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El fútbol es una constelación de leyendas. En él, como en las grandes narraciones, habitan figuras legendarias y momentos misteriosos, odios antiguos, ilusiones íntimas y fábulas sobre el mundo.
Como una leyenda antigua, el fútbol recorre el mundo de forma oral. De boca a boca. Los mayores narran a los jóvenes un mundo desconocido que antes les fue narrado a ellos mismos. Les hablan de feroces enemistades, de hazañas sobrehumanas y viajes épicos. Les hacen valorar los tiempos dulces por su recuerdo de los amargos, o les devuelven la esperanza manteniendo vivo un pasado glorioso. Con cada narración, el juego se transforma y despega para tomar forma en nuestra imaginación. Con cada partido, el fútbol vive y se cuenta a sí mismo un nuevo cuento.
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La mitología futbolera está repleta de momentos importantes. Cada uno ocupa un bello lugar: las noches de Champions League; la soledad de una liga local; la locura de una copa; la belleza de un partido en el barro; el grito de una afición incansable; la pasión de la Libertadores… Todos son parte de un mito; todos son parte de la grandeza del fútbol.
Dentro de esta historia, ningún escenario se acerca tanto al cielo del fútbol como la Copa del Mundo. El mundial convierte a los jugadores en redentores de una historia nacional, en mártires o héroes eternos. Allí se han logrado gestas que dejaron al mundo sin aliento: es inolvidable la sonrisa de Pelé levantando la copa; el silencio que se hizo en el mundo cuando Alemania arrodilló a Brasil en su casa o la imagen de aquel héroe rebelde que vengó a su país metiendo un gol con la mano.
España ascendió al Olimpo en 2010, venciendo en Sudáfrica a Países Bajos. Y ascendió con un juego que no creíamos que nos correspondiera. Quizás, pensamos, era tarea de alemanes o suizos, de gentes precisas y disciplinadas, llevar al fútbol la geometría y el orden. El fútbol nos enseñó lo equivocados que estábamos. Porque fue España, y quizás tenía que serlo, donde floreció ese estilo cerebral que trajo un genio llamado Johan Cruyff. España se convirtió entonces en el noble estandarte de un juego armónico, bello y ordenado. Un juego que convertía el fútbol en una batalla de conceptos, en un tablero de ajedrez en el que no hay piezas, sino ideas enfrentadas.
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En el Olimpo mundial, España se encontró entre dioses. Allí encontró a Inglaterra y Francia, con su fútbol antiguo; a Argentina y su estirpe de héroes; a Alemania e Italia, con sus recias tradiciones, y a un rey pentacampeón que esperaba herido el regreso de su corona. Paradójicamente, fue la grandeza lo que más nos enseñó la dificultad de ganar.
Ahora, España vuelve a ser campeona regresando como Odiseo a ese estilo que convirtió en su hogar. Su juego se ha demostrado dominador e inevitable. Ha vuelto a ganar con un equipo joven, campeón Olímpico y de Europa, erigiéndose reina del Siglo XXI. Y lo ha hecho en un partido inolvidable, robando a Messi la estrella que buscó en su última batalla.
España tiene ahora un nuevo grupo de héroes inolvidables. Cuenta, entre ellos, con el entrenador más grande de su historia; con un capitán convertido en la encarnación de su fútbol y un chico de Rocafonda que hace temblar la historia. Ellos, y muchos más, son ahora portadores de una identidad, soldados de un fútbol que no se limita a una generación.
En el futuro son muchos quienes narrarán su gesta, quienes narrarán que España movía el balón tan rápido que hubo que esperar tres torneos para quitarle la pelota. Habrá países aburridos de que España gane, jóvenes que crecerán asumiendo su grandeza y viejos que no terminarán de asumirla. La huella de España es ya imborrable.
Con la segunda estrella, España ha retado a las divinidades que dominaban el Olimpo del fútbol. La vigencia española es incómoda, una amenaza a gigantes como Brasil o Italia, cuyas hazañas van quedando relegadas al recuerdo. España ha dejado de ser un semidiós rebelde para convertirse en un titán. Ha dejado de ser una gran generación para convertirse en un fútbol.
España ha cambiado la historia, y en el Olimpo temen su poder.
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