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Si los barranquilleros se precian de tener el carnaval más pintoresco, los bonaerenses están en todo su derecho de considerarse dueños del espectáculo que reúne todo lo que el fútbol necesita para transformarse en una verdadera fiesta.
Primero se requiere la invitación y en ella aparecen dos nombres que garantizan presencia, y lo mejor, masiva: los clubes River Plate y Boca Juniors tienen el gusto de invitarle a una versión más del superclásico argentino, a realizarse el próximo 19 de octubre en el estadio Antonio Vespucio Liberti, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.
Basta con establecer la fecha para que una semana atrás la boletería se esfume, los revendedores tengan tanto poder como Riquelme o Falcao en la cancha y las agencias de turismo incluyan el partido entre sus paquetes turísticos y lo ubiquen a la altura de un show de tango con cena incluida.
Y es que era, es y será una gala del fútbol por excelencia y como tal obliga a asistir con parámetros de vestuario establecidos desde hace algunas décadas, nada formal en definitiva, pero sí con colores que al igual que la pasión por una camiseta no se negocian jamás.
El blanco atravesado por una franja roja o el amarillo mezclado con el azul marcan la tendencia, clásica por demás, aunque a varias cuadras del estadio de Núñez predominan los primeros, porque están en su territorio y éste aparte de marcarse siendo mayoría, restringe considerablemente el paso de los foráneos que son tratados como tal y de ahí que lleguen por una calle específica y con amplia custodia policial.
Igual fueran millonarios o bosteron, cumplían la cita sagrada del domingo, sin importar siquiera que el anfitrión llegara como el último del torneo (después de haber sido campeón en el primer semestre) y que el visitante arrastrara dos derrotas en línea y, algo peor, fuera acusado de divisiones en el interior del plantel.
Y si hacía falta una prueba más para establecer su dimensión, enfrentarlo con una tradición familiar parecía demasiado, pero ni las madres en su día pudieron evitar que sus esposos o hijos las abandonaran después del almuerzo para llegar a la cancha y ser testigos de un partido, cuyo epicentro parecía definirlo a la perfección: Monumental.
Ya dentro de él, su grandeza se hace incalculable gracias al color de sus tribunas con humo y papel picado, pero sobre todo, por la pasión que parece emanar del cemento y reproducirse a través de 60 mil gargantas que como bien dicen en un aliento popular argentino, tienen mucho aguante.
Tanto que los cánticos se escuchan mucho antes de que ruede la pelota, porque el partido empieza en las populares. “Bostero la p... que te parió.../ con River La Boca no se llenó... / bostero no te vayas a olvidar.../ que River explotó el Monumental“, desafían ‘Los Borrachos del Tablón’, la barra más numerosa de los riverplatenses. La respuesta tardó, pero supo mejor 90 minutos después porque los 2.500 de ‘La 12’ bostera se encargaron de silenciar el estadio, al dedicarle el triunfo en campo ajeno... “Es para vos, es para vos, p... gallina, la p... que te parió”.
Así se resume la rivalidad que enmarca antes que cualquier resultado posible, algo de un valor incalculable: el honor. Pero en un River-Boca o un Boca-River se juega siempre algo más y por eso los calificativos nunca alcanzarán para intentar siquiera definirlo.
Por caminos bien distintos
Cinco años tuvieron que pasar para que Boca volviera a festejar en Núñez. Y al final, tanta espera valió la pena, porque el triunfo de los xeneizes les abrió el camino hacia la gloria y de paso empezó a cavar la tumba de sus eternos rivales en el Apertura.
El gol del juvenil delantero Lucas Viatri, que supuso el 0-1 definitivo en el partido más importante de la décima fecha, devolvió a los de Ischia a la pelea por el título que finalmente fue suyo y hundió aún más a los riverplatenses en el último lugar de la tabla, puesto que terminaron ocupando por primera vez en su historia.
El superclásico argentino marcaría entonces, desde octubre, el destino de ambos.