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13 Dec 2021 - 2:00 a. m.

Jhon Mario Ramírez: El peso de la determinación

El 10, ídolo de Millonarios, falleció en junio pasado, sin embargo, su legado sigue vivo. Semblanza, a ojos de su hijo, del niño talento de Cazucá, en Soacha.
Javier González Penagos

Javier González Penagos

Periodista Política
Jhon Mario Ramírez, exfutbolista y técnico. Foto Óscar Pérez
Jhon Mario Ramírez, exfutbolista y técnico. Foto Óscar Pérez
Foto: OSCAR PEREZ

“No, yo voy a ser el 10 de Millonarios. El 10 de Millonarios”. Esa era la respuesta que, una y otra vez, repetía Jhon Mario Ramírez cuando uno que otro amigo descarriado le ofrecía un cigarrillito de marihuana. La determinación y convicción del niño de Soacha no era más que el presagio del mito, del sueño hecho realidad. “Crecer allí hizo su carácter y su temperamento. Forjó su forma de ser y lo hizo más fuerte. Lo ayudó a escudarse de muchas cosas que quizás a otro en esas condiciones lo hubieran llevado a bajar los brazos”, dice con orgullo y nostalgia Mateo Ramírez, su hijo, a casi seis meses de su fallecimiento.

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El 10 de Millos perdió la batalla en un mano a mano con el covid-19. Ramírez murió, pero la leyenda sigue viva. Y no es para menos. Jhon Mario materializó el sueño de todo hincha del fútbol: poder jugar en el equipo de sus amores y, por si fuera poco, convertirse en ídolo y escuchar corear su nombre desde las entrañas de miles en un estadio.

A Jhon Mario no le costó mucho trasladar la picardía, destreza e ingenio con los que jugaba microfútbol a una cancha casi el triple de grande. El talento estaba. La determinación, también. Y aunque por años le hizo el feo al césped, finalmente, y casi a regañadientes sin dimensionar lo que se le venía, se le midió al fútbol 11. “En el colegio había un profesor de educación física que le decía que fuera a jugar fútbol, y él decía que no y que no, le sacaba el cuerpo. Hasta que un día por quitárselo de encima le dijo que sí, y ahí fue cuando comenzó a jugar. No le gustaba el fútbol, solo el micro, porque toda la vida jugó eso. Me dijo que, en medio de todo, le fue muy bien su primer día y a él le gustó. Tenía 17 años”, dice Mateo.

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Comenzó a jugar y el talento brotó, tanto que llamó la atención de una selección de Colombia sub-23, lo que lo puso en el radar de Millos -un cariño heredado de la familia- que no tardó en reclutarlo. Y, como reza el refrán, lo difícil no fue llegar, sino mantenerse. Pese a su talento y dedicación, tardó meses en debutar y tener un chance, al punto de que tenía compañeros que, víctimas de la misma situación, desistieron y hasta se mofaban de la condición de Ramírez: “No me voy a quedar ahí esperando como Jhon Mario”, decían. Pero el futuro 10 se llenó de paciencia y, quizá convencido de lo que le esperaba, aguantó -aun con lo acelerado que era-, hasta que el 14 de octubre de 1992 pudo pisar, formalmente, el césped de El Campín. Sin embargo, eso no fue garantía de nada.

“Sabía que iba a terminar jugando y que podía triunfar, pero dentro de todo supo esperar, porque acelerado sí era. En el debut se puso muy nervioso y se encalambró como a los 20 minutos. Y lo sacaron”, explica Mateo, retratando las dificultades que tuvo que encarar John Mario para poder consagrarse. Muestra de ello es que tuvo que pasar más de un año, el 14 de noviembre de 1993, para que Ramírez pudiese marcar su primer gol con Millonarios: “Creo que él debuta y no vuelve a jugar en ese año hasta que hace el gol. Fue otro tema de espera, de qué hago acá. Estaba desesperado, pero tuvo mucha perseverancia. Pese a lo acelerado que era, creo que él veía que podía jugar y que en cualquier momento le iba a llegar la oportunidad y tenía que estar preparado para esa oportunidad y la aprovechó”, cuenta Mateo Ramírez.

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Desde entonces pudo acariciar el éxito. Una de las primeras cosas que hizo Jhon Mario fue comprarle una casa a su mamá para dejar de lado las humillaciones y desplantes que supuso para ellos vivir en arriendo. Ramírez cumplía el sueño, el de hacer feliz a su madre y el de triunfar con Millos. Pero su ambición no se quedó ahí. Aunque usualmente la camiseta 10 de los azules estaba reservada para los mejores y, en general para extranjeros, se propuso hacerla suya. “En un partido le dijo al utilero que le llevara la 10. Ese utilero le contestó en tono serio: ‘Peladito, ¿que qué número quiere?’, y él pidió la 10. Le dijo que no se le daba, que le iba a pesar mucho. Mi papá insistió con la 10 y desde ahí empezó a usarla”.

La gloria, y el dinero no solo significaron alegrías. Jhon Mario también conoció de excesos de alcohol y las mujeres terminaron amenazando su carrera. “Esa inmadurez es un poco normal porque estaba joven. Antes no tenía nada y pasó a tenerlo todo, un golpe muy fuerte para cualquiera. Mi papá con el tiempo me decía que eso no llevaba a nada bueno, que no era adecuado para un deportista de alto rendimiento y que no cometiera sus mismos errores”, remata Mateo.

Tras su época en Millonarios, y de intentar sin éxito afianzarse en la selección de Colombia, John Mario Ramírez pasó por varios equipos. Supo dar el paso al costado y se retiró en 2008. Se preparó para ser entrenador deportivo y espiritual, pero apenas en mayo de 2021 -semanas antes de fallecer- asumió como director técnico en propiedad, al llegar a Patriotas.

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“Nos perdimos de ver al mejor entrenador de Colombia, porque él entendía al jugador, sabía lo que se vivía allá adentro.Apoyaba al jugador, le gustaba protegerlo y sabía un montón. Todo lo que tenía en su cabeza sabía cómo materializarlo y el equipo jugaba a lo que él quería”, agrega Mateo, que narra también con pesar esos días, pues llegó el covid-19 y el siempre activo Jhon Mario cayó víctima del virus: “Días antes de internarlo en la clínica le empezó a dar un hormigueo en las piernas y en las manos. Se preocupó porque no se podía mover. Me tocó cargarlo, no podía ni caminar. Para una persona como él, tan acelerada y activa, tuvo que haber sido muy difícil. Estar en una cama sin moverse”.

El mundo del fútbol despidió formalmente a Jhon Mario en el estadio El Campín. El 6 de septiembre, en el primer partido en pandemia con presencia de hinchas, Millonarios le entregó a Mateo la camiseta de su padre. Allí entendió el peso de la determinación:”Mi familia y yo vinimos a saber lo que era el nombre de John Mario Ramírez. Vine a saber lo que era mi papá hasta que falleció. No sabía lo que significaba y el impacto que generaba”.

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