
Conocer a James en La Bombonera
El domingo 13 de diciembre del 2009 nació este libro. Ese día fui a La Bombonera a hacer una crónica para El Espectador sobre los 70 años del mítico estadio, en compañía del corresponsal del periódico en Buenos Aires y de colegas del diario Clarín, periódico del que fui corresponsal de guerra en Colombia durante diez años.
Tomaba notas sobre la atmósfera de espasmo colectivo, de la famosa barra 12 de Boca que hacía vibrar las tribunas, y cuando empezó el partido, “el colombianito”, como le decían, con la camiseta número 8 de Banfield empezó a pedir el balón, a pisarlo y a distribuirlo entre sus compañeros como si fuera el capitán y estuviera jugando de local. Al preguntarles por él hubo unanimidad entre los colegas especialistas en fútbol: “tiene talento para ser grande”.
Era la primera vez que jugaba en esa catedral del fútbol y durante los 90 minutos no cambió la actitud. Perdieron 0-2, pero lograron el campeonato y escribí: «Hoy otro colombiano entra a la historia de este estadio. Se llama James Rodríguez, apenas es mayor de edad, en Banfield se adueñó del balón y puede decir que salió campeón de la liga de Argentina en el templo de Boca. En el camerino, envuelto en una bandera de Colombia me presentan a James. Solo sonríe y me dice: “No lo puedo creer”. El técnico Falcioni le unta espuma de afeitar en la cabeza y queda bautizado. Se siente a la altura de “Chicho” Serna, Jorge Bermúdez, Óscar Córdoba, Fabián Vargas, Amaranto Perea». Lo veía y pensaba: un jugador tan joven que no se intimida y se sobrepone al peso histórico de La Bombonera para marcar la diferencia merece respeto y admiración.
De esa jornada surgió la crónica «James en la intimidad del camerino», inspirada en la noche en que se hizo mayor de edad para el fútbol, escrita también para El Espectador durante Brasil 2014, en un intento por explicarle al lector de dónde había sacado James la capacidad que lo llevó a ser el goleador y uno de los mejores jugadores del Mundial de Brasil. Recuperé más imágenes de la final en La Bombonera: «El marcador es una anécdota menor, la importante es cómo ‘ese pibe’ calló a todos pidiendo el balón, distribuyéndolo, untándole la bola a los xeneizes y provocando que la famosa barra 12 cambiara los cánticos de ‘Dale Bo, dale Bo, dale Boooooooca’ para gritarle ‘colombiano puto’».
«Banfield recibió el trofeo, James lo exhibió a la tribuna y le coreaban ‘colombiano, la puta que te parió’, él hizo una seña a sus compañeros para no dar la vuelta olímpica y se metieron al camerino. Entonces la barra brava se calmó. En el corazón de La Boca James había enfrentado y vencido lo que el escritor mexicano Juan Villoro me describió como uno de los mayores ‘vértigos’ que se pueden vivir en un escenario deportivo. Recuerdo a los jugadores de Banfield saltando, a Falcioni dándole crédito a la valentía del equipo y a la ‘madurez’ del colombiano. ‘Pensar que estuve a punto de salir corriendo para el aeropuerto y devolverme a Colombia’ — decía James. Estaba orgulloso por el título, porque le abriría las puertas de un club grande, le acercaba la posibilidad de jugar en Europa (empezando por el Porto, de Portugal) y porque —nos hizo reír con el comentario— ya tenía cédula de ciudadanía y debía demostrar que era mayor de edad tanto en su vida personal como en el fútbol».
Falcioni advirtió a los periodistas: «A este pibe lo queremos, pero hay que dejarlo ir. Va a ser grande». Volteamos a mirar y el colombiano tímido, humilde, bien puesto, de cachetes rosados por el esfuerzo hecho, estaba en una esquina viendo lo que no acababa de creer, con la bandera colombiana amarrada al cuello como una capa. Lo volvieron a llamar al centro y todos quedaron bajo un baño de espuma. James volvió a abrir la boca para gritar: ‘Ahora vamos por la Libertadores. Podemos’. Todos repitieron al unísono: ‘¡Podemos!’». Y mi último párrafo decía: «Sueña en silencio con jugar en el Real Madrid, del que le habla mucho por Cristiano Ronaldo. Aquella noche le pregunté si celebraría en algún lugar en especial. No iba de parranda como los otros sino a reunirse con su familia y darle gracias a Dios. Dijo: ‘La Gloria es de él’».
