¿Por qué nadie parece confiar en los economistas?

Noticias destacadas de Economía

Fragmento del primer capítulo de ‘Buena economía para tiempos difíciles’, el más reciente libro de los premios Nobel en Economía Abhijit V. Banerjee y Esther Duflo, en el que los autores intentan responder a la pregunta de “¿qué nos dice la mejor economía actual de los problemas fundamentales contra los que lucha nuestra sociedad?”.

Escribimos este libro para mantener la esperanza. Para contarnos a nosotros mismos la historia de lo que salió mal y por qué, pero además como un recordatorio de todo lo que ha salido bien. Un libro sobre los problemas de nuestro mundo, pero también sobre la manera en que este puede recomponerse, siempre que hagamos un diagnóstico honesto. Un libro sobre en qué han fallado las políticas económicas, cuándo nos ha cegado la ideología, en qué momento hemos ignorado lo obvio, pero también sobre dónde y por qué la buena economía es útil, especialmente en la actualidad.

Lea también: Las promociones no son buenas para todos

Vivimos en una época de polarización creciente. De Hungría a India, de Filipinas a Estados Unidos, de Reino Unido a Brasil, de Indonesia a Italia, el debate público entre la izquierda y la derecha se ha vuelto cada vez más un ruidoso intercambio de insultos, en el que las palabras estridentes, usadas de manera gratuita, dejan muy poco espacio a los cambios de opinión. En Estados Unidos, donde vivimos y trabajamos, el voto a diferentes partidos en unas mismas elecciones está en el nivel más bajo desde que hay registros. El 81 por ciento de quienes se identifican con un partido tiene una opinión negativa del otro. El 61 por ciento de los demócratas dice que considera que los republicanos son racistas, sexistas e intolerantes. El 54 por ciento de los republicanos llama despreciables a los demócratas. Un tercio de los estadounidenses se sentiría decepcionado si un familiar cercano se casara con alguien del otro bando.

En Francia e India, los otros dos países en los que pasamos mucho tiempo, el auge de la derecha política se discute, en el mundo de élite «ilustrado» y liberal en el que vivimos, en términos cada vez más apocalípticos. Hay un claro sentimiento de que la civilización tal como la conocemos, basada en la democracia y el debate, se encuentra amenazada.

Como científicos sociales, nuestro trabajo es proporcionar hechos e interpretaciones de hechos con la esperanza de que puedan ayudar a mediar en esas divisiones, a que cada bando entienda lo que dice el otro, y de este modo llegar a un desacuerdo razonado, si no a un consenso. La democracia puede coexistir con las discrepancias, siempre que los dos lados se respeten. Pero el respeto requiere cierta comprensión.

Lo que hace que la situación actual sea particularmente preocupante es que el espacio para ese debate parece estar reduciéndose. Parece que hay una «tribalización» de las opiniones, no solo sobre política, sino sobre cuáles son los principales problemas sociales y qué hacer con ellos. Una encuesta a gran escala descubrió que las opiniones de los estadounidenses sobre una amplia variedad de asuntos se agrupaban como racimos de uva. Las personas que comparten algunas creencias centrales, por ejemplo, sobre los roles de género o si el trabajo duro siempre conduce al éxito, parecen tener las mismas opiniones sobre una serie de asuntos, de la inmigración al comercio, de la desigualdad a los impuestos o el papel del Gobierno. Estas creencias centrales son mejores predictores de sus opiniones políticas que sus ingresos, su grupo demográfico o dónde viven.

En cierto sentido, estos asuntos ocupan un lugar destacado en el discurso político, y no solo en Estados Unidos. La inmigración, el comercio, los impuestos y el papel del Gobierno son igualmente cuestionados en Europa, India, Sudáfrica o Vietnam. Pero con demasiada frecuencia las opiniones sobre ellos se basan por completo en la afirmación de unos valores personales específicos («Estoy a favor de la inmigración porque soy una persona generosa», «Estoy en contra de la inmigración porque los migrantes amenazan nuestra identidad como nación»). Y cuando algo reafirma estos puntos de vista, es a través de cifras ficticias y de una lectura de los hechos muy simplista. En realidad, nadie piensa demasiado en los problemas en sí.

