24 Jun 2021 - 12:57 p. m.

Así triunfaron juntos los gestores de la Gran Colombia hace 200 años

Hace 200 años colombianos y venezolanos derrotaron a los españoles en Carabobo y forjaron la nación que soñó Simón Bolívar y que la realidad política del último tiempo parece haber sepultado defnitivamente.

Leopoldo Villar Borda, especial para El Espectador

Hoy 23 de junio se conmemora en Venezuela la Batalla de Carabobo, que hace 200 años liberó del dominio español a la que entonces era la Capitanía General de Venezuela y hoy es la República Bolivariana de Venezuela. Es un acontecimiento que también debemos conmemorar en Colombia, como se celebró entonces con festejos en todo el territorio que formó después la Gran Colombia, pues ese triunfo aseguró la independencia de la que nació como una sola gran nación.

En Carabobo combatieron los patriotas liderados por Simón Bolívar como antes lo habían hecho en Boyacá tras remontar la cordillera de los Andes por el páramo de Pisba y como más tarde lo harían en Pichincha, Junín y Ayacucho, sin más ropa que un guayuco ni más armas que unas lanzas fabricadas por ellos mismos, unos cuchillos, sables y bayonetas y unos pocos fusiles hechizos y pistolas de chuspa, contra un ejército dotado de cañones, fusiles, carabinas y cartuchos abundantes para recargarlos.

El triunfo del ejército libertador en el campo de Carabobo consolidó la independencia de la gran república creada el año anterior en el Congreso de Angostura, la solemne asamblea de los pueblos recién liberados que Bolívar instaló en aquella localidad, hoy integrada al territorio venezolano. La acción victoriosa de aquel ejército, compuesto por criollos, mulatos, mestizos, zambos, indígenas y negros, condujo a la inmediata liberación de Caracas y otras partes del territorio venezolano que estaban en poder de las fuerzas realistas.

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Aunque los restos del ejército español se dispersaron y lanzaron algunas ofensivas que prolongaron la guerra, el poder de la metrópoli quedó liquidado y esto permitió a Bolívar emprender la campaña del sur, en la que logró nuevos triunfos: el de Junín, que se decidió en solo tres horas el 6 de agosto de 1824 y obligó al ejército español a desbandarse en el territorio del Perú, y el de Ayacucho, en el que las fuerzas españolas fueron aniquiladas en solo una hora el 9 de diciembre del mismo año, con lo cual se puso fin al Virreinato del Perú y a la dominación española en América.

‘Soldados sin coraza’

El de Carabobo fue el último gran triunfo obtenido en el territorio de la futura Gran Colombia por los “soldados sin coraza” que combatieron casi desnudos contra un ejército que había derrotado a las tropas de Napoleón en batallas como la de Bailén. Esta fue la primera a campo abierto que perdió el emperador de los franceses durante la guerra que España libró en defensa de su propia independencia, amenazada por la invasión francesa en 1808.

Después las tropas colombianas entraron a la comarca de Charcas (la actual Bolivia) bajo el mando de Antonio José de Sucre, a quien Bolívar ordenó convocar un congreso para fijar la suerte del territorio. El congreso aprobó el proyecto de constitución enviado por Bolívar con el cual se estableció el 6 de agosto de 1825 la República de Bolívar, nombre que fue cambiado después por Bolivia.

Desde entonces fueron muchas las vueltas y revueltas que dieron las cinco repúblicas liberadas por Bolívar, cuyas rivalidades hicieron imposible la construcción de la gran nación continental que soñó el Libertador. Esas rivalidades afectaron especialmente la convivencia de Colombia y Venezuela, hasta el punto de convertir hoy a nuestro país es un protagonista de primera línea en la pugna interna venezolana.

El actual gobierno colombiano se negó a apoyar el diálogo entre las partes enfrentadas en Venezuela, que hace tiempo es considerado como la mejor forma de resolver la crisis que afecta al país vecino. La cacofonía de voces antichavistas que inundan las redes sociales sugiere que no muchos colombianos estarían dispuestos a cuestionar la posición de nuestra cancillería, aunque ella no solo contradice la razón sino una tradición de buena vecindad que marcó las relaciones colombo-venezolanas a lo largo de doscientos años de historia compartida.

Entre el amor y el odio

No han sido escasos los desencuentros, los conflictos y aun los momentos de confrontación entre los dos países que nacieron como uno solo y comparten más de 2.200 kilómetros de frontera. Basta recordar las tensiones generadas por el diferendo en torno al Golfo de Venezuela y los repetidos y frustrados intentos para resolverlo; la confrontación que estuvo a punto de causar una guerra el 9 de agosto de 1987 por el patrullaje de la corbeta colombiana Caldas en aguas que ambos países consideran como propias; y más recientemente, los enfrentamientos de los dos gobiernos durante las presidencias de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, que redujeron al mínimo el otrora próspero intercambio comercial, generaron frecuentes cierres de las fronteras y han estado a punto de producir un grave conflicto. Pero también han abundado las manifestaciones de armonía.