Lo vi dar entrevistas, cómodo con la muletilla argentina «y bueno…» antes de cada respuesta. Un reportero de televisión le preguntó a un hincha colombiano qué le quería decir a James y le respondió: «¡Usted es la verga!». Luego le repite al jugador lo que acaba de oír, James le advierte que «es una mala palabra», el hincha se acerca y aclara que quiere decirle de parte de los costeños colombianos que «es lo mejor que hay». Ríen a carcajadas. Luego oí a un indignado. Era Juan Carlos Crespi, dirigente del Boca, admitiendo que tenía «una calentura bárbara» porque cuando el empresario Silvio Sandri le ofreció a James él le vio las capacidades pero en el club no lo «bancaron» (respaldaron) y ahora tenían que verlo campeón con otro club y en su cancha.
Era un niño. Lo vi irse en el bus verdiblanco, descolgándose para tocar las manos de algunos de los 2.000 seguidores del Banfield que fueron a La Bombonera, muchos llorando mientras cantaban «levanten la copa amigos míos, esta noche vamos a festejar, vamos a celebrar hasta que nuestras copas no choquen más», coro seguido de un montón de gerundios que hubieran emocionado hasta a Gabriel García Márquez, que los odiaba: «Nuestros brazos en alto están sintiendo que nuestros corazones se están uniendo… dale campeón, dale campeón». Así hasta llegar a dar la vuelta olímpica al «Lencho», el modesto estadio del club «taladro», que estaba lleno desde temprano, iluminado por fuegos pirotécnicos, en una celebración que terminó con los 25 integrantes de la plantilla jugando a la ronda, como niños, erizándole el pelo hasta a un calvo como yo.
Por el tono de esa crónica mundialista, el editor del sello Aguilar me llamó y me pidió escribir un libro sobre James, más que del futbolista del ser humano. Terminé escribiendo un reportaje de largo aliento sobre una generación de amigos que en un país con pocas oportunidades como Colombia le apuestan al fútbol para salir de la pobreza. Claro, el personaje central es James, el valiente que, por ejemplo, soportó aquellos partidos del último mes de liga argentina con un esguince de tobillo grado tres, sin quejarse delante del inflexible Falcioni, sin hacerle caso a su padrastro Juan Carlos Restrepo, que en un momento se asustó y le advirtió que no se arriesgara a una lesión grave, que lo primero era la salud.
El hijastro le respondió: «Juanca: a mí me sacan de ahí muerto antes que perderme los partidos definitivos». Al día siguiente del frenesí lo invitaron al canal ESPN y el periodista Jorge Barril no podía creer cuando James se descubrió el pie y le mostró la hinchazón. Su amigo y futbolista Julián Guillermo Rojas lo resume así: «Con eso nos demostró que es un varón, que ya no era un cagón». Como homenaje a esa gesta guarda en su teléfono una foto que James le compartió ese día a su amigo: él apropiándose del balón contra el gran Boca y detrás el paraguayo Julio César Cáceres con cara de desesperación porque el colombiano se le escapó.

Los «parceros» que lo acompañaron
A sus amigos les contó la misma noche del título que haberlo logrado en La Bombonera fue, por las circunstancias, su máxima graduación profesional. «Después de sacar adelante eso, nada le iba a quedar grande», piensa su otro amigo Felipe ‘Pipe’ Gómez. «Me dijo que lo que se siente allá es muy bravo, que tiembla todo, que usted está jugando y siente la vibración. Y James es de esas personas que no les da miedo tanta gente, sino que se crece. Cuando jugábamos en estadios llenos hablaba más duro y con más ansiedad: ‘Dame balón, dame balón’, y si no se lo dábamos se ponía bravo y gritaba: ‘Dámela, marica, que me la des’, y rendía mejor con la sangre caliente en los momentos más jodidos».
