
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Hay semanas en las que el precio del petróleo se mueve. Y hay otras en las que reordena toda la conversación económica.
Esta es una de esas.
El Brent pasó de 61 dólares en enero a más de 112 esta semana. En cuestión de días rompió la barrera de los 100 y se instaló en niveles que no se veían desde 2022. Detrás no hay misterio: guerra en Irán, ataques a infraestructura energética y un estrecho de Ormuz prácticamente fuera de juego, por donde suele transitar cerca de una quinta parte del crudo global.
El impacto cruzó rápido el Atlántico. En Estados Unidos, la gasolina subió de 3,01 a 3,72 dólares por galón en apenas dos semanas, según la Administración de Información Energética (EIA, por sus siglas en inglés). El diésel ya ronda los 5 dólares. Para los estándares del país, es un salto brusco. Y sensible, pues supone un alza de 23 % desde principios de este mes.
La economía venía de otro momento. Inflación a la baja, consumo estable y una expectativa, todavía reciente, de que la Reserva Federal empezara a recortar tasas en el año. Ese guion empezó a desarmarse en marzo, pese a que en su última reunión decidió mantener la tasa de referencia en el rango de 3,50 % a 3,75 %, nivel en el que ya la había dejado en su reunión anterior.
La Fed reconoció que “las implicaciones de los acontecimientos en Oriente Medio para la economía estadounidense son inciertas”, una advertencia que llegó mientras el mercado seguía de cerca el salto de los precios de la energía y su posible traslado al costo de vida.
“A corto plazo, el aumento de los precios de la energía hará que suba la inflación general”, estimó durante una rueda de prensa el jefe de la Fed, Jerome Powell.
La inflación de febrero marcó 2,4 % anual; en el mensual, subió 0,3 % después del incremento de 0,2 % en enero. A simple vista, una cifra manejable. Pero el dato quedó desfasado frente al nuevo precio de la energía. La gasolina había caído en términos interanuales, sí, aunque el rebote de marzo cambia el tono. Energía ya mostraba un aumento mensual de 0,5 %, mientras los alimentos seguían en 3,1 %.
El petróleo empuja todo. Transporte, costos industriales, logística. No se siente completo el primer mes, pero termina filtrándose.
Washington reaccionó. Y lo hizo con giros que hace poco eran impensables.
Primero, alivió las restricciones sobre el petróleo ruso. Una licencia temporal abrió la puerta a cerca de 130 millones de barriles que estaban represados en el mar. Días después, avanzó en la misma dirección con Irán, con la posibilidad de liberar otros 140 millones.
También ha acelerado la puerta a inversiones en Venezuela para sacar crudo directo a los puertos estadounidenses, todo con el objetivo de aumentar la oferta para enfriar precios.
Y es que hace unos meses, la presión sobre esos mismos países era parte central de la política exterior. Ahora, el objetivo inmediato es otro: que la gasolina no siga subiendo en las estaciones de servicio.
También entró en juego la Reserva Estratégica de Petróleo. Estados Unidos acordó liberaciones adicionales junto con países del G7 y activó medidas internas para facilitar el transporte de combustibles. Incluso evalúa flexibilizar normas marítimas para mover energía entre puertos con mayor rapidez.
Nada de eso cambia el origen del problema. El mercado sigue pendiente de Ormuz, de los ataques y de cualquier señal de escalada.
El movimiento del Brent en marzo fue de los más violentos de los últimos años. A finales de febrero estaba en 71 dólares. El 6 de marzo rozaba 96. El 12 ya superaba los 100. Y el 18 llegó a 111 tras nuevos ataques sobre activos energéticos.
Quince días.
Ese ritmo dejó atrás las proyecciones con las que arrancó el año. El Fondo Monetario Internacional trabajaba con un petróleo en torno a 65,8 dólares para 2026. Hoy el piso luce más cerca de 85 o 90, con picos por encima de 110 cada vez que sube la tensión. Arabia Saudita estima que subirá más, hasta los 180 dólares a mediados de mayo.
Colombia, por ejemplo, proyectó en su Plan Financiero un precio muy a la baja del Brent: apenas 59 dólares, mientras Fedesarrollo subió la vara a 79.
La volatilidad del crudo es la señal de un mercado sin ancla clara.
La Reserva Federal queda en el medio. Antes de este episodio, el mercado apostaba por dos recortes de tasas en 2026. Ahora la expectativa se reduce. Uno, con dudas. Ninguno, si la presión inflacionaria se mantiene.
“Es demasiado pronto para determinar la magnitud y la duración de los posibles efectos (del conflicto) sobre la economía”, indicó Powell.
El dilema es conocido, pero esta vez aparece más rápido. Si la energía sigue al alza, bajar tasas se vuelve riesgoso. Mantenerlas altas enfría la economía en un momento en el que el crecimiento ya venía perdiendo fuerza —el cuarto trimestre de 2025 se revisó a 0,7 %—.
Algunos cálculos ya circulan. Desde el FMI advierten que un aumento sostenido del petróleo puede sumar hasta 60 puntos básicos a la inflación global y recortar el crecimiento en unas décimas. En bancos como Goldman Sachs, la lectura va en la misma línea: más inflación, menos dinamismo y un mercado laboral que podría empezar a ceder hacia finales de año.
De este modo, queda claro que el precio de la gasolina en Estados Unidos es un termómetro cotidiano. Cada aumento se siente en tiempo real y tiene un efecto directo en la percepción sobre el gobierno de turno. Un frente político al más puro estilo del mercado.
Por eso los “timonazos” de levantar sanciones, liberar reservas, abrir espacio a más producción incluso en países con los que hay tensiones abiertas. La prioridad se desplaza y la seguridad energética vuelve a imponerse.
💰📈💱 ¿Ya se enteró de las últimas noticias económicas? Lo invitamos a verlas en El Espectador.