Perfil y trayectoria

Los técnicos detrás de la ejecución de la política vial en Colombia

Carlos García, Juan Esteban Gil y Manuel Gutiérrez son bien conocidos por liderar los equipos de trabajo que tienen a cargo el mejoramiento y la operación de los corredores viales del país. El Espectador le cuenta quiénes son y cómo llegaron a convertirse en las banderas del sector de transporte e infraestructura de este Gobierno.

Carlos García, Manuel Gutiérrez y Juan Esteban Gil (izq. a der.). / Óscar Pérez - El Espectador

Manuel Felipe Gutiérrez Torres, presidente de la ANI

Manuel Gutiérrez llegó al sector por casualidad, como sucede con muchas cosas en la vida. En su primer pregrado, el de economía en la Universidad de los Andes, atendió la sugerencia de hacer su trabajo de tesis sobre concesiones viales con un poco más de veinte años y el apoyo del ingeniero Juan Benavides, como director, una de las personas que más conoce del tema en el país. El asunto lo atrapó tanto que en su siguiente pregrado, en derecho, en la misma universidad, también hizo su tesis en concesiones; lo mismo en su maestría en derecho, también en los Andes. “Me he ido especializando mucho más”.

El sector ha sido su vida. Comenzó trabajando como asistente en la Cámara Colombiana de la Infraestructura (CCI) en 2010, de donde pasó al INCO, hoy la ANI. Más tarde llegó a la Fundación para la Educación Superior y el Desarrollo (Fedesarrollo), allí fue miembro de la Secretaría Jurídica de la Comisión Presidencial de Infraestructura en 2011. “Casualmente terminé teniendo que ver con la Ley 1508 y aprendí un montón, porque fue un ejercicio que se hizo en conjunto con los ministros”; fruto de las reuniones y recomendaciones que allí se hicieron se promulgó la Ley 1682, también conocida como Ley de Infraestructura.

A este Gobierno se vinculó desde antes de que el presidente Iván Duque tomara posesión. Trabajó para la hoy vicepresidenta de la república, Marta Lucía Ramírez, en la construcción del programa de gobierno en el frente de infraestructura y participó en el empalme por cambio de administración. “Yo no soy político, pero revisé el tema con mucho gusto”, cuenta. Su manejo del tema fue tan destacable que le propusieron quedarse como viceministro de infraestructura del Ministerio de Transporte, y aceptó.

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Hoy se atribuyen a su gestión el impulso a los proyectos de infraestructura para transporte financiados con regalías, reducción en los tiempos de toma de decisiones, priorización de proyectos retrasados como el Túnel de la Línea, estructuración de obras claves como la de navegación por el río Magdalena, la recuperación y puesta en servicio de las líneas férreas, la reactivación de las concesiones viales de cuarta generación (4G) y el manejo de la emergencia por el derrumbe que obligó a cerrar la vía Bogotá-Villavicencio durante tres meses. Sobre este último dijo que “fue el desafío más grande que se ha presentado en muchos años en el país desde la situación de Quebrada Blanca (1974)”. La molestia por los insultos, el desespero de la gente y hasta la presión de su propia familia, que es oriunda de Villavicencio y aún vive ahí, pasaron a un segundo plano cuando logró poner en servicio el corredor. “Que los transportadores recuperaran la movilidad y los negocios son las cosas que hacen que valga la pena; lo importante es ayudar a la gente”, comenta.

Su fórmula para manejar tales retos es hacer ejercicio y meditar sin falta cada día; el primero hace parte de su rutina desde su juventud, el segundo fue un hábito que adquirió hace cinco años y que describe como una forma de volver a encontrarse, tener centro y ser equilibrado; “hay que hacerlo, si no el estrés sale por otro lado y uno explota; eso en estos cargos es muy complejo, es de las cosas más difíciles, porque hay mucha presión, mucho ruido alrededor y meditando uno logra callar tanto ruido y enfocarse en lo que es importante”. También es un lector acérrimo y un amante del café. Se levanta a las 4:00 de la mañana a consultar todos los periódicos nacionales y algunos regionales, además carga con una maleta con al menos tres libros de historia y economía, “acá se burlan porque yo leo cosas que nadie leería; para mí es un espacio de disfrute”. Acompaña sus jornadas con una prensa francesa que lo espera en su oficina, “me puedo tomar hasta tres jarras de café al día”, revela; de hecho, su souvenir favorito es una bolsa de café de la región que visite, pero una grande, y aun así pocas veces le dura más de una semana; “es el único regalo que me dan que realmente me quedo”.