Andrés Matheus Uribe es otro amigo que da testimonio de esos momentos porque vivió con los Restrepo Rubio después de Julián Guillermo. James también lo recomendó con Silvio Sandri para el fútbol argentino y fue el siguiente inquilino de la casa gracias a que Pilar, la mamá de James, y la mamá de él son muy buenas amigas. James y ‘Mateo’ eran ‘parceros’ desde la época del Pony Fútbol y del Envigado. Los dos guardan calendarios promocionales de ese campeonato infantil en los que aparece James con el balón y ‘Mateo’ marcándolo. «Yo voy allá a los 18 años a jugar en la cuarta del Huracán. James ya era reconocido, estaba jugando liga y Copa Libertadores y se hablaba de ofertas del fútbol europeo, palabras mayores. Me recibieron como parte de la familia, la ayuda de ellos fue muy grande y yo me convertí en la compañía de él aparte de la hermanita, que todavía estaba chiquita. Volvimos a los tiempos de jugar Play, aprendí de la técnica que tiene para que el balón no le rebote cuando lo recibe. Le contaba cómo me iba y siempre me daba apoyo y consejos, que luchara. Me repetía: ‘Mateo’: con el talento que tenemos podemos jugar sobrados en la profesional. Yo la tenía clara, sabía que las cosas como se le dieron a él a muy pocas personas se le dan. Me acuerdo que celebramos cuando hice mi primer gol como profesional en Argentina contra el Atlético Acassuso. Después jugué en primera B profesional un año y medio con Deportivo Español. Era una vida intensa: del entrenamiento a la casa, descanse y vuelva a la cancha. Nos pasaba que llegábamos de un partido y no podíamos dormir, no sé por qué, tal vez por todos los energizantes que tomábamos, entonces nos poníamos a ver videos. A veces lo acompañaba a entrenar con Banfield y como allá solo dejaban entrar familiares, yo decía que era el primo».
Rumbo a Europa
Luego de las celebraciones del título empezaron a concretarse las ofertas. Sandri, que seguía siendo representante de James, recibió comunicaciones formales del Porto de Portugal, el Español de Barcelona, la Juventus y el Udinese de Italia. Se especuló durante meses y se llegó a publicar que la comisión directiva de Banfield había aprobado la venta del 50% del pase del colombiano a Udinese por tres millones de dólares, pero la primera opción portuguesa resultaba la más atractiva por las garantías que ofrecía a nivel económico y profesional, teniendo en cuenta el historial de ese equipo con latinoamericanos que luego triunfaron como Radamel Falcao García. Juan Carlos Restrepo estuvo al tanto de los detalles mientras su hijastro seguía concentrado en ratificar su perfil en competencia continental. También lo convenció de empezar a estudiar inglés y portugués, sin descuidar los libros de superación. Según Julián, leía más para mejorar su dicción a la hora de hablar y a veces agarraba libros de él como El Código da Vinci.
«James vivía pendiente de las noticias —dice ‘Mateo’—. Parábamos a comprar el diario Olé porque lo seguían y siempre le daban buena calificación, entre siete y nueve, una vez le dieron diez. Hubo un partido que fue desastroso, tanto que en la tribuna nos preguntamos con Juanca: ‘¿Qué le pasa hoy?’. Terminaban los partidos y nos tocaba esperarlo en las afueras del estadio con las puertas abiertas del carro porque ya era la figura y por ser ‘pintoso’ todo el mundo se le acercaba a pedirle la foto. Nos tocaba llevárnoslo a la fuerza. Ese día salió tan frustrado que no le paró bolas a la prensa ni a nadie. No nos habló durante todo el camino. Le pusieron tres de calificación y se indignó tanto que en el siguiente juego fue la figura».
En Argentina se volvió referente por actuaciones como la del 13 febrero del 2010 en el famoso clásico del sur contra Lanús. Ganaron 2-0 con un gol de él, que es el que más le gusta a su mamá. Recibe un desborde por la izquierda, le hace
un túnel al defensa, lo espera, le esconde el balón, arma la pared de taquito, se la devuelven, enfrenta al arquero, le amaga y define por encima al segundo palo. Celebró con los brazos abiertos en gesto de ‘ ¿qué puedo hacer?’. Este fue un gol similar al que haría después en el Mundial de Brasil contra Japón.
«Los fines de semana siempre estábamos en los asados que nos hacía ‘el señor Pata’, un amigo de Silvio Sandri que era el duro de la carne. Nos divertíamos en la piscina, recochábamos descalzos, jugábamos mucho tenis de mesa en parejas, James con su novia Daniela (Ospina), que cada vez iba más seguido, y yo con Julián Guillermo. Si perdían se ponía bravo con Daniela y botaba las raquetas. Podía durar ofendido días, como una vez que estaba de visita un primo de Ibagué y le ganó. Es muy divertido. Es una persona que para las cámaras aparenta ser muy tímida, pero a la hora de compartir con uno es extrovertido, alegre. Se la pasaba repitiendo toda la semana los chistes de los videos de risas de los Hétores. Casi no iba a cine porque en la zona de Banfield era muy reconocido y no lo dejaban tranquilo, entonces íbamos a los centros comerciales de las afueras. Allá le enseñamos a jugar bolos y le entró una fiebre de ir todos los días hasta que un día perdió, tiró la bola por la otra canal y nos regañaron».

