28 Sep 2021 - 2:10 a. m.

Luis Felipe Laverde: Lo que queda tras el paso del pelotón

El exciclista, ganador de dos etapas del Giro de Italia, fue el hombre clave en la coordinación deportiva de la reciente edición de la Vuelta a Antioquia, que terminó el domingo. Así se vive un día de carrera en el carro de los directores y comisarios de una competencia ciclística.
Fernando Camilo Garzón

Fernando Camilo Garzón

Redactor en formación
Luis Felipe Laverde, coordinador deportivo de la carrera, junto a Jackeline Ocampo, comisaria nacional, tomando los tiempos de los corredores tras un puerto de montaña (Foto cortesía de @andersonbonilla).
Luis Felipe Laverde, coordinador deportivo de la carrera, junto a Jackeline Ocampo, comisaria nacional, tomando los tiempos de los corredores tras un puerto de montaña (Foto cortesía de @andersonbonilla).

“¿Cuántas carreras ha cubierto usted?”, me preguntó Luis Felipe Laverde, coordinador técnico de la Vuelta a Antioquia, cuando me subí al carro. “Esta es la primera”, le dije. “Escogió el mejor día para estrenarse”, me respondió y empezó a reírse junto a su compañera de cabina, Jackeline Ocampo, comisaria de la competencia.

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No pregunté por qué, aunque debí hacerlo. La única indicación que me dieron, a unos metros de empezar, fue: “¡Agárrese! Y trate de no leer la cartilla, se va a marear”. No habían pasado ni dos kilómetros y en el pelotón ya había estallado una fuga. El ritmo de la etapa, como me alertó Laverde, fue intenso. Y el carro, el de la dirección técnica de la carrera, tenía una misión especial: no dejarse pasar por los ciclistas y, especialmente, tampoco permitir que el pelotón alcanzara la caravana de carros de prensa, ambulancias y motos de policía que acompañan al grupo en el frente de la competencia.

Laverde, viejo zorro de las carreras, doble ganador de etapa en el Giro de Italia y ciclista durante más de 35 años, aceleró a tope. Lo tiene grabado en la memoria, está acostumbrado. De hecho, no necesitaba mirar el perfil de jornada para indicar en qué punto quedaba cada puerto, vírgen, curva o detalle. Yo, en cambio, con el primer envión empecé a sentir el vómito en la garganta, entre la manzana y la campanilla; sobre el hombro me empezaron a caer maletas, banderas, hojas y chaquetas, producto del zarandeo; la cola, desacomodada, vacilaba entre una silla y la otra; la cabeza se me chocaba con el techo, la ventana y los bordes; y el cuello, víctima de todo ese tire y afloje, me hacía sentir latigazos a lo largo de la espalda.

Bastó completar la bajada de un alto de montaña, que llaman Matasanos, y con toda la razón, para que el cuerpo cogiera memoria y se adaptara al ritmo de carrera.

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— ¿Usted cree que vamos rápido?

— Si — le respondí a Laverde mientras miraba el kilometraje (115 km/h) — obvio.

— A esta misma velocidad bajan los ciclistas. Usted puede pensar que les estamos sacando mucha distancia, pero, si empezamos a disminuir, nos vamos a quedar atrás del pelotón persiguiéndoles la rueda.

Palabra y acción. Su explicación se confirmó en menos de dos minutos. Paramos en una zona que se llama Pandequeso porque allí estaba el puerto de una meta volante, una de las camisetas que se disputaba en la carrera. Laverde sacó un rollo de cinta de enmascarar y Jackeline lo ayudó a ponerla en el piso de la carretera para marcar el final del puerto de montaña. Así calculan los ganadores de los puntos. A mí me dieron una bandera a cuadros para que la ondeara, tal y como lo dicta el protocolo.

“¡No se duerma, mijo!”. ¿Y con qué tiempo, señor? Los fugados pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Anotados los tiempos, y tomada la foto para confirmar quién pasó por la cinta primero, a correr otra vez al carro para no quedar por detrás de los ciclistas. Así, todo, de afán.

— ¿Se dio cuenta?

— Si — respondí con el mareo acumulado del jaleo.

— Ah bueno, pa’ que vea.

A Luis Felipe Laverde ya le afecta poco la adrenalina. Eso sí, dice que nada genera más miedo que bajar a 120 kilómetros por hora en bicicleta. “No se lo puedo explicar solo lo sabe el que lo vive. Es como si usted dejara su vida en cada curva”. Por eso bajar en el carro, pasado de revoluciones, para él no es nada. Frena poco y va con acelerador a fondo. Ese miedo lo perdió hace rato.

Es crítico, pero cuidadoso. Le gusta medir sus palabras. Dice que está rayado de la cabeza porque está en contra de muchas cosas del sistema. “No le preste atención a las cosas que le digo”, me advierte. Para él, los problemas de los ciclistas colombianos, con respecto a los mejores pedalistas del mundo, se resumen en tres características: bajada, contrarreloj y viento. Asegura que esos son los aspectos técnicos en los que vamos quedados y que por eso nos están sacando tanta ventaja.

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Tampoco lo ve como una brecha insuperable. De hecho, le molesta que los medios de comunicación se fijen solo en eso, en los resultados. En las distancias de los fracasos deportivos. No soporta que tachen de inservibles los procesos porque no se gana, o porque no se gana de la misma manera en la se empezó a triunfar desde cuando llegó Nairo Quintana y su generación. “El relevo de los ciclistas está ahí, pero no se ve. O mejor, los medios no los muestran”. Y me explica que es prácticamente imposible que con el nivel organizativo de nuestro ciclismo encontremos reemplazos inmediatos.

“¿Qué se necesita para que una carrera nacional sea exitosa?”, pregunto. Laverde me mira por el retrovisor, levanta su mano derecha, la izquierda va en el volante, y se frota los dos dedos: dinero. Insisto en la duda, pregunté mal en un principio: “Pero, desde la organización y los aspectos técnicos, ¿qué hace falta?”.

Coordinar una carrera no es sencillo. Durante años, el peso de la Vuelta a Antioquia se sostuvo sobre los hombros de Javier Ríos, presidente de la Liga de ciclismo local, y del padre Jaime Mira, su leal amigo y escudero. Sin embargo, en 2018, cuando murió el cura, Ríos quedó prácticamente solo en la dirección de la competencia.

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Laverde me explica que él está en la carrera, de cierta manera, para llenar ese hueco. Don Javier ya está viejo y el elefante pesa mucho. Después de su retiro del ciclismo profesional en 2019, el de Urrao llegó a la Liga de ciclismo para formar a los niños pedalistas del departamento. En el camino, entró al comité ejecutivo de la organización y se volvió el hombre clave en la coordinación técnica de las carreras.

“Hay que hacer de todo, muchas cosas”, respondió a mi pregunta. Para hacer la Vuelta a Antioquia 2021 tuvieron que recorrer el trazado en tres oportunidades. De arriba abajo, convenciendo autoridades y haciendo pedagogía en los pueblos. Me explicó que lo primordial es ofrecer una carrera que tenga felices a los equipos. Es importante fijarse en los desplazamientos, en la infraestructura que tendrán los municipios en los que terminarán las etapas, en el trazado de la carrera y en la comodidad de toda la organización. “El prestigio y la tradición también juegan mucho. No es lo mismo correr la Vuelta a Antioquia que otras carreras que surgen desde cero”.

Su experiencia marca la ruta. Lo avalan sus triunfos en Europa, como sus dos etapas en el Giro de Italia (ediciones 2005 y 2006). Momentos que atesora, pero que no sabe cómo explicar. Una emoción indescriptible, que me asegura que no le voy a entender. “Cuando volvamos a vernos, le muestro el video del día en el que gané. Lo va a ver, pero no podrá saber cómo se siente”.

El carro siguió rompiendo el trayecto. Los kilómetros hicieron más amena la conversación. Laverde se abrió con el camino, que en ningún momento dejó atrás la tensión. Fabio Duarte, que al final ganó la etapa, se escapó y puso a la caravana a apretar más de lo que se esperaba.

Y en medio de esa intensidad, del afán y del agotamiento que queda del ciclismo; del revoltijo de emociones, del juego de la vida en las bajadas y de las desfondadas en las subidas; de la soledad de la escapada y del júbilo del triunfo, me pregunté si no quedaba un vacío. Si vivir al límite tantas cosas, en tan poco tiempo, no te dejan sin propósito cuando acaba la carrera.

— No — dijo Laverde, tajante — ahí no, ¿pero sabe cuándo sí? Después de las grandes. Cuando se acaban, uno no sabe qué va a hacer con su vida.

Normal. Parece evidente, pero se entiende observando el voltaje, viviendo en la marea. Y en tres semanas, peor ¿El pelotón devora la carretera y qué queda tras el paso de la marejada?

— ¿Cómo se sintió retirarse?

— Nada.

— ¿No lo extraña?

— No. Es normal. Empecé a los 15 años, mi tío trabajaba como mecánico de bicicletas y por mis primos, que practicaban con él, entré al ciclismo. Es toda una vida, pero uno tiene que saber cuándo terminan las cosas. El momento justo para parar. Ya está, ya hice lo que tenía que hacer. Estoy tranquilo.

La etapa se acabó y Duarte coronó su escapada en Alejandría. Laverde se bajó del carro, de afán como lo exigen las etapas. Par de saludos con algunos aficionados que lo conocían y, de la nada, desapareció. No pude despedirme. Tiene esa habilidad de pasar desapercibido. De estar en el momento justo.

No volví a verlo hasta el otro día, en la última etapa que se corría en La Ceja y que dejó como campeón a Didier Merchán. Estaba serio, adusto. Nos saludamos, tímidamente y cada uno a lo suyo. Pensé en sus palabras, en su “cabeza rayada”. Y recordé que, bajando por la montaña, sin frenar en los resaltos ni en las curvas, haciendo uso del volante para atajar los riesgos de la vía, Laverde vio un árbol de navidad en una casa en medio del campo. No tuve tiempo de mirarlo, estaba intentando respirar, pensando en cuántos kilómetros faltaban.

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— Qué bonito se ve ese árbol en esa casa. ¡Cómo me gusta la navidad! Pero la del campo, no la de la ciudad. Esa solo la hacen para vender.

Silencio, seguía la bajada. Y de repente, repite, me advierte: “Ya le dije, no me haga caso a las cosas que le digo”.

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