“Productos financieros deben adecuarse a las necesidades de las personas”: Diana Mejía

Diana Mejía, especialista del Banco de Desarrollo de América Latina (CAF), explica que se deben desarrollar soluciones pertinentes para el público y acompañarlas con educación financiera para evitar riesgos como el sobreendeudamiento.

Uno de los retos es llegar con inclusión financiera a población vulnerable y rural, comenta Diana Mejía. / BBVA.

En el marco del EduFin Summit 2019, encuentro mundial del BBVA sobre educación financiera, El Espectador habló con Diana Mejía, especialista sénior en Desarrollo Productivo y Competitividad del CAF-Banco de Desarrollo de América Latina, sobre los retos de la región al respecto. La experta destacó las tareas que tienen las entidades financieras para lograr productos que se adecúen a todos los grupos poblacionales, así como los países en sus respectivas estrategias nacionales.

¿Cuál es el panorama en materia de inclusión financiera en la región?

Es importante tener en cuenta que la inclusión financiera tiene diferentes dimensiones. Una es el acceso a un producto o servicio financiero, otra el grado en que se están utilizando esos servicios y su calidad; es decir, si se adecúan a las necesidades de las personas. Todo esto es un medio para alcanzar un fin: el bienestar financiero. Mucha gente cree que la inclusión financiera es únicamente bancarización y esa es solo una de sus dimensiones. En inclusión financiera, América Latina ha tenido unos avances muy importantes en materia de acceso.

¿Por qué lo dice?

Se han hecho inversiones importantes en materia de infraestructura y cajeros electrónicos, hay sucursales bancarias en la mayoría de ciudades grandes y capitales y está todo el fenómeno de corresponsales bancarios. En cambio, el uso se ha mantenido estable y en muchos países se ha reducido, como en México, Argentina y El Salvador, según las últimas cifras del Global Findex del Banco Mundial.

¿Esto qué quiere decir?

Una hipótesis es que son personas que pueden llegar a tener acceso a una cuenta o un producto financiero y no lo usan, muy probablemente, porque no se adecúa a sus necesidades, ya sea por costo o por características. Esto es un llamado para que las entidades financieras diseñen productos y servicios que sean pertinentes y que realmente puedan solucionar las necesidades que tienen las personas.

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¿A qué se debe ese estancamiento del uso de los productos?

Se necesita tener una buena legislación, esquemas de supervisión, garantizar la calidad y pertinencia de los productos financieros y esquemas de protección al consumidor que hagan que las personas puedan tener más confianza y educación financiera. ¿Por qué? En la mayoría de países que tienen transferencias monetarias condicionadas, subsidios de gobierno a población vulnerable, se hacen a través de una cuenta, se bancariza a la población y se entrega una tarjeta. Lo que hemos visto en las encuestas es que cuando se le pregunta a esta población si tiene una cuenta, en promedio solo el 30 % dice que sí cuando todos deberían decir que sí. Vemos que las personas no saben que tienen una cuenta porque les dan una tarjeta para extraer las transferencias y hay una cantidad de mitos.

¿Cómo qué?

Que extraen todo el dinero de una vez y creen que si dejan algo ahí el dinero se pierde o el gobierno va a pensar que no lo necesitan más. No saben que tienen una cuenta, no la usan, no saben los beneficios que pueden tener. Entonces, hay una cantidad de factores para entender las divergencias entre acceso y uso y por eso es que las políticas públicas de educación financiera son tan importantes. Y también para que las entidades expliquen que hay una cuenta, que hay un producto de ahorro y así sucesivamente. A través de un proceso de aprender haciendo, las personas se pueden ir dando cuenta de los beneficios.

¿Cómo se puede medir el impacto que tiene la educación financiera en un país?

En CAF hemos venido haciendo encuestas de capacidades financieras en siete países y tenemos resultados para Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, Perú y Paraguay. Incluimos no solo temas relacionados con conocimientos sino también con actitudes, habilidades y comportamientos, porque de nada sirve saber qué es una tasa de interés si al momento de tomar un crédito o de pedir una tarjeta de crédito no se incorporan esos conocimientos. De ahí extraemos un índice y podemos saber en qué está cada país. Sí es posible medir el impacto que tiene la educación en la inclusión financiera y esa tiene, a su vez, efectos importantes en el crecimiento de los países y en la reducción de la pobreza. Es decir, personas que realmente se pueden insertar al sistema financiero pueden estar reduciendo sus niveles de informalidad.

