite internacionalmente en las carreteras del Viejo Continente.

Desde hace cuatro o cinco años dejó de entrenar con su papá. Ambos entendieron que la enseñanza más importante ya estaba impartida. La disciplina y la pasión por el ciclismo debían estar siempre al frente para relegar cualquier duda ante la derrota. Disipar la opción de darse por vencido se transforma en la virtud del triunfador errante, de aquel que convierte una odisea en una nueva victoria y una nueva remembranza de aquellos días solemnes en que un ramo y una camisa amarilla podían representar el orgullo de una lucha y de un trasegar.

Ese último kilómetro, ese minuto en promedio, se convierte en una metáfora de nuestra existencia. Momentos fugaces, efímeros, que son perseguidos por muchos pasos, por muchos minutos, por muchos pedalazos hablando de este caso. Cientos de kilómetros recorridos para buscar ese instante cumbre, en el que la culminación de cada sacrificio espera verse representada en la gloria, en los brazos en alto, en los puños como símbolo del coraje y la furia que recae en el regocijo y el júbilo.

El control de la ansiedad, el arraigo a la precisión y la medida exacta de los tiempos y los esfuerzos son detalles que trascienden. Ese momento decisivo en el que decide emprender la huida y desprenderse por un par de metros de rivales como Peter Sagan, André Greipel o Mark Cavendish puede ser determinante. La coordinación de los sentidos y movimientos se proclama entre la tensión y la ansiedad. El último suspiro debe ser el impulso para el ataque final.

Fernando Gaviria y su familia nunca hablan de las etapas. Saben que hacerlo significa una presión extra. Saben, con exactitud, que el mensaje de siempre es entregar más de lo que se entregó en la última ocasión. Fernando en su bicicleta disputando los últimos metros del Giro de Italia o del Tour de Francia; sus padres en su hogar en el barrio Villa Laura de La Ceja, en aquel lugar donde antes se confesaban anhelos y ahora se ve la realización de ese sueño de correr las grandes competencias del ciclismo mundial.

Dos campeonatos mundiales en pista en la prueba del ómnium y 34 victorias en competencias oficiales, entre las que se destacan cuatro etapas del Giro de Italia y dos del Tour de Francia reafirman la voluntad de Gaviria, un velocista empedernido, un amante de lo fugaz, de los instantes etéreos que se instalan en los últimos kilómetros de la meta, esa meta entendida como el final de la carrera y, a su vez, como el objetivo trazado que obsesiona a un corredor que siempre tiene un as bajo el pedal.

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