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La línea que demarca los territorios de Colombia y Venezuela ha sido históricamente un factor de unión, pues a sus lados conviven poblaciones con fuertes vínculos de interdependencia y aun de parentesco, además de intensas relaciones comerciales y culturales. La migración en ambos sentidos ha sido un fenómeno permanente que oscila según la relativa situación de prosperidad en cada país. Así como la actual crisis venezolana generó un éxodo masivo hacia Colombia, en los tiempos de vacas gordas en Venezuela y vacas flacas en Colombia ocurrió lo contrario y los migrantes siempre fueron bien acogidos en ambos lados.

La actitud amistosa hacia Venezuela de gobiernos como los de Alfonso López Pumarejo, Eduardo Santos, Alberto y Carlos Lleras, Alfonso López Michelsen y Virgilio Barco compaginó con el ambiente de armonía hemisférica generado por la política del Buen Vecino que el presidente Franklin Delano Roosevelt proclamó en su discurso de posesión el 4 de marzo de 1933 y que inauguró una época dorada en las relaciones interamericanas.

Esa política fue presentada formalmente a los países del hemisferio durante la Séptima Conferencia Panamericana reunida en Montevideo en diciembre de 1933, en la que el principio de la no intervención fue consagrado como uno de los pilares de la Unión Panamericana, que después se transformó en la Organización de los Estados Americanos (OEA).

Compromiso histórico

Cumpliendo el compromiso de Roosevelt, las fuerzas estadounidenses de intervención salieron de la América Latina durante los años 30 del siglo pasado y Washington también abandonó la práctica de no reconocer a los gobiernos que no compartieran las orientaciones del Departamento de Estado. Fue un cambio de curso histórico, pues Estados Unidos se había acostumbrado a intervenir en los países del hemisferio al amparo de la Doctrina Monroe y el Corolario Roosevelt (por el presidente Teodoro Roosevelt).

En ejercicio de estas políticas Estados Unidos había intervenido muchas veces en América Latina, despojado a México de la mitad de su territorio, propiciado la separación de Panamá de Colombia y defendido los intereses de la United Fruit Company y otras empresas estadounidenses en la región como si se tratara de propiedades del Gobierno de Washington.

La desastrosa intervención en México llevó a ese país a proclamar como doctrina oficial la que niega a cualquier país el derecho de reconocer o desconocer el Gobierno de otro. Colombia nunca adoptó una política como la mexicana a pesar de la intervención estadounidense de 1903 en Panamá, pero siempre defendió el principio de la no intervención, adoptado por el país desde su nacimiento.

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Consagrado en la Constitución de 1821 por el Congreso de Cúcuta, desde entonces fue uno de los pilares de la política exterior colombiana. Su adhesión al mismo llevó al Gobierno colombiano a enfrentarse en algunas ocasiones a Estados Unidos, como ocurrió en diciembre de 1989 al producirse la invasión estadounidense a Panamá para derrocar al dictador Manuel Antonio Noriega. Colombia no apoyó la invasión por considerar que esta acción violaba la carta de la OEA.

Las diferencias con la situación actual son obvias. Al tomar franco partido por la oposición venezolana el Gobierno de Colombia relegó a un segundo plano la no intervención y el alto aprecio que en nuestro país se tuvo siempre por la amistad venezolana. La posición colombiana afectará las relaciones binacionales por tiempo indefinido, pues nada indica que el chavismo vaya a perder vigencia en Venezuela. Tal vez en el futuro se recupere la memoria de lo que fue la unión de los dos pueblos que hace dos siglos lucharon juntos contra el Imperio Español y ganaron la independencia.


Aplastante victoria

En la sabana de Carabobo, cerca de Valencia, se enfrentaron 7.000 soldados y 3.000 jinetes patriotas bajo el mando de Simón Bolívar, José Antonio Páez y Manuel Cedeño con 3.000 soldados de infantería y 1.600 jinetes españoles comandados por el mariscal de campo Miguel de la Torre y apoyados por 62 artilleros y dos cañones.

La confrontación solo duró 45 minutos y constituyó una victoria arrolladora de los patriotas. La acción de los batallones Bravos de Apure y Cazadores Británicos fue decisiva para derrotar a los españoles, que tras sufrir grandes pérdidas se batieron en retirada para refugiarse en Cumaná y Puerto Cabello. El desenlace fue ampliamente favorable a los patriotas, que sufrieron 300 bajas entre muertos y heridos, contra más de 2.000 muertos, heridos y prisioneros españoles.

Esta victoria puso fin al dominio español en la Capitanía General de Venezuela, cuya unión con la Nueva Granada para constituir la primera República de Colombia había sido protocolizada un año antes por el Congreso de Angostura (hoy Ciudad Bolívar).


El punto más alto

A diferencia de momentos conflictivos como el actual, en la larga historia de sus relaciones han abundado las expresiones de cooperación y amistad entre los pueblos de Colombia y Venezuela, que hace dos siglos lucharon juntos en Carabobo. La más notable ocurrió el 5 de abril de 1941, cuando el templo de la Villa del Rosario de Cúcuta fue escenario de la firma del tratado de límites terrestres y de navegación en los ríos comunes.

El tratado fue firmado por los cancilleres Luis López de Mesa y Esteban Gil Borges en presencia de los presidentes Eduardo Santos, un civilista liberal, y Eleazar López Contreras, un general formado en la dictadura de Juan Vicente Gómez. Santos no vaciló en darle la mano porque consideraba la relación con Venezuela como uno de los activos