¿Eso se puede medir?

En las encuestas podemos medir cómo personas que tienen ingresos que no son estables, que no provienen de fuentes formales de empleo, están siendo incluidas o excluidas financieramente, y cómo es su comportamiento financiero. Vemos que aquellas personas que están en trabajos informales están excluidas del sistema. En la medida que una persona tiene un récord en el sistema, es más fácil poder empezar incluirse en la economía formal.

¿Cuáles son los riesgos?

Hay un riesgo importante que se conoce como la paradoja de la inclusión y que se ha mencionado en el caso de Chile: una economía que empieza a crecer muchísimo, que genera una dinámica en la que se le ofrecen productos financieros a la población de manera indiscriminada, como una tarjeta de crédito, y entonces las personas creen que están en capacidad de tenerlas todas y gastar en todas. Entonces, al final, aunque estas personas están incluidas estadísticamente, se llega a un nivel de sobreendeudamiento tal que el mismo sistema las excluye. La inclusión financiera es importante pero de una manera responsable, acompañada de educación. Que las personas sepan cuáles son los riesgos, que sepan qué implica sobreendeudarse. Ahí hay una decisión responsable, acompañada obviamente de esquemas de protección al consumidor.

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¿Qué hacer a corto plazo?

La educación, es verdad, es de largo plazo, pero hay también iniciativas que se extraen de la economía del comportamiento que logran cambios en el corto plazo.

¿Qué es la economía del comportamiento?

Es una ciencia que intenta con pequeñas intervenciones entender cómo las personas tomamos decisiones y saber que todos nosotros, como seres humanos, tenemos sesgos de comportamiento y cognitivos. Sesgos como que nos gusta procrastinar, dejar todo a última hora, que tenemos atención limitada, que somos aversos al riesgo o a la pérdida. En este momento ya se han establecido programas de educación e inclusión financiera que incluyen estos hallazgos.

¿Cómo cuáles?

Por ejemplo, ahorrar para el retiro. ¿Quién piensa en eso? Se pospone. Si es una persona que inicia su vida laboral, lo menos que piensa es en la pensión o en un ahorro riguroso, sino que simplemente se le está extrayendo un porcentaje del salario para ese ahorro. Entonces, (se trata de) cómo incorporar esos hallazgos, cómo replantearlo para ver esa extracción no como una pérdida sino como una ganancia. Cómo pensar que mi yo de hoy está haciendo algo para mi yo de mañana y entender que ese beneficio lo puedo hacer más tangible en el momento presente. Esas son cosas que se están empezando a incluir y que considero supremamente efectivas a la hora de cambiar comportamientos, porque la educación tradicional toma tiempo.

¿Se tiene alguna evidencia de esto?

En México hay un tema interesante con los Afore. Están introduciendo estos temas para que las personas empiecen a ahorrar para el retiro a través de los estados de cuenta, los extractos. Un tema importante son las normas sociales: hacer lo que están haciendo otros porque si muchos lo están haciendo, es bueno. En el caso de Colombia, por ejemplo, si tu fondo de pensiones privado te presenta tu estado de cuenta y te dice: “Alejandra*: mujeres como tú, de tu misma edad y salario, están ahorrando tanto, ¿tú por qué no?”

Todo esto implica un gran manejo de datos y en países como Colombia hay una reticencia hacia los bancos. ¿Qué hacer?

En la medida que las entidades sean transparentes, pueden garantizar confianza. Es decir, si son transparentes en que van a tener nuestros datos y para qué. Además, si vemos que el uso de esos datos, al final, repercute en algún beneficio para nosotros. Es decir, si mi banco tiene mis datos, pero veo que gracias a ello hay aplicaciones que me están solucionado algún problema o me dan consejos sobre un mejor manejo financiero, me parece que es una gran oportunidad. Es decir, si hay un “chatbot” que me dice tal vez usted está gastando mucho en tal cosa o que me ayude a hacer un presupuesto. Las instituciones financieras tienen que ver, no pueden tener clientes para ofrecerles cuanto producto financiero hay, sino clientes que sepan manejar responsablemente sus finanzas para que se queden ahí en el largo plazo y no tener clientes que no puedan pagar y terminen saliendo del sistema financiero. Eso tiene al final implicaciones a escala macroeconómica de estabilidad financiera.

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¿Qué retos tiene la región?

Aumentar el uso. Ver cuáles son esos factores que están llevando a que las personas, por más que tienen acceso a una cuenta o algún producto financiero, no lo están usando. Entender si son temas de educación financiera —que la gente no sabe— o si es porque el producto no se está adecuando a las necesidades de las personas. Hay un reto importante para las “fintech”. ¿Por qué? Una cuenta de ahorro que está pensada para el común de la población le puede servir a un asalariado de clase media, pero a una mujer rural probablemente no. Además, muchas veces, la gente se autoexcluye. No va a un banco porque tiene la percepción de que no le van a dar el producto financiero que está buscando, pero eso es una percepción por falta de conocimiento, de información o de educación financiera. Y un reto para las entidades financieras para que se adecúen a necesidades específicas.

Deme un ejemplo de ello…

Las mujeres. Las mujeres tenemos una aproximación general a las finanzas distinta a los hombres, tenemos una mayor aversión al riesgo, están más preocupadas por el manejo del día a día. O, en términos de crédito, la mayoría tiene un colateral, que son garantías mobiliarias, sino de otro tipo como joyas. Si soy una microempresaria y voy a pedir un crédito y me piden una garantía hipotecaria… me excluyen. Entonces, hacer que ese tema de garantías mobiliarias realmente funcione.

¿Hay algún otro reto?

La confianza. En el momento en que el sistema deja de funcionar, la confianza se pierde. hay que garantizar que el sistema sea seguro y estable. Si voy a pagar en efectivo o en tarjeta estoy viendo la transacción, me dan un papelito, hay un canal de confianza. Mientras que en un canal digital, si en el momento de pago se cae la red de datos y no se sabe qué pasó con el pago... hay que empezar a construir confianza en la solidez de ese tipo de sistemas para que se usen.

¿Cómo aterrizar la educación financiera a las realidades rurales en Colombia?

Colombia ha tenido avances importantes en materia de política pública. Hay estrategia nacional de inclusión y de educación financiera, en donde está la participación de entidades públicas y privadas. Es importante mejorar los mecanismos de coordinación, pero, como menciona, el gran reto es llegar a población vulnerable y rural. Ha habido grandes avances para incluir financieramente a población urbana y llegar a población rural implica conectividad. Los temas digitales son una gran oportunidad. En Kenia, a través de un mensaje de texto en un celular no inteligente se pueden hacer transferencias bancarias; eso es algo importante que en Colombia se tiene que trabajar: la conectividad. Y garantizar interoperatividad, para que una persona que tiene una cuenta pueda pasar recursos a una persona que tiene cuenta en otra institución financiera.

¿En qué países existen estas políticas públicas?

Hay cinco países que tienen estrategias nacionales de inclusión financiera: México, Colombia, Perú, Brasil y Paraguay y se están ejecutando. Obviamente, hay retos de implementación. Hay un primer paso, que es poner a todas las entidades sobre la mesa a trabajar coordinadamente por objetivos en común. Lo importante es que además de establecer mecanismos de coordinación, establece objetivos específicos y responsables de cada uno y así es más fácil hacer seguimiento. Este es un tema que se volvió sexy después de la crisis financiera, todo el mundo empezó a hacer cosas, pero cuando empezamos a ver, eran iniciativas atomizadas y la estrategia por lo menos organiza la casa.

¿Y acá cuál es el reto?

Gobernanza. La mayor parte de las veces los coordinadores de estas estrategias son los ministerios de Hacienda y los ciclos políticos tienen implicaciones importantes en la continuidad de la política pública. Siempre es muy importante involucrar actores dentro del sector público, que pueden tener más independencia, como los bancos centrales, que son entidades más técnicas, independientes y que se desvinculan de esos ciclos políticos. Otro reto es diseñar desde el comienzo un mecanismo de monitoreo y evaluación, fijar indicadores, quiénes son los responsables y cómo vamos a evaluar el impacto. Y el tema del presupuesto para toda la política.

*El Espectador estuvo en el EduFin Summit 2019 en Madrid (España), por invitación del BBVA.

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Alejandra Bonilla Mora / @AlejaBonilla

Economía

“Productos financieros deben adecuarse a las necesidades de las personas”: Diana Mejía

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