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PRIMER CAPÍTULO
Pintar con cal
Los dos escenarios se parecen y están unidos por hilos que resisten el tiempo y la distancia. En los años en que el Alten Försterei empezaba a escribir su historia, allá por 1920 en Berlín, el fútbol conservaba todavía algo de oficio manual y la cancha se marcaba casi a pulso, antes de que la pelota echara a rodar. Algo muy parecido ocurría, muchos años después, en Barrancas, La Guajira, donde, en la primera década del 2000 y en pleno paso de lo analógico a lo digital, uno de los jugadores —el más flaco de todos— trazaba un rectángulo de arena y cal que luego, en el fragor del partido, se convertía en el escenario de sus gambetas y de sus sueños de grandeza.
El 8 de noviembre de 2025 se cruzaron esas dos historias: la de la vieja Alemania y la del sol ardiente de La Guajira colombiana; la de pintar una cancha y la de hacer una pintura de gol que, al mismo tiempo, resumía una vida.
El Alten Försterei recibió la visita del Bayern Múnich en la fecha 10 de la Bundesliga. En la nómina del gigante bávaro estaba el mismo flaco que alguna vez pintó la tierra con cal: Luis Fernando Díaz Marulanda. Sus apodos: Lucho, Luchito o el Guajiro. Su posición en el campo: extremo izquierdo. Sus señales particulares: la velocidad, el regate, el instinto de killer del área.
Ese día, las 22.012 personas que caben en el estadio —18.395 de pie en la tribuna— ocuparon sus lugares y se aprestaron para la obra de arte que quedaría expuesta sobre el lienzo verde. Fue una jugada que, desde ese momento, quedó escrita en los libros del fútbol, en la sección de instrucciones para hacer un gol imposible. Y no es hipérbole: la propia Bundesliga diría después que aquella definición tenía una probabilidad de gol de apenas el 6 %.
Lo cierto es que ese día Lucho completó su arco vital, ese camino que había empezado regando cal bajo la canícula y que llegó a un punto culminante cuando se vistió de ilusionista capaz de hacer que lo imposible ocurriera —aunque no precisara sombrero de copa ni corbatín, sino camiseta y cortos de fútbol—. El gramado alemán vio brotar la genialidad de un artesano de la fantasía, un escultor del arte de la pelota.
A la distancia, los más memoriosos de su pueblo guajiro lo vieron por televisión o en la pantalla de algún teléfono con mala señal. Entonces recordaron que, años atrás, ese mismo flaco ya había deslumbrado a la fanaticada local con malabares parecidos, algunos incluso más inesperados. Lo vio mucha gente del pueblo desde la única tribuna de cemento.
Esa es otra de las conexiones: la escena de la fanaticada deslumbrada se repitió y se multiplicó por miles en el Alten Försterei, donde —como había tanta gente de pie— era necesario empinarse constantemente para gambetear las cabezas de los que habían ganado posiciones de privilegio.
Corría el minuto 38. La jugada transcurría por la banda derecha. Lucho ya merodeaba cerca del área; tanto, que cazó un despeje y bajó la pelota en el borde. Fue ahí cuando el césped pasó a convertirse en el tablado que esperaba la escena épica. Cuando el flaco domó la rebeldía de la pelota con el botín, solo se la prestó a Josip Stanisic, porque él mismo ya la esperaba de vuelta, en el viejo libreto del toco y voy. El problema fue que el pase de devolución se fue largo. Stanisic lo supo al instante y por eso, cuando vio que la pelota parecía escaparse, se llevó las manos a la cabeza, lamentando su error en el guion.

Pero Lucho, acostumbrado a salirse del libreto, ese niño que mezcló polvo y sudor en los picados del barrio, no dio por perdido el sueño de gol. El prestidigitador de la pelota se barrió sobre el tapete y, con una elasticidad increíble, convirtió la pierna derecha en un gancho que dejó colgado de la sorpresa a Janik Haberer. Fue un malabar al filo de la navaja, al borde de la línea de cal. Y después de ese rescate imposible, con la misma derecha que acababa de destrozar la lógica, sacó del sombrero un zapatazo que se le metió a Frederik Rønnow por un ángulo hecho a la medida de las emociones.
