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Este lunes se completan 31 días sin noticias de Daniel Ortega, presidente de Nicaragua. Desaparecido, nadie sabe nada de él. Suenan voces que indican que está confinado en una isla privada con Rosario Murillo, su esposa y vicepresidenta de la nación. Su silencio —el único de un jefe de Estado en medio de la pandemia por el COVID-19— ha despertado la atención del mundo entero. Pero, sobre todo, por su partitura para manejar la crisis: es el único país de América Latina que no ha cerrado sus fronteras, que no ha tomado medidas de cuarentena y que, en cambio, ha promovido las ferias, los eventos deportivos y el turismo; entre líneas, la vida “normal”.
El oscurantismo y el mutismo con respecto al número de contagios es una olla de presión a la cual ya se sumó la Organización Panamericana de Salud (OPS), que catalogó como “inadecuado el manejo, prevención y control del virus en Nicaragua”. Las cifras oficiales, inverosímiles para varios, apuntan a apenas siete contagiados y un muerto por el brote en el país, de 6,3 millones de habitantes.
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El reflejo de los tentáculos del autoritarismo del régimen es el deporte. Hace unos días, Robbin Zeledón, el segundo mejor bateador de la Primera División de Béisbol de ese país, fue suspendido un año, con sueldo incluido, por negarse a jugar por temor a contagiarse con el coronavirus. La Comisión Nicaragüense de Béisbol Superior (CNBS) confirmó que castigó al jugador de 21 años “por abandono”.
Otro de los casos renombrados lo protagonizó el colombiano Duván Cifuentes, jugador del Deportivo Las Sabanas, quien, amenazado por la directiva, tuvo una simple dicotomía: el trabajo o la familia. Le dijeron que si se iba le ponían en su hoja de vida que se fue por problemas con el alcohol. “Yo les dije que yo sabía que no había hecho nada malo. Me vine a Barrancabermeja y no me quisieron dar mis papeles deportivos. Sin eso no puedo volver a jugar fútbol”.
Pero el instinto paternal con Martín Cifuentes Fillippo, su pequeño, y el anhelo de estar con su mujer en el confinamiento no le hicieron dudar de la decisión. “La prioridad siempre va a ser la familia. La Liga Primera dijo que si los equipos no jugaban, los sancionaba. Nadie quiere una sanción económica o descender”.
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Hay 24 colombianos disputando el torneo de ese país, que este fin de semana completó su fecha 16. Ante la escasez de deporte en el mundo, esta semana, incluso, una productora sueca mostró su interés por transmitir los partidos. Situación calcada en Bielorrusia, en donde el fútbol tampoco se ha estacionado. Estas fueron las palabras de Alexander Lukashenko, único presidente del país europeo desde 1994 en un partido de hockey sobre hielo: “Es mejor morir de pie que vivir de rodillas. La gente debería lavarse las manos con vodka, también debería beber 40 o 50 mililitros cada día, así como ir al sauna dos o tres veces por semana”.
De Daniel Ortega no se sabe desde el pasado 12 de marzo, luego de realizar desde su hogar una teleconferencia con otros jefes de Estado. Y en cuanto a apariciones públicas hay que retroceder el tiempo casi dos meses, cuando estuvo en un evento del Ejército. Su esposa, a través de llamadas telefónicas, replicadas en medios de comunicación afines al régimen, ha sido quien ha tomado, de momento, una voz que cuando se escucha suena con tintes de complicidad hacia el coronavirus.
Un país gobernado por el exguerrillero de 74 años, quien ya completó trece años al hilo en el poder, que aún no olvida la violenta contención de las Fuerzas Militares y paramilitares en abril pasado, que dejó un saldo de al menos 328 muertos, contra los protestantes que mostraron su descontento hacia un régimen que, por su displicencia, está dejando un punto ciego muy amplio que le puede salir muy caro en la pandemia. En tiempos de crisis se conoce a los verdaderos líderes. Y Ortega ni siquiera ha dado la cara.