Hace unos meses, tras posesionarse como presidente de la ANI luego de la salida de Louis Klein, se fue a recorrer el Canal del Dique por ser una de las obras que estructura la entidad. Según dice, es hoy por hoy el proyecto “más apasionante y bonito” que tiene el país, a pesar de que el canal se construyó hace varios siglos para conectar Cartagena con el río Magdalena. “Lo que pensamos hacer le puede cambiar la vida a mucha gente. Es conectar el país y, como yo lo veo, eso no lo puedes hacer en otros sitios, eso es lo que a mí me gusta de la infraestructura”. Desde este nuevo cargo debe asumir los retos de terminar con las 4G para empezar con las concesiones de quinta generación (5G), darle solidez institucional a la Agencia y recuperar su nombre; “eso se perdió un poco con lo que pasó con Odebrecht”.

Esta asociación le ha traído además muchas preocupaciones, entre ellas la posibilidad de que le abran una investigación. “Es algo que me trasnocha y me asusta en este cargo más que en otros por todos los antecedentes (haciendo referencia a la situación de Luis Fernando Andrade); incluso me ha generado problemas familiares complejos, porque no es tan fácil entender por qué uno deja la comodidad del sector privado para meterse a una situación tan riesgosa, pero creo que es porque uno tiene que construir país. Si uno que quiere dar la pelea y ayudar, no lo hace; deja espacio para que gente que tiene otros intereses lo pueda hacer, es un tema de apropiarse”.

Pero no es lo único que viene con el cargo, también le ha implicado compartir menos tiempo con su familia, aunque siempre han sido una prioridad. “Me da mucha angustia que pase el tiempo y no vea crecer a mi hija, cada vez que tengo tiempo es para ella y para mi esposa, para disfrutar las pequeñas cosas que hacen la vida”. Gutiérrez es consciente de su responsabilidad y lo comenta con insistencia: “Acá uno tiene que tratar de estar a la altura del cargo y sus exigencias; esa es mi lucha de todos los días”.

Hoy no se imagina en otro sector, aunque es flexible ante las oportunidades de la vida: “Pude haber trabajado en derechos humanos, pero el tema de las concesiones me pareció muy interesante, terminé metido en esto y lo he disfrutado mucho; me apasiona lo que uno puede llegar a hacer”. Lo que tiene claro es que no seguirá como funcionario público: “Yo me voy a devolver al sector privado y desde ahí uno puede contribuir mucho; estoy en el sector público por este gobierno. Estoy muy agradecido y me ha gustado muchísimo, pero me devuelvo al que es mi lugar, mi nicho”. También aspira volver a dar clases, un tema al que se dedicó por siete años en diferentes instituciones privadas, pero suspendió por falta de tiempo; “lo disfruté mucho y me dolió renunciar a ello. En la academia están las ideas, la gente que quiere cambiar las cosas, la gente que todavía sueña; la universidad es lo más bonito que hay, si uno se gana el corazón de los alumnos puede tocar vidas”.

Juan Esteban Gil Chavarría, director del Invías

Juan Estaban Gil fue practicante en el Instituto Nacional de Vías (Invías) hace más de diez años, ahora ocupa el cargo más alto en la entidad: el de director. Cuando se posesionó, a mediados de 2018, se hizo el propósito de modernizar la infraestructura del país desde las bases; es decir, desde la administración misma. Su primera decisión no solo es reflejo de la forma en que organiza sus prioridades, sino que además le valió el aprecio, respeto y cariño de los funcionarios, que respaldan sus esfuerzos por hacer que la entidad recupere su importancia.

“El Invías era lo más grande que tenía el país, llegaba a todas las regiones, era el generador de inversión social del Estado en infraestructura, hacía carreteras pequeñitas y grandes obras, estructuró las concesiones de primera generación. Pero cuando comenzamos a trabajar vimos que la entidad estaba caída y que se había quedado sin plata, porque se había creado una entidad aparte para manejar las concesiones y tenía prioridad en el presupuesto de inversión del sector. La mayoría de las 1.500 personas que trabajan acá vivieron ese proceso y estaban desmotivadas, porque era muy difícil recoger a la entidad de ahí”, recuerda el directivo.

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Muestra de este periodo de ocaso para el Invías eran los continuos recortes presupuestales. En papeles era evidente que la entidad pasaría de una asignación de $2 billones en 2019 a $317.000 millones en 2020. La gestión de Gil y su equipo ante el Congreso de la República le permitió conseguir $2 billones adicionales para este año, una suma que prevén invertir eficientemente en los proyectos a su cargo que habían quedado en tres puntos: las vías terciarias, el mejoramiento de los muelles, el Túnel de la Línea y el puente Pumarejo, por mencionar algunos. Y el trabajo no para, pues continuamente buscan nuevas fuentes de financiamiento para seguir conectando al país, incluso con las ajustadas finanzas públicas.

