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En Colombia nos estamos acostumbrando a escuchar que cada vez nacen menos niños. Lo que todavía no hemos dimensionado es otra realidad más preocupante: cada vez hay menos estudiantes en las aulas.
La explicación dominante para la reducción de las matrículas ha sido la caída de la natalidad. Y es cierto que el país atraviesa una transformación demográfica profunda. Según cifras del DANE, el número de nacimientos pasó de cerca de 677 mil en 2012 a apenas 445 mil en 2024, una reducción cercana al 34%. La tasa global de fecundidad cayó de 6,8 hijos por mujer en la década de 1960 a apenas 1,37 en el período 2020-2025, muy por debajo incluso del nivel de reemplazo poblacional.
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Pero un informe reciente del Laboratorio de Economía de la Educación (LEE) de la Pontificia Universidad Javeriana muestra que la explicación demográfica no es suficiente. La caída en las matrículas está siendo considerablemente mayor que la reducción de la población en edad escolar.
Entre 2015 y 2025 el sistema educativo colombiano perdió cerca de 920 mil estudiantes matriculados entre preescolar, básica y media. Si la explicación fuera exclusivamente demográfica, las matrículas deberían caer aproximadamente al mismo ritmo que la población infantil y juvenil. Pero eso no es lo que muestran los datos.
En preescolar, entre 2018 y 2024, la población entre tres y cinco años disminuyó apenas 2,0%, mientras que la matrícula cayó 7,8%. En primaria, la población entre seis y diez años se redujo 2,7%, pero la matrícula cayó 6,7%. En secundaria la situación es similar: la población disminuyó 2,5%, mientras la matrícula se redujo 7,5%. Solo la educación media presenta una dinámica diferente, con un aumento de 1,2% en la población y un crecimiento de 4,4% en la matrícula.
La evidencia apunta entonces a una conclusión incómoda: además de los niños que dejaron de nacer, existen cientos de miles de niños y jóvenes que dejaron de estar en las aulas.
La pregunta es inevitable: ¿dónde están los estudiantes?
Parte de la respuesta podría estar en el crecimiento del homeschooling o educación en casa. Después de la pandemia esta modalidad experimentó un crecimiento importante en varios países y Colombia no parece ser la excepción. Sin embargo, el país continúa teniendo un vacío normativo y estadístico: no existe información precisa sobre cuántos niños y jóvenes están siendo educados bajo esta modalidad y cuántos simplemente se encuentran fuera del sistema educativo formal.
Otra parte de la respuesta probablemente está en las condiciones económicas de los hogares. Aunque el país ha logrado avances importantes en reducción de pobreza, millones de familias continúan en situación de vulnerabilidad. Para muchos hogares, especialmente en contextos rurales y urbanos de bajos ingresos, los adolescentes terminan ingresando tempranamente al mercado laboral para complementar los ingresos familiares. La necesidad económica compite directamente con la permanencia escolar.
Tampoco puede ignorarse el impacto de la violencia en algunas regiones del país. El reclutamiento forzado sigue siendo una realidad para miles de niños y jóvenes, afectando sus trayectorias educativas y sus oportunidades futuras.
Finalmente, está la migración. Cada vez más jóvenes colombianos están construyendo sus proyectos de vida fuera del país. En los últimos años, cerca de 17 mil colombianos emigraron para estudiar en el exterior, una cifra que viene en ascenso. España, Australia, Alemania y México aparecen entre los principales destinos. A ello se suma un fenómeno cada vez más visible entre los colegios de calendario B: un número creciente de sus graduados está optando por cursar directamente el pregrado en universidades extranjeras. Muchos de esos jóvenes ya no pasan por las aulas de las universidades colombianas.
La preocupación es mayor porque Colombia está dejando atrás su bono demográfico. Las proyecciones muestran que en 2033 el número de personas mayores de 60 años superará al de jóvenes entre 16 y 28 años. El país tendrá menos trabajadores sosteniendo una población cada vez más envejecida. En ese contexto, perder estudiantes significa perder capital humano, productividad y crecimiento futuro.
Por eso, recuperar la matrícula debe convertirse en una prioridad nacional para el próximo gobierno. El desafío es identificar quiénes abandonaron el sistema, dónde están y qué barreras les impiden regresar.
Esto exigirá un esfuerzo coordinado entre el Gobierno Nacional, las gobernaciones, las alcaldías y las instituciones educativas. Se necesitarán estrategias de búsqueda activa, apoyos económicos a las familias, programas de permanencia escolar y mecanismos flexibles de reincorporación para quienes abandonaron sus estudios.
*Decana de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Javeriana
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