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Cada 7 de agosto Colombia celebra un aniversario más de la victoria en la batalla de Boyacá. En la capital del Atlántico, además de eso, se conmemora el nacimiento de uno de los equipos más importantes del país: el Junior de Barranquilla.
El equipo tiburón, que ha provocado tanto momentos de gloria como episodios de desolación, ha trascendido más allá de los límites de las canchas hasta regar toda su pasión no solo por Barranquilla, sino también en la costa Caribe.
La cultura del Junior se esparció gracias a la devoción apasionada de sus aficionados. Es la energía contagiosa que llena los estadios, los cánticos que resuenan en las calles y la lealtad inquebrantable que trasciende las victorias y las derrotas. Es una conexión visceral y emocional que transforma los partidos ordinarios en grandes espectáculos y eleva a los jugadores a la categoría de leyendas.
El hincha del Junior no nace, se hace
Si bien muchos pueden llegar pensar que el amor por un equipo se lleva en la sangre, no siempre es así. Joan Nieto Bolívar, un hincha de Junior a morir, es un ejemplo eso. “Mi caso es particular, pues en mi casa no eran seguidores de Junior, incluso mi papá es hincha del América de Cali y a mi mamá el fútbol ni le va ni le viene”, cuenta.
“Lo que me llevó apasionarme por el equipo fue el ambiente de los vecinos en mi barrio. Era la época de 1991 y estaba en pleno furor la Juniormanía, recuerda Nieto. “Yo escuchaba mucho por todos lados y me contagiaron ese amor, esa pasión por el club y de ahí para adelante, pues ya si yo solito”.

Los hinchas suelen identificarse con un equipo a un nivel profundamente personal. Esta conexión va más allá de la simple afición; se convierte en una parte integral de la identidad de un colectivo. A pesar de que Junior es propio de Barranquilla, este abarca a toda la cultura futbolística de la costa caribe e incluso uno que otro punto del centro del país.
“Nosotros nos vemos como un elemento de identidad del Caribe. Si tú estás en el extranjero, ya sea en Miami, Nueva York, y ves a alguien a con la camiseta del Junior te va a gritar ‘¡Junior, tu papá!’, esa persona te va a responder lo mismo. Solo por eso, aunque no se conozcan, ya se vuelven hermanos”, dice Nieto.
Una pasión indescriptible
Al Junior no se le ve simplemente como un equipo de fútbol en Barranquilla. Los atlanticenses viven, palpan, sienten y viven al equipo. Muchos lo definen como un estado de ánimo, un estado de vida, incluso un fenómeno social.
La pasión por el equipo tiburón simplemente no se puede describir. Cuando se les pregunta el significado del Junior como hincha, no encuentran manera de explicarlo. Se puede decir que es algo que los motiva, un sentimiento que con el tiempo va creciendo de tal manera que ya se le ve como si fuera un miembro de la familia, un ente vivo.
Por su parte, Joan se considera un privilegiado en poder estar presente en el centenario de Junior. Al fin y al cabo, 100 años no se cumplen todos los días.
“Muchas personas que he conocido soñaron con llegar a este punto, pero por motivos de la vida no lo lograron. Yo me siento un afortunado de ser uno de los que llegamos a esta instancia, ya que durante tantos años nos imaginamos cómo será el sendero del club”, dice Joan. “Poder tener la fortuna y la gracia de Dios de poder vivirlo, es una experiencia que se va a llevar a la tumba y que es una vaina que uno no va a poder cambiar por nada en la vida, es un recuerdo imborrable”.
La memoria del tiburón
En 2014, en el aniversario 90 de Junior, Joan decidió que era momento de hacer algo para guardar la memoria del Junior. Así que, tras la falta de interés por parte de las directivas del club, optó por crear el Museo Rojiblanco Micaela Lavalle de Mejía. “Acá no solamente tenemos camisetas, contamos con periódicos, diarios, libros, boletas, documentos, elementos usados por jugadores, fotos, videos de cuánta cosa que tenga que ver con Junior”.
Sin duda, de todas las piezas del museo, su favorita es una camiseta del equipo de 1985. Esa prenda la tenía un coleccionista hincha de Rosario Central en Buenos Aires, Argentina, así que debió hacer muchas “maromas” para traerla a Colombia.
“Tuve que comprar unos dólares para enviarlos a Argentina, utilizar a dos personas como puente para enviar la plata y después que trajeran la camiseta. Fueron como tres meses ahí en esa angustia, mejor dicho, hasta que al fin llegó, pero se pudo. Creo que la perseverancia ha sido la clave en esto”.
Una vez Joan sienta que cumplió con su labor en el museo, buscará a alguien que continué con su legado. Aunque él tiene una hija, no le va a imponer que sea amante del Junior como él, pero sin duda más de un hincha del equipo del tiburón estaría honrado de ser el elegido.
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