Pero las reformas también fueron internas. En mayo de 2019, Gil anunció que la sede principal del Invías se trasladaría a un moderno edificio al occidente de Bogotá. Años atrás a la entidad le habían interpuesto una tutela por operar desde una estructura que había comenzado a hundirse hacia un costado y por el riesgo que esto implicaba. La decisión se había pospuesto varias veces. El director no solo lo resolvió, sino que le ahorro unos $50.000 millones al Estado en el proceso. “Hay que transformar la infraestructura desde lo esencial, no solo haciendo pavimentos, puentes y túneles, sino desde la administración”, argumenta.

Y no solo se trata de nuevas oficinas, pues paralelamente se saneaban cuentas, se hacían actualizaciones técnicas, se revisaba la normativa, se capacitaba a los funcionarios y se les involucraba en gestión social; “todo para que los trabajadores se sientan bien, respetados, recuperen su dignidad y empecemos a generar más productividad”, dijo Gil. Esto no solo repercutiría en los proyectos, sino en un valor que es prioritario para el instituto: la confianza; “necesitamos un sector con credibilidad, totalmente transparente, a pesar de todos los fenómenos que han ocurrido, estamos cansados de la politiquería y la corrupción en este sector”.

Gil tiene un liderazgo innato que viene de su juventud, del trabajo con comunidades estudiantiles, además de una inquietud por el conocimiento que se refleja en dos maestrías y una especialización, así como en sus espacios de ocio: “Me gusta leer, ahora estoy muy enfocado en la lectura especializada, porque nos hemos metido en tantos temas nuevos que tenemos que estar a la vanguardia en las vías nacionales y traer a Colombia los telepeajes, los sistemas inteligentes de transporte…”, explica.

El actual director empezó en el sector transporte en 2003, cuando su profesor Andrés Uriel Gallego le propuso trabajar con él mientras hacía su maestría en Bogotá. “Él fue mi maestro de vida”, refiere. Desde entonces ha pasado por el Ministerio de Transporte, el Invías y la Agencia Nacional de Infraestructura (ANI) y ha ayudado a estructurar decenas de políticas y proyectos, siempre como técnico. “La infraestructura es el tema que me apasiona, me vine a esta entidad porque creo que hay mucho que trabajarle a este sector, estoy donde quiero y donde creo que debo estar. Desde acá gestionamos toda la inversión social, que es lo más importante; beneficiar a una comunidad lo vale todo, hay una gran satisfacción en trabajar por la gente”, dice.

Pero no habría descubierto su vocación de no ser por un espíritu curioso que lo llevó a recorrer el país, primero como estudiante universitario, luego como funcionario público, con el fin de conocer las necesidades de la población alrededor de cada proyecto. Así llegó hasta Mocoa, el alto Putumayo y La Uribe en Meta, entre otras zonas recónditas adonde la mayoría no aceptaba viajar. “Íbamos en una Trooper modelo 90. Yo quería conocer el país y transmitirle al ministro cómo eran las vías a donde él no podía llegar; llegué a conocer las carreteras mejor que los directores y eso nos ayudó a gestar proyectos importantes; incluso hoy avanzamos en estructuraciones que vienen de esa época”, señala Gil.

Este año, el director espera ver culminado un proyecto en el que participó en 2007 y que se le ha vuelto una obsesión: el Túnel de la Línea. Viaja mínimo cada quince días a “ponerle los ojos encima al contratista y velar porque cumpla”, pues lo considera la obra más importante del país por su complejidad y los beneficios que traerá. “Hoy no tengo aspiración diferente que sacar la entidad adelante y estaré acá hasta que Dios quiera, dándolo todo, no tengo otra aspiración”, concluyó.

Carlos Alberto García Montes, vicepresidente de la ANI

El coequipero de Manuel Gutiérrez hoy por hoy es otro funcionario destacado que, a diferencia del presidente, ha dedicado su vida al sector público. Se trata de Carlos García, ingeniero civil de la Universidad Nacional con especialización en planeación urbana regional. Comenzó en la Secretaría de Planeación de Manizales, de donde es oriundo, también fue secretario en el municipio y asesor en otras tres entidades. Llegó al sector hace más de ocho años de la mano de Germán Cardona, dos veces alcalde de la capital de Caldas y en ese momento ministro de Transporte, quien lo nombró subdirector de la red nacional de carreteras del Instituto Nacional de Vías (Invías).