Esto es bastante desastroso, porque parece que hemos caído en tiempos difíciles. Los prósperos años de crecimiento global, alimentados por la expansión del comercio y el extraordinario éxito económico de China, pueden haberse acabado, entre la desaceleración del crecimiento de China y las guerras comerciales que se desatan en todas partes. Los países que progresaron con esa corriente de desarrollo —en Asia, África y América Latina— empiezan a preguntarse qué será lo próximo para ellos. Por supuesto, en la mayoría de las naciones del Occidente rico a estas alturas el crecimiento lento no es nada nuevo, pero lo que hace particularmente preocupante la situación es la rápida descomposición del contrato social que observamos en todos esos países. Parece que hemos regresado al mundo dickensiano de Tiempos difíciles, con los ricos enfrentándose a unos pobres cada vez más alienados, sin una solución a la vista.

En la crisis actual, las preguntas sobre economía y políticas económicas son centrales. ¿Se puede hacer algo para estimular el crecimiento? ¿Debería ser eso siquiera una prioridad en el Occidente rico? ¿Y qué más? ¿Qué pasa con el rápido incremento de la desigualdad en todas partes? El comercio internacional, ¿es el problema o la solución? ¿Cuáles son sus efectos en la desigualdad? ¿Cuál es el futuro del comercio? ¿Pueden los países con costes laborales más baratos llevarse la manufactura global de China? ¿Y qué ocurre con la migración? ¿Hay realmente demasiada migración poco cualificada? ¿Y las nuevas tecnologías? Por ejemplo, ¿deberíamos preocuparnos por el auge de la inteligencia artificial (IA) o celebrarla? Y, tal vez lo más urgente, ¿cómo puede ayudar la sociedad a todas esas personas a las que los mercados han dejado atrás?

Lea también: En próximo día sin IVA se estudia que ciertos bienes solo se puedan vender en línea

Las respuestas a estos problemas no caben en un tuit. De modo que existe el impulso de simplemente rehuirlos. Y, en parte, como resultado, los países están haciendo muy poco para solucionar los desafíos más urgentes de nuestro tiempo; continúan alimentando la rabia y la desconfianza que nos polarizan, lo cual hace que seamos aún más incapaces de hablar, de pensar juntos, de hacer algo al respecto. Con frecuencia parece un círculo vicioso.

Los economistas tienen mucho que decir sobre estos grandes problemas. Estudian la inmigración, para ver cómo influye en los salarios; los impuestos, para determinar si desincentivan el emprendimiento; la redistribución, para averiguar si fomenta la pereza. Piensan sobre lo que ocurre cuando los países comercian, y cuentan con predicciones útiles para saber quiénes podrían ser los ganadores y los perdedores. Han trabajado mucho para comprender por qué algunos países crecen y otros no, y qué pueden hacer los gobiernos para ayudar, si es que pueden hacer algo. Recopilan datos sobre qué hace que la gente sea generosa o recelosa, qué hace que una persona deje su casa por un lugar desconocido, cómo las redes sociales se aprovechan de nuestros prejuicios.

Resulta que lo que la investigación más reciente tiene que decir es a menudo sorprendente, sobre todo para quienes están habituados a las respuestas trilladas de los «economistas» de la televisión y los libros de texto de instituto, y puede proporcionar nuevos puntos de vista en estos debates.

Por desgracia, muy poca gente se fía lo suficiente de los economistas para escuchar con atención lo que tienen que decir. Justo antes de la votación del Brexit, nuestros colegas de Reino Unido intentaron desesperadamente advertir al público de que el Brexit resultaría caro, pero percibieron que no estaban siendo capaces de comunicarlo. Tenían razón. Nadie les prestó demasiada atención.

Esta falta de confianza refleja que el consenso profesional de los economistas (cuando existe) a menudo es sistemáticamente diferente de las opiniones de los ciudadanos corrientes.