Hay días memorables como el 10 de marzo siguiente en el empate 2-2 contra el Nacional de Uruguay en el estadio Centenario de Montevideo, al que invitó a Juan Carlos. El primer gol lo metió de palomita y el segundo al cobrar un penal que le
hicieron a él. Se los dedicó a Daniela y a su padrastro, que ese día lloró de la emoción de ver todos los esfuerzos hechos realidad, por «la satisfacción de entregarle a la sociedad no a un futbolista profesional, sino a un profesional del fútbol». Al tiempo empezó a sentir cierta nostalgia de que su ciclo junto al ‘Calidoso’ empezaba a salírsele de las manos.
Mientras se concretaba su venta a Europa, James estuvo más hiperactivo que nunca. Julián recuerda: «Decía que no estaba al cien por ciento con el cabezazo y nos poníamos a jugar a los centros; Mateo le centraba, él remataba y yo tapaba, luego nos rotábamos. En un partido de Copa de un miércoles le metió un gol de cabeza al Morelia y se lo atribuyó a tantas horas que practicamos. También le dábamos al fútbol-tenis». Hinchas agradecidos del Banfield llegaban a diario a la casa a pedirle un autógrafo y una foto.
«Uno de los peores recuerdos fue en el invierno que vino una niña con el papá a pedirle una foto y sin darse cuenta él se paró junto al calentador de gas y se quemó la pierna izquierda a la altura del tatuaje del Cristo. Al otro día tenía partido de la Libertadores y casi no puede jugar. Nos la pasamos poniéndole vendajes hasta que le sanó». Fue una buena Copa para él, anotó cuatro goles y llegaron hasta octavos de final, en los que los eliminó el Internacional de Porto Alegre, a la postre el campeón continental de ese año. ‘Mateo’ opina que fue un duro golpe para él porque ganaron en Banfield 3-1, perdieron en Brasil 2-0 (los brasileños clasificaron por haber hecho un gol de visitante) y, para rematar, el árbitro colombiano Wilmar Roldán lo expulsó al final del partido definitivo. «Estaba rabioso porque sentía que tenían equipo para llegar más lejos».
Superó la frustración un mes después. El 6 de junio del 2010 firmó con Porto un contrato por 7,3 millones de euros. Juan Carlos fue testigo de la operación y por primera vez la familia fue consciente de que James necesitaba asesoría de alto nivel para hacer un esquema de inversiones con sus millonarios ingresos. Al ver la dimensión deportiva y profesional que había alcanzado su hijastro, Juan Carlos lo sentó, frente a frente como siempre, y le dijo: «‘Calidoso’, tu sueño fue mi sueño, tu ilusión fue mi ilusión. Ahora esta guerra la tienes que librar solito y hacer el doble de lo que has hecho». Hubo un largo abrazo, llanto y los mejores deseos. Como no hay dicha completa, las nuevas circunstancias llevaron a Pilar y a su esposo a revisar su proyecto de vida como pareja, el cual venía en crisis. Juan Carlos optó por regresar a Bogotá a trabajar con una empresa de seguros y Pilar se devolvió a Medellín con Juana Valentina, la hija de los dos. Una separación pacífica y de común acuerdo que los mantiene en comunicación permanente, pendientes de lo que necesiten James y la niña.
Julián Guillermo y ‘Mateo’ acompañaron a James el día en que viajó a Portugal. También llegó a despedirlo Santiago Tréllez, que estaba jugando con el club Vélez Sarsfield. Los cuatro conservan una foto de la despedida en sus teléfonos. Julián le dijo: “Suerte, parcero. Usted es nuestro punto de referencia personal y profesional. El problema es que nos lo puso muy alto”. Y ‘Mateo’ añadió: “‘Mono’, muchas gracias por todo, por apoyarme. En mí siempre va a tener un amigo para lo que necesite. Usted nos motiva a que se pueden lograr las cosas, es nuestro ejemplo a seguir. No se preocupe por nosotros. El tiempo de Dios es perfecto y las cosas se darán cuando se tengan que darse. Usted tiene demasiado talento y seguirá triunfando”.
* Nelson Fredy Padilla es editor de El Espectador y también autor de los libros «Vivir un Mundial. Crónicas de Brasil 2014» (eLibros editorial) y «El galeón San José y otros tesoros» (sello Aguilar).
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Rodrigo(24557)•Hace 52 minutosComo persona, es alguien que el mismo lo definió en su restaurate un detestable arrogante