Opinión

El debate de la desigualdad

La discusión sobre cómo distribuir mejor los ingresos y la riqueza es una de las prioridades en la economía colombiana, pues este es un punto fundamental para impulsar la expansión de la clase media, estimular la demanda y el consumo, y cerrarles el paso a los discursos radicales de derecha e izquierda.

La inequidad es uno de los problemas centrales de la economía colombiana.Getty Images

Al igual que con la política fiscal, uno de los puntos de la economía nacional que requieren más atención actualmente es la discusión acerca de la desigualdad y la distribución de los ingresos y la riqueza.

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Tal como argumentamos en la primera entrega de esta serie de análisis, independiente de quién sea el ganador de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, este es un tema que merece trabajo de forma prioritaria por parte del próximo presidente.

Hoy, los debates sobre desigualdad en la distribución del ingreso y la riqueza son centrales al capitalismo, tanto en economías desarrolladas, como en emergentes. No siempre ha sido así. Hace medio siglo, con el telón de fondo de la Guerra Fría, hablar de desigualdad dentro del capitalismo era un equivalente directo de hacer apologías a la cortina de hierro y al antiguo bloque soviético.

Este contexto histórico probablemente explica por qué los estudios sobre desigualdad no fueron un asunto central en la economía durante la segunda mitad del siglo XX y sólo hasta el nuevo milenio han reaparecido con fuerza en la literatura académica y se han vuelto relevantes en el interior de organismos como la ONU o el Foro Económico de Davos.

Incluso en el caso colombiano, durante las pasadas elecciones parlamentarias el tema de la desigualdad llegó a estar en el eje de la campaña de candidatos que no se ubican propiamente en la izquierda del espectro político, como el caso del senador Armando Benedetti.

Esto sirve para establecer un pilar del debate más adulto, sano y racional: subrayar la existencia de la desigualdad en sus diferentes dimensiones no implica estar de acuerdo con la igualdad absoluta, ni tampoco pensar en la aniquilación de los incentivos del mercado o la propiedad privada.

Hablar de la desigualdad pasa por múltiples dimensiones, como la desigualdad del ingreso, de la riqueza y de oportunidades de acceso a educación y derechos sociales.

Para el caso de Colombia, la desigualdad del ingreso medida por el coeficiente Gini en 2016 (un número entre cero y uno, siendo uno concentración absoluta) era cercana a 0,51, mientras que para el mismo año, según datos del Banco Mundial, países como Argentina y Bolivia registraron 0,42 y 0,44, respectivamente.

En palabras más sencillas, entre más se acerque a uno el índice, la porción de la torta para unos pocos es más grande y lo que sobra es para el resto de la población. Para el caso de tierras, el Gini en Colombia se acerca al 0,9 (una concentración alarmante). Si el asunto se mira por percentiles, el top 1 % de los más ricos captura cerca del 20 % de los ingresos en el país.

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Claramente, el caso de Colombia es preocupante, pues es una bomba de tiempo que requiere atención detenida. Ahora, es irreal pensar en un índice Gini por debajo de 0,15, pero países como Bélgica, por ejemplo, logran datos de 0,27.

Para muchos, la desigualdad no es un problema primordial, sobre todo para los economistas más fundamentalistas en su defensa del mercado, para quienes las políticas redistributivas son vistas en muchos casos como una grave estocada al buen funcionamiento de un sistema que se debe corregir a sí mismo.

Este, además de ser uno de los debates centrales en la economía colombiana, también es uno de los puntos que más tiende a diferenciar los enfoques económicos de Iván Duque y Gustavo Petro. Esto, a su vez, se evidencia en las diferencias que separan las orillas del análisis económico desde la academia, como también se analizó en la primera entrega de estos análisis de cara a la segunda vuelta.

Para Duque, los altos niveles de desigualdad parecieran ser un problema secundario, a la luz de sus políticas tributarias que favorecen la concentración del ingreso y se edifican en el paradigma de la teoría del goteo, muy popular entre los académicos que más defienden el mercado y abogan por menor intervención del Estado: si a los espectros más altos de la sociedad les va bien, entonces la riqueza caerá por fuerza de la “gravedad” hacia el resto de capas.

De cierta forma, bajo este argumento se justifican las reducciones en las cargas a las empresas con la idea de impulsar la creación de empleo y un mayor beneficio para toda la sociedad, no obstante, esta perspectiva deja de lado la desigualdad.

Para encontrar evidencia de la aplicación de estas políticas no hay que ir muy lejos, pues en las últimas dos décadas se tomaron medidas de este corte, como las generosas gabelas tributarias a la inversión extranjera y la flexibilización del pago de horas extra a los trabajadores. Claramente, el candidato del Centro Democrático es la continuidad del modelo vigente.

Por los lados de Petro, en su discurso, la desigualdad es un tema central. Propuestas como impuestos a las tierras improductivas y mayor exigencia de tributación a los grandes capitales financieros son fórmulas que han probado ser correctas para mejorar la distribución.

Sin embargo, no son soluciones mágicas, pues requieren buscar un consenso entre todos los actores involucrados para que este tipo de políticas se den paulatinamente.

Buscar acuerdos sobre estos puntos contribuye a mandar un mensaje claro y necesario: ni la riqueza ni los ingresos de ningún colombiano van a disminuir, simplemente deben crecer a ritmos diferentes para lograr un mejor equilibrio redistributivo que nos mantenga, como país, en una senda de crecimiento con mayor igualdad y consolidación de una clase media real, menos vulnerable y dependiente en el crédito de consumo.

En Colombia, los altos niveles de desigualdad son peligrosos, pues crean flaquezas en el sistema productivo y las condiciones laborales, lo que también puede impactar muy fuertemente la demanda y el consumo, entre otros factores. La profundización de la desigualdad puede, incluso, vulnerar la democracia mediante la radicalización de las posiciones políticas, bien sean de izquierda o de derecha. Y, en nuestro país, tenemos 50 años de conocimiento sobre cómo se ve este escenario.

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Está en las manos del próximo presidente actuar en este escenario y entender que los debates por una mejor distribución son esenciales en el capitalismo del siglo XXI y urgentes en el país, si de verdad queremos impulsar el desarrollo económico en todos los niveles.

* Profesor Escuela de Economía. Universidad Nacional.

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