No pensamos, en absoluto, que cuando los economistas y la sociedad tienen opiniones diferentes, los primeros siempre tengan razón. Nosotros, los economistas, a menudo estamos demasiado absortos en nuestros modelos y nuestros métodos, y a veces se nos olvida dónde acaba la ciencia y empieza la ideología. Respondemos cuestiones relacionadas con la política basándonos en suposiciones que para nosotros se han convertido en algo automático, porque son elementos fundamentales de nuestros modelos, aunque eso no significa que siempre sean correctas. También tenemos conocimientos útiles que nadie más tiene. El objetivo (modesto) de este libro es compartir parte de ese conocimiento y reabrir un diálogo que aborde los temas más urgentes y divisivos de nuestra época.

Para eso, necesitamos entender qué mina la confianza en los economistas. Una parte de la respuesta es que existe mucha mala economía. Los autoproclamados economistas de la televisión y la prensa —el economista jefe del banco X o la empresa Y— son, sobre todo, con excepciones importantes, portavoces de los intereses económicos de sus empresas, que con frecuencia no dudan en ignorar la importancia de las pruebas. Es más, tienen un sesgo relativamente predecible por el optimismo de mercado a cualquier precio, que es lo que el público asocia, en general, con los economistas.

Por desgracia, por lo que se refiere a su aspecto (traje y corbata) o a cómo hablan (mucha jerga), es difícil distinguir a los bustos parlantes de la televisión de los economistas académicos. Tal vez la diferencia más importante esté en su disposición a hacer afirmaciones y predicciones, lo que lamentablemente les confiere más autoridad. Pero, de hecho, sus predicciones son muy malas, en parte porque con frecuencia son casi imposibles, que es por lo que la mayoría de los economistas académicos se mantiene al margen de la futurología.

Otro factor importante que contribuye a la falta de confianza es que los economistas académicos rara vez dedican tiempo a explicar el razonamiento, a menudo complejo, que hay detrás de sus matizadas conclusiones. ¿Cómo han analizado las muchas y posibles interpretaciones alternativas de las evidencias? ¿Cuáles fueron los puntos, con frecuencia de diferentes campos, que tuvieron que conectar para llegar a la respuesta más plausible? ¿Y cómo es de plausible? ¿Merece la pena actuar en consecuencia, o deberíamos esperar y observar? Por su naturaleza, en la actual cultura de los medios no hay espacio para las explicaciones largas o sutiles.

Nuestra sensación es que a menudo la mejor economía es la menos estridente. El mundo es un lugar bastante complicado e incierto, y muchas veces lo más valioso que los economistas pueden compartir no son sus conclusiones, sino el camino que les ha llevado hasta ellas: los hechos que conocen, la manera en que los han interpretado, los pasos deductivos que han seguido, las fuentes restantes de su incertidumbre...

En cierto sentido, se puede considerar este libro como un reportaje escrito desde las trincheras donde tiene lugar la investigación: ¿qué nos dice la mejor economía actual de los problemas fundamentales contra los que lucha nuestra sociedad? Describimos qué piensa del mundo la mejor economía de hoy en día, no solo sus conclusiones, sino cómo ha llegado a ellas, intentando siempre separar los hechos de las quimeras, las suposiciones vistosas de los resultados sólidos, lo que esperamos de lo que sabemos.

Es importante que en este proyecto nos guiemos por una noción amplia de lo que quiere el ser humano y de qué constituye una buena vida. Los economistas tienden a adoptar una noción de bienestar que con frecuencia es demasiado limitada, algo relacionado con los ingresos o el consumo material.

Un diálogo social mejor que el actual debe empezar por reconocer el profundo deseo de dignidad y contacto humano, y no tratarlo como una distracción, sino como una manera más adecuada de entendernos unos a otros, y de liberarnos de lo que aparentan ser hostilidades inextricables. Devolver la dignidad a su lugar central, sostenemos en este libro, activa un profundo replanteamiento de las prioridades económicas y de la manera en que la sociedad cuida de sus miembros, sobre todo cuando lo necesitan.

* Cortesía Penguin Random House Grupo Editorial (Taurus)

Comparte en redes: