
Frank Castañeda nunca se imaginó que la primera vez que pisaría el Santiago Bernabéu para jugar la Champions League iba a ganarle a Real Madrid. Y menos que la gesta la lograría con el Sheriff Tiraspol de Transnistria, un país que “no existe”, porque no es reconocido como un Estado legal.
Ahí entran la nostalgia y los recuerdos. Castañeda, en diálogo con El Espectador, cuenta que cuando estaba en la boca del túnel, antes de saltar a la cancha, lo único que hacía era pensar en su infancia. Buscaba en su memoria las calles de su barrio, La Base, en Cali, y las tardes en las que, desentendido por su pasión, no comía y no dormía porque lo único que quería hacer era correr detrás de una pelota con sus amigos, los vecinos de la cuadra.
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Fueron los trazos de esas calles, las personas y el barrio los que forjaron en su espíritu el sueño de ser futbolista. En su casa nunca le faltó nada y mucho menos apoyo. Su papá, otro loco del balompié, de esos que Eduardo Galeano definía como “cerrados por fútbol”, alentó siempre esa aspiración de querer vivir del balón. Incluso cuando el sueño parecía imposible.
En eso, en las puertas que le cerraron, también pensaba el 10 del Sheriff antes de salir a la cancha en la jornada histórica del Bernabéu. Una especie de revancha. Una demostración para los que no creyeron en él y ahora tenían que verlo en el estadio del club más importante de la historia, capitaneando un equipo debutante en la Liga de Campeones, que sin miedo ni complejos derrotó al gigante en su propio campo.
Castañeda debutó en Orsomarso, después de probarse en muchos equipos. Un mes antes de recibir la oportunidad había pensado en abandonar el fútbol, pero sus papás no lo dejaron. Le insistieron en que confiara en su talento y, a pesar de la frustración de las oportunidades perdidas, él decidió hacerles caso. Un momento que cambiaría su destino.
Tras dos temporadas en la B, desde Eslovaquia llegó una oferta. Castañeda no conocía el país, pero qué importaba, era Europa y la oportunidad de jugar por fuera de Colombia. Aceptó y fue a dar al frío de una pequeña ciudad llamada Senica. El choque fue instantáneo. Le habían dicho que se abrigara, pero pensó que estaban exagerando y solo se llevó una chaqueta. Al salir del aeropuerto, viendo el suelo que estaba cubierto de hielo y nieve, Castañeda entendió en qué lugar se había metido. Empezó a sentir la resequedad en los labios, cómo la cara se le tensaba y se le iba quemando, los pies dolían tanto como las manos y sentía que los dedos se le iban a caer en cualquier momento.
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Al final tocó adaptarse a las circunstancias y con sus goles empezó a brillar en Eslovaquia. Su nombre empezó a sonar por Europa, aunque no tanto como desde que llegó al Sheriff de Tiraspol.
Curioso, porque si cuando lo llamaron de Eslovaquia estaba perdido, cuando le dijeron Transnistria, peor. Decidió irse a Sheriff porque quería jugar la Champions, a pesar de que en su vida ese país nunca lo había escuchado. Normal, porque no existe. Es un territorio que se declara independiente de Moldavia y que añora los tiempos en los que era parte de la Unión Soviética. En sus calles, un retrato de la vida de otros tiempos, ciudades de otro siglo, es común encontrar estatuas de Lenin o de Stalin, afiches soviéticos, bustos de Yuri Gagarin y monedas que conmemoran héroes rusos. Transnistria extraña la grandeza que se les fue con la caída de la URSS, y Tiraspol es una ciudad nostálgica. Frank Castañeda la define como de colección. “Sí, es vieja, pero cuidada”, dice. Los buses, los edificios, las estructuras tienen muchos años, “pero no son cosas obsoletas, son una sociedad pulida”.
Por estos días Transnistria está de fiesta porque su equipo les está disputando cara a cara la Champions a los gigantes de Europa. El fútbol los está dando a conocer ante el mundo. “Es impresionante el ambiente de la gente”, resalta Castañeda al explicar la atención que ahora tienen sobre sus hombros. “Desde todas partes del mundo están llegando periodistas para hacernos reportajes”, asevera. Los hinchas anhelan que su equipo pase de ronda. Hay ilusión.
Algo que él y sus compañeros nunca habían experimentado. La del Sheriff es una plantilla de jugadores errantes, futbolistas que no quisieron en otros lados. “Fuimos despreciados y llegamos acá buscando una oportunidad”, explica. Ahora están en la cima del mundo. Por eso, ese día antes de jugar contra el Madrid las palabras del capitán recordaron ese esfuerzo, el trabajo y el sacrificio. Nadie les había regalado nada y en la cancha eran 11 contra 11. Un discurso sencillo, sin más. No necesitaba mucha inspiración, el escenario ya era motivación suficiente y no era momento de ser grandilocuente, era tiempo de salir a jugar para hacer historia.
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De la victoria, inesperada para todos, menos para ellos, Castañeda se queda con varios momentos: “Cuando escuché el himno de la Champions, jugar contra Benzema y cuando cambié camisetas con Eden Hazard”. Sin embargo, el instante cumbre, una vez se fueron las cámaras, fue el abrazo con su esposa y sus padres, a quienes llevó hasta Europa para que lo vieran jugar la Champions. En ese momento el mundo paró. Hasta ahí llegó la nostalgia y la añoranza del pasado. La cabeza dejó de trabajar porque tener a su familia ahí, en el mejor momento de su carrera, fue la culminación de un largo camino, una alegría intensa que siempre recordará como la noche en la que le ganó a Real Madrid.