
Nairo Quintana levantó la mano y rápidamente la bajó al vientre. Agachó el torso, haciendo una venia hacia su público, los miles de ciclistas que se congregaron en Cartagena para despedirlo ayer en su Gran Fondo. El boyacense, siempre de palabras tan medidas, ya no es tan tímido como cuando empezó a descollar, por allá en 2010, en el Tour del Porvenir. Todo lo contrario. Con el paso de los años, se le ve más cómodo con el micrófono en la mano. En la tarima, también. De hecho, respondió a todos los chistes a Rigoberto Urán y les dedicó unas sentidas palabras a Chris Froome, Alberto Contador y Egan Bernal. Sin embargo, cuando se dirigió a la gente, la que lo encumbró en lo más alto del podio de nuestro ciclismo, el boyacense apenas pudo pronunciar un entrecortado “¡Gracias a todos!”, mientras el público correspondía a su reverencia entre aplausos.
Minutos atrás, la escena fue emotiva. Ya habían pasado las palabras, los videos de homenaje y la mayoría de la parafernalia del evento, la gran previa a la última rodada de Quintana en pleno centro de Cartagena, cuando la figura subió a sus ídolos a la tarima: sus padres. Doña Eloísa Rojas, entera y con una sonrisa de oreja a oreja, subió ágilmente las escaleras. Al menos, más rápido que don Luis Quintana, quien, en cambio, tuvo que suspender por unos segundos el uso de su bastón y dejarse ayudar por su hijo para llegar hasta arriba, en un esfuerzo que, a todas luces, lo dejó agotado. “Sin ellos no habría llegado hasta acá. Sin su amor y su ejemplo. Papá, cascarrabias y severo, nos amó desde el ejemplo. Nos enseñó que no había que estirar la mano para pedirle nada a nadie. La tranquilidad y la nobleza, esa sí, la saqué de mi madre”, dijo el dos veces campeón de grandes vueltas.
Cuando por fin don Luis Quintana pudo volver a sentarse, pero ahora de cara a todo el público, no pudo contener las lágrimas al ver que al escenario subían su nuera y sus nietos. Del bolsillo sacó un pañuelo, tan desgastado que revelaba que el llanto no había sido solo de ese momento, y como pudo atinó a secarse la nostalgia que le corría por el rostro. “Fuimos dos jóvenes locos que pensaron que podían cambiar su vida con una bicicleta”, dijo Quintana mirando a Yeimi Paola Hernández, su esposa, mientras recordaba cómo, cuando él soñaba con ganar su primer Tour de Francia, en el vientre de su amada crecía Mariana, su primera hija. Después vino Tomás, que también estaba ahí a su lado en Cartagena, sosteniendo un ramo gigante de flores. “Al más pequeño le tocó otra etapa. De hecho, siempre me pregunta: ‘¿Papá, por qué todos te piden fotos si nunca te he visto ganar una carrera?’. Afortunadamente, este año, el último, pudo verme ganar en Asturias”.
Al fondo, viendo toda esa escena, conmovidos y a la vez acosados por los aficionados que lanzaban camisas, gorras, maletas y termos pidiendo autógrafos, estaban sus principales rivales. Tal vez el más llamativo: Chris Froome. “Esto es el cierre perfecto de nuestra historia. En aquel momento, lo puedo asegurar, no éramos amigos, pero había respeto. Desde que competí con Nairo Quintana la primera vez, supe que iba a ser un rival que me iba a empujar a dar lo máximo a lo largo de mi carrera. Hoy, me alegra estar acá, sentir el cariño de la gente y acompañarlo en el final de su carrera”, fueron las palabras del icónico pedalista británico para el homenajeado del fin de semana.
También quedó en el aire una anécdota de Egan Bernal, que contó cómo en su primera carrera profesional se encontró a Nairo Quintana en el pelotón y no podía creer que lo tenía al lado. El boyacense fue quien se le acercó y le dijo que podía contar con él para lo que necesitara, como sucedió años más tarde cuando ganó en 2019 el Tour de Francia. “Para mí es importante que él esté acá. Lo que ganó no lo ha ganado nadie en este país y por eso debe estar en la consideración de los más grandes”, confesó el que se va al que todavía se queda ante la mirada de todos los asistentes.
Lo que le pasó a Egan, seguro, le pasó a muchos de los que acompañaron a Nairo Quintana este fin de semana en Cartagena. A muchos de los que rodaron con él, una última vez. El adiós del ciclista de Cómbita es también el adiós de una generación, la que marcó un antes y un después en nuestro ciclismo. Esa camada inspiró a miles de niños y Quintana fue el gran héroe que nos llevó a los más grandes planos. El que nos hacía levantarnos temprano para verlo triunfar en montañas tan lejanas. Llegando, llegó. Y le cantamos, como lo haría Piero: “Y una mañana, mientras el café mezclaba, en una servilleta blanca yo te dibujaba, yo te dibujaba”.

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Carmen(d6co2)•Hace 11 horasLos Colombianos buenos y echados para adelante, como Nairo, son la mayoría. Lo que pasa es que los malos hacen mucho más ruido.