Meses después, Alemania entera terminaría dándole a esa obra un sello adicional: Sportschau la eligió como el gol del año 2025.
Stanisic volvió a llevarse las manos a la cabeza. Trataba de controlar su incredulidad; ya el error en el pase había quedado convertido en una anécdota menor. La pared que propuso el propio Díaz —mejor aún: la que él mismo se inventó después de recibir un ladrillo y reconstruirlo con genialidad— sirvió para pintar con una luz rotunda una certeza: su fútbol, después del camino largo que lo había llevado desde Colombia hasta la élite europea, estaba en un punto altísimo, en una cumbre de rendimiento superlativa.
Por eso fue una jugada para confirmar a Lucho, para plantar el juego sobre la mesa después de una larga partida. Fue un gol trascendental para su historia personal —aunque aquella tarde el Bayern apenas rescató un 2-2, y con ese empate vio frenado su arranque perfecto en la Bundesliga—, y también para confirmar que su decisión de ir a Alemania no había sido equivocada y que su magia, a meses de un Mundial, seguía teniendo algo de unción sobrenatural.
Stanisic no pudo hacer otra cosa que batir las manos en el aire, como el niño que va a poner quejas diciendo a los cuatro vientos: “¡¿Qué hiciste?!”. El equipo se fue en pleno a abrazar al artista, mientras Manuel Neuer, con el brazo en alto, daba vueltas de felicidad.
Tampoco lo podía creer el narrador de aquella transmisión, Osvaldo Ruiz Madachi, un barranquillero que relata los juegos del Bayern Múnich. Pasado el tiempo, después de presenciar semejante momento, confesó que miraba a su compañero mientras seguía buscando adjetivos para acercarse a la dimensión de lo que acababa de ver. No había palabras. No era fácil explicar lo que había ocurrido en ese instante. Sus gestos de fascinación eran gritos con la mirada.
Porque a veces las miradas hablan, y esta vez, en un abrir y cerrar de ojos, el asombro no dejó lugar a dudas: a lo que acababa de hacer Lucho Díaz en la liga alemana no se le podía despachar con la simpleza de llamarlo apenas un golazo.
Un gesto natural
Para quienes han seguido la carrera de Díaz desde sus inicios, como el exentrenador Javier Castell, esa jugada en el Alten Försterei es una definición perfecta de lo que Luis es como futbolista. El pase que se va largo le abre una oportunidad para vestirse de solidario: su misión es salvar a su compañero. Ahí aparece otro de sus rasgos más nítidos: Lucho nunca da una jugada por perdida y tampoco se da por vencido. Su despliegue físico queda en evidencia en la elasticidad para recuperar el balón y en la capacidad para gambetear aun en condiciones adversas, con una mezcla de destreza y malicia. Todo, envuelto en una confianza que contagia. “El que hace goles es el que no tiene miedo”, dice Castell. Es sencillo: al de Barrancas no lo supera ni el escenario ni el rival, porque cree en sus condiciones.
Arturo Reyes es uno de los profes que ha estado presente en varios momentos futbolísticos de Lucho, desde sus inicios y en pasos clave de su vida deportiva; lo conoce desde el Barranquilla y lo ha visto pasar por Junior y por las selecciones Colombia. Arturo cree que, aparte de todas las virtudes futbolísticas que tiene, uno de sus rasgos determinantes es que no claudica, que no se da por vencido.
La jugada del gol en el partido de su equipo frente a Unión Berlín está marcada por eso: fue un balón que cualquiera habría dado por perdido, pero él lo rescató. En el campo, además de la maniobra épica, quedó la evidencia de que lo mueve una convicción profunda de trabajo por el equipo.
Un mes después de ese partido en el que marcó el gol de antología, Luis volvió a celebrar. La Bundesliga eligió ese tanto como el mejor de noviembre y destacó que se trató de un disparo espectacular desde un ángulo cerrado. “Supera a Janik Haberer y lo envía a la escuadra derecha desde una posición casi imposible”, resaltó la reseña oficial.
En 2025, la Bundesliga dejó 940 goles en 306 partidos. A comienzos de 2026, el programa deportivo Sportschau —que desde 1971 entrega el premio al gol del año— llevó esa definición a la elección grande, y entre los candidatos, como era apenas natural, estaba la del colombiano.
Días después, las crónicas deportivas informaron que Luis Díaz era el autor del mejor gol en esa edición. La distinción, además, terminó de poner en primer plano lo que ya había quedado claro desde la misma jugada: su mentalidad y sus extraordinarias condiciones futbolísticas. Max Eberl, directivo deportivo del Bayern, elogió la brillante definición del colombiano y destacó el orgullo del club por ese reconocimiento.
“Al fin y al cabo, los goles son lo que importa en el fútbol, y a todos nos encantan los goles especialmente bonitos —dijo Eberl—. En este caso, Lucho no solo marcó un gol espectacular, sino que el gol es más bien una obra de arte en sí misma y demuestra el extraordinario compromiso y la pasión con la que juega al fútbol”.
El directivo reconoció en ese momento que Díaz tiene un valor incalculable para el Bayern y para toda la Bundesliga. Con la medalla que se colgaba Lucho, el club retenía el galardón. “El año pasado, los aficionados eligieron a Harry Kane, ahora a Lucho; los goles del año se están convirtiendo poco a poco en una pequeña especialidad del FC Bayern”, apuntó Eberl.
Pero en ese momento, cuando el prestigio volvió a tocar a su puerta, Díaz mostró una vez más que la humildad también es uno de sus sellos. Sus palabras al recibir el reconocimiento por el golazo estuvieron impregnadas de una respetuosa incredulidad; era como si el Guajiro también hiciera parte de los fascinados que no terminaban de creer lo que habían visto en la tribuna.
“Cuando veo el gol, no puedo creer que lo haya marcado yo… Solo pensaba en disparar lo más rápido posible para que marcáramos. ¡Fue increíble! El premio significa mucho para mí, ya que aún no llevo mucho tiempo en la Bundesliga. Pero me he adaptado rápidamente gracias a que he encontrado un gran equipo, tengo una gran familia y también un muy buen entrenador. ¡Así es muy fácil sentirse a gusto!”.
Óscar García conoce a Luis desde que este era un niño. Es uno de los que confirma que, desde sus primeros años en las canchas, ya hacía jugadas que pueden compararse con la que ejecutó en Berlín. “En otros momentos ha mostrado que esa jugada tiene su sello claro: ir en plancha y no dejarla salir”, dice García.
Por todas esas razones, argumentos y análisis, se puede decir que el gol de Lucho en el Alten Försterei es un momento antológico de su historia, una metáfora que él mismo representó en la cancha: por muy cerca que esté de la raya de sentencia, el impulso definitivo viene de las mismas ganas con las que ha luchado desde sus inicios, cuando fue un niño que pateó una bola de trapo en los campos polvorientos de Barrancas.
* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial. CARLOS TONCEL SANJUÁN (Barranquilla) es comunicador social y periodista, con maestría en Comunicación y maestría en Paz, Desarrollo y Ciudadanía. Periodista deportivo en Noticias Caracol, ha construido su camino entre la inmediatez de la noticia y la profundidad de la crónica. Ganador del Premio de Periodismo a la Mejor Crónica del Carnaval de Barranquilla Ernesto McCausland (2018) por su trabajo “En Santa Lucía, donde el Son de Negro es sinónimo de paz”. Docente universitario y realizador documental.