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¿La forma en que hablamos afecta lo que pensamos sobre la igualdad entre hombres y mujeres? La pregunta podría parecer menor. Después de todo, las palabras son solo palabras. Pero la evidencia muestra que no es así: el lenguaje puede reforzar estereotipos, hacer visibles o invisibles a determinados grupos e incluso influir en la manera como pensamos sobre los roles de mujeres y hombres.
Hace algunos años, en mi charla TED “Suma, no restes”, hablé de algo estrechamente relacionado: desde muy pequeños, niños y niñas reciben mensajes distintos sobre lo que se espera de ellos. A las niñas se les regalan muñecas; a los niños, juegos de construcción. A ellas se las asocia con el cuidado; a ellos, con la ciencia, la tecnología y el liderazgo. Estos mensajes parecen pequeños, pero se acumulan. Ayudan a construir estereotipos que después aparecen en las decisiones educativas, las profesiones que elegimos y las oportunidades que tenemos.
(Lea Stéphanie Lavaux es la nueva rectora de la Universidad del Rosario)
La investigación respalda que el lenguaje forma parte de esas señales. Dentro de la evidencia se encuentran, por ejemplo, los autores Pérez y Tavits, quienes realizaron un experimento con 1.200 personas bilingües en Estonia: asignaron aleatoriamente a los participantes a responder en estonio, una lengua sin género gramatical, o en ruso, una lengua que sí lo marca. Quienes respondieron en estonio expresaron actitudes más favorables hacia la igualdad de género. Los autores replicaron el resultado y encontraron evidencia similar al comparar países.
También ocurre al buscar empleo. Estudios experimentales han mostrado que las palabras utilizadas en las ofertas laborales afectan qué tan atractiva resulta una vacante para las mujeres. Una investigación publicada este año con más de 5.600 personas de Argentina, Chile, Colombia, México y Perú encontró que utilizar lenguaje inclusivo o neutral aumenta significativamente el interés de las mujeres por empleos tradicionalmente masculinizados, sin desincentivar a los hombres. No es lo mismo escribir una convocatoria pensando únicamente en “abogados” que construir un mensaje en el que las mujeres también puedan reconocerse como potenciales candidatas.
Por eso resulta preocupante la reciente controversia en el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar sobre el uso de la palabra “niñas”. Su nueva directora, María Carolina Restrepo, ha defendido privilegiar el término “niñez”, argumentando que este incluye tanto a niños como a niñas. Lingüísticamente puede tener razón. La pregunta importante, sin embargo, es otra: ¿da lo mismo nombrar a las niñas que no nombrarlas?
En Colombia, claramente no. Las niñas y las mujeres enfrentan brechas que comienzan en la crianza y atraviesan la educación, la salud, el acceso al sistema financiero, el emprendimiento, la participación política y el mercado laboral. Algunas desigualdades se han reducido, otras persisten y muchas tienen causas específicamente asociadas al género. Para corregirlas, primero hay que reconocerlas.
La propia Ley de Infancia y Adolescencia lo entendió así. No habla solamente de “niñez”: a lo largo de su articulado se refiere explícitamente a “niños, niñas y adolescentes”. Más importante aún, su artículo 12 incorpora la perspectiva de género y exige reconocer las diferencias sociales, biológicas y psicológicas según el sexo, la edad, la etnia y el rol que las personas desempeñan en la familia y la sociedad.
No se trata entonces de una discusión semántica ni de llenar documentos de palabras innecesarias. El lenguaje también orienta la mirada de las instituciones. Si dejamos de nombrar a las niñas, corremos el riesgo de dejar de preguntar qué les ocurre específicamente a ellas, qué barreras enfrentan y qué políticas necesitan.
Una institución como el ICBF debería entenderlo mejor que ninguna otra. Las políticas públicas con enfoque de género no buscan privilegiar a las niñas frente a los niños. Buscan reconocer que no siempre enfrentan los mismos riesgos ni parten de las mismas condiciones. Invisibilizar esas diferencias no nos hace más iguales. Para cerrar una brecha, primero hay que verla. Y para verla, hay que nombrarla.
*Decana de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Javeriana
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