16 Dec 2019 - 10:25 p. m.

De aquella primera vez

Delfín, el equipo de Manta (Ecuador), logró su primer título en la liga local tras vencer 2-1 en la serie de penaltis a la Universidad de Quito el pasado 14 de diciembre.

Andrés Osorio Guillott

Parece ley de vida que las primeras veces nunca se olvidan. El primer viaje, el primer (des)amor, el primer trabajo, el primer partido, el primer campeonato. La novedad, la nueva vivencia tienen la particularidad que muchos otros sucesos envidian: el impacto.

De los 62 años de historia de la Liga de fútbol de Ecuador, Barcelona ha ganado 15 campeonatos, Emelec 13, El Nacional 12 y la Liga de Quito 10. Pocas escuadras han logrado arrebatarle la jerarquía a estos cuatro equipos que no se permiten salir de las primeras casillas de la tabla. Everest, Deportivo Quito, Deportivo Cuenca y ahora Delfín son los clubes que han logrado alzarse con la copa a diferencia de los ya tradicionales campeones.

Al estadio de Jocay, donde se jugó la final de la Liga de Ecuador, lo terminó de reconstruir el campeonato que acaba de ganar Delfín. El escenario deportivo, que fue uno de los más afectados tras el terremoto de 7.8 que sufrió Ecuador en 2016, estuvo sujeto a varias remodelaciones en su infraestructura para volver a ser un templo del fútbol.

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Manta es el puerto pesquero más importante de Ecuador. Está ubicada en la costa central del país. Allí habitan cerca de 217 mil personas. Desde el 2016, la ciudad tuvo que ser levantada con el sudor de quienes viven allí. Alrededor de 500 fallecieron en el terremoto del cual Manta fue epicentro. La ciudad se había ido al piso y la congoja se apoderaba de quienes caminaban entre los escombros de lo que fueron sus casas, sus negocios y sus calles. No hubo tiempo para preguntarse por los designios del destino y la naturaleza, dos fuerzas incontenibles.

Cada familia ha logrado levantarse con jornadas arduas de trabajo. Aunque las calles no luzcan igual, se siente el orgullo de haberle devuelto a la ciudad el atractivo por el que siempre los turistas han llegado a vacacionar. Más que los indicadores económicos, más que la recuperación de un pueblo que se vio destrozado, son los símbolos de un territorio los que pueden, quizá por la llamada justicia divina, devolverle a las comunidades los sentidos de esperanza y de renacimiento.

Delfín es un equipo que vio el amanecer hace poco tiempo. Apenas son 30 años de historia. 30 años timoratos, 30 años de permanecer a la sombra de la mitad de la tabla y de crecer a un paso lento, haciendo creer a su hinchada que las manecillas del reloj avanzan más despacio en la provincia de Manabita.

Delfín se enfrentó hace un mes contra la Liga de Quito por la Copa Ecuador. La perdió. El sábado era la revancha en la final de vuelta del campeonato local. Los dos partidos quedaron 0-0. La memoria de ambos estaba fresca. No había espacio para arriesgar. Los dos partidos sucedieron sin vértigo. Y como varias finales, el sufrimiento estaría presente hasta la instancia final. Llegaron los penaltis al arco que custodiaba la hinchada local, la hinchada de Delfín. El presagio estaba a su favor. Sergio López, del cuadro manabita, fue el encargado de iniciar la tanda de penaltis. Cobró a media altura y logró el primer grito de gol en su gente. Jordy Alcívar, de Liga de Quito, remató cruzado y empató la serie. Luis Cangá, que remató cruzado, fue el otro jugador que anotó para Delfín. Bruno Piñatares, Luis Antonio Valencia, Luis Caicedo, David Noboa, José Ayoví, Carlos Garcés y Cristian Martínez Borja patearon sin victoria alguna. Fue una tanda de mucha tensión, que se celebraba, paradójicamente, por los fracasos.

Fabián Bustos, director técnico de Delfín, vestía de blanco. Sufrió como un hincha más. Sabía que un campeonato era símbolo de hacer historia, pero que este en particular sería más especial. El primer título no se olvida, el primer título es especial. Es el presagio de una época gloriosa, es el inicio de un nuevo tiempo y el fin de un vacío y de una añoranza aplazada.

Pedro Ortíz, el arquero de Delfín, fue el héroe. Atajó el último penalti y en sus manos quedó la copa anhelada. Con una reacción tardía al pitazo que sentenció la final de la liga, el arquero de 29 años extendió sus brazos para sentir en todo su esplendor la gloria, para que su cuerpo percibiera la hazaña de lograr el primer título para un club manabita.

Los hinchas terminaron de tapar las grietas de un infortunio. Los gritos desgarrados, los puños en alto, los saltos al ritmo de un bombo y las camisetas ondeándose en nombre de la historia dan cuenta de una alegría que tal vez nunca se había experimentado, o que tal vez se rasgó en un pasado que no fue sepultado, pero que sí se escribió en las tablas que se asomaban entre los ladrillos quebrados y esquirlas.

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