1 Aug 2021 - 6:15 p. m.

Caterine Ibargüen, cuando no se necesita ganar para ser grande

Crónica de la última actuación de la colombiana en Tokio 2020. La reina del salto triple entregó el trono de la especialidad, pero seguirá siendo la mejor atleta de nuestra historia.

María José Medellín Cano - Desde Tokio

La historia la escriben los vencedores. Así dice el refrán popular que cobra sentido cuando se habla de luchadores y de sus batallas. Una frase que habla de guerreros, de la victoria y de la derrota. Del bien y del mal. De extremos radicales. Seis palabras que resultan vacías cuando se trata de Caterine Ibarguen Mena. No solo por el género masculino que cargan, sino porque esta atleta no tuvo que vencer a nadie en Tokio 2020 para escribir un capítulo de la historia del salto triple mundial y otro más del atletismo colombiano.

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Pisó la pista de atletismo del Estadio Olímpico de Tokio y todos sabían quién era. No solo por sus dos podios en Londres (plata) y Río (oro), sino porque su presencia es imposible de ignorar. Pelo rizado en una mediacola y el resto suelto. Si las leonas tuvieran melena, las tendrían como Ibarguen. La cámara no la pierde de vista. Sabe que tiene seducción garantizada: ella sonríe y es contagiosa. Pica el ojo. Saluda con sus manos. Y manda besos. Lo ha hecho siempre, desde sus primeros Olímpicos, en Atenas 2004.

Por eso, y por sus zancadas también, el mundo entero sabe quién es: campeona del mundo en 2013 y 2015; podio en 2011, 2017 y 2019. Primero voleibolista, después atleta de salto alto (especialidad en la que ganó su primera medalla internacional) y luego de salto largo (que sigue practicando con cierta frecuencia). Y, claro, la corona que ganó en 2018 como la mejor atleta del mundo, distinción que otorga la Federación Internacional de Atletismo (World Athletics). La llaman Catalina la Grande, en memoria de la emperatriz rusa que llegó al poder en 1762.

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Queriéndolo o no, Ibarguen es la referente del grupo de atletas colombianos en Tokio 2020. Eso se siente desde la tribuna del Estadio Olímpico de Tokio. Anthony Zambrano, clasificado a las semifinales de los 400 metros, es uno de los que no deja de gritarle antes de que arranque su carrera. Se dice un par de palabras a ella misma, en voz alta. Se le escapa un “hijue...” que no termina de decir y comienza su espectáculo.

Vuela en el aire con tres zancadas. Aterriza sus dos primeros saltos, pero empieza a darse cuenta que no es suficiente. Nacida en Apartadó (Chocó) en 1984, criada por su abuela, alejada de sus padres, lo que templó su carácter. Se acerca a su equipo técnico, que en la gradería empieza a gritarle, tratando de esquivar a los policías japoneses, que en su rectitud y disciplina inquebrantable, miran aterrados los gritos de los entrenadores. Se acerca a ellos siempre y los escucha con la atención de un águila buscando a su presa, a pesar de los parlantes del estadio anuncia a todo volumen la plantilla de los semifinalistas de los 400 metros de vallas.

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Aprovecha para volver a saludar a la cámara. Se lo está gozando. Eso fue lo que se prometió a ella misma, porque sabe que el retiro está cerca. “Me merezco disfrutarlo”, confesó. Sin embargo, eso no es sinónimo de fiesta. No pierde la concentración ni un segundo. Sabe bien que cualquiera de esos tres primeros saltos puede ser el último de su carrera. La duda de si será el final de su carrera la tienen todos. Quizás ella es la única que no. Pero da pocas señales sobre la respuesta.

Su competencia en la final de Tokio 2020 está inalcanzable. Aunque explicó que hace mucho tiempo no se sentía tan bien en acción como en esta oportunidad, sus marcas van dejándola en la parte baja de la clasificación. Patricia Mamoma de Portugal y Ana Peleteiro de España, viejas contrincantes suyas, están finas. Y, claro, Yulimar Rojas, de Venezuela, la estrella de la noche, a quien en la cara se le ve solo un objetivo: romper el récord mundial. Caterine Ibarguen sabe a quién se enfrenta. Prácticamente ha visto el debut y evolución de todas ellas estando en las pistas. Y ninguna tiene un palmarés como el de ella.

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Ibarguen hace su último salto, con la mirada enfocada en acercarse a los 15 metros y así colarse entre las ocho primeras para seguir saltando. Pero se queda en los 14.25. El listado que se proyecta en las dos pantallas del estadio la ubican en el puesto 10. Se vuelve a vestir su sudadera, ahora alejada del público y de sus entrenadores. Los números lo dicen todo. Se cuelga el morral en los hombros. Nadie le tiene que decir que su competencia ha terminado. Trata de salir de la pista, pero un japonés encargado del protocolo, también de rectitud y disciplina inquebrantable, la detiene.

Todavía no es tiempo de salir. Pero ella sabe que sí. Que ha terminado. La gradería no se da cuenta. Yulimar Rojas sigue en la pelea por batir el récord y eso es lo que la gente quiere ver. No el retiro de una Caterine que no estaba plena físicamente pero aún así tenía la ilusión de otra medalla para Colombia. No le alcanzó para saltar tres veces más en sus últimos Olímpicos. Sin embargo, confiesa ella misma, dio lo mejor que tenía, pero no le alcanzó. Lo disfrutó, como se lo había prometido, y deja en el aire su futuro.

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Pero da pistas: va a seguir ligada al deporte. Quiere facilitar que muchos otros como ella puedan convertirse en atletas de alto rendimiento y acompañar a quienes lo están empezando hacer: Anthony Zambrano y Alejandro Perlaza en la velocidad o Mauricio Ortega en el lanzamiento de disco (quien obtuvo un diploma olímpico). Yulimar Rojas, mientras que Ibarguen habla con los periodistas, logra romper el récord y ahora, el de 15,67 lleva su nombre. Nueva marca olímpica y mundial.

Ni decepción. Ni tristeza. Ibarguen mantiene la cabeza en alto, pese a su resultado. Le cuenta a los reporteros que la entrevistan que lo que va a hacer por ahora es disfrutar el momento, compartirlo con su familia y vivir los últimos días en la Villa Olímpica. Mientras se despide de Tokio 2020 y le deja saber al mundo cuál es su siguiente paso, si el salto largo o la gerencia o administración de atletas (tiene un máster en gestión deportiva), en sus audífonos seguramente seguirá sonando el vallenato que la inspiró en Río 2016 para llevarse el oro: “Mi propia historia”. La misma que logró forjar a punta de vuelos en tres zancadas, con el impulso de su pasión.

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