El otro año cumplirá tres décadas como funcionario público y ya es un experto en manejar el riesgo cuando de compromisos se trata. “Cuando yo llegué era jovencito, tenía unos 23 años, me tocaba ponerme más edad”, recuerda entre risas. A diferencia de sus pares, no le preocupa el sector gobierno, sabe cómo manejarlo, ha construido un nombre, es el experto en vías por antonomasia. Para García la clave está en alejarse de los partidos políticos: “Yo no pertenezco a ninguno, hay que evitar la contaminación de temas, sobre todo cuando se maneja tanto dinero”, señaló, haciendo referencia a los $7 billones anuales del presupuesto de transporte. Y aunque tiene un par de investigaciones que califica como pequeñas y que supo manejar para que no derivaran en un escándalo, se siente tranquilo frente a las decisiones que ha tomado. “No he tenido mayores dificultades, pero seguramente saldrán otras investigaciones porque eso hace parte de la dinámica del sector”.

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Uno de sus mayores retos en la ANI, adonde llegó como vicepresidente en septiembre del año pasado, es destrabar el programa de cuarta generación de concesiones viales (4G). “Unos proyectos iban muy bien, pero la mayoría tenían algunas dificultades; ahora nos toca garantizar la ejecución y terminación”, comenta García, quien conoce la política desde sus orígenes, pues era viceministro de Infraestructura cuando se diseñó, pero cree que el país no ha dimensionado su importancia: “Las 4G tienen alrededor de 169 unidades funcionales con un costo de entre $100.000 millones y $1 billón; cada una es prácticamente un proyecto. En este gobierno se entregarán la mayoría, con lo que el país tendrá un desarrollo impresionante”.

García ha participado en innumerables políticas en pro del sector, desde la estructuración de un programa para financiar sistemas de transporte municipales y la estrategia Caminos para la Prosperidad, que benefició más de cuarenta corredores regionales, hasta Vías para la Equidad, que “fue una oportunidad maravillosa de poder contribuir al país con mi trabajo y mi experiencia profesional”, aseguró. Para él, los proyectos más importantes no solo son los más grandes, sino también los que transforman las comunidades: “Los que más me atraen son los de las zonas más marginadas o con mayores dificultades, donde no se puede concesionar una carretera porque el tráfico no da, pero uno sabe que la gente lo necesita, que es un cambio que los acerca”.

Uno de los aportes que más se le reconocen es darles voz y voto a las comunidades, que históricamente han sido vistas como una traba al desarrollo de las obras, pero para él son garantes que ayudan a minimizar el riesgo y los problemas, porque exigen procesos transparentes, como pudo comprobar por primera vez en 1999, cuando participó en la reconstrucción del Eje Cafetero. García es un asiduo defensor de las veedurías ciudadanas y hoy cree que facilitaron la toma de grandes decisiones de proyectos con retrasos como el Túnel de la Línea, el puente Pumarejo, la Ruta del Sol y la vía Bogotá-Villavicencio, por mencionar algunas “en función del beneficio general”.

Quizá lo que más sorprende del ingeniero es que tiene el estado vial del país en la cabeza. “Conozco los proyectos, los municipios, las carreteras, los kilometrajes… Y estar metido con las comunidades le facilita a uno hablar del tema, porque desde Bogotá uno no se entera de los problemas”, asegura. Todo comenzó en el Ministerio de Transporte, cuando lo agobiaban hablando de vías que no conocía. “Ellos empezaban a hablar de una vía y yo solo veía una línea en un mapa. Eso me desesperaba, era asfixiante para mí; yo tenía que conocer para ser capaz de solucionar los problemas y empecé a salir a ver”, cuenta. Se dedicó seis meses de lleno a viajar por tierra; “eso me permitió conocer toda la red nacional y me dio mucho poder de decisión”, asegura. Pero llegar a ese grado de conocimiento le significó ir en contra de quienes le advertían los peligros de viajar a algunas zonas en medio de tantos problemas de orden público; aun así se fue solo a San Vicente del Caguán, Ipiales, Tumaco, Quibdó y muchos otros municipios; nunca le pasó nada, aunque tuvo unos cuantos sustos.

Y seguirá construyendo desde lo público, que es lo que le apasiona, a pesar de que las exigencias de los altos cargos del gobierno le produjeron un infarto hace apenas cuatro años. Lo cierto es que encontró herramientas para manejar el estrés y ahora cuida más de sí mismo, así que espera poder presenciar la entrega de muchos otros proyectos. Una de las habilidades de García es que ha prevalecido en el tiempo a pesar de los cambios de gobierno, hasta el punto de que alguna vez un amigo bromeó diciendo que tenía su cargo escriturado en notaría y un tercero se lo creyó. Su explicación respecto al porqué de la fama es más simple: “Es tratar de hacer bien el trabajo y lograrlo; y no deberle nada a ningún político”.

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Paula Delgado Gómez - @PaulaDelG

Economía

Los técnicos detrás de la ejecución de la política vial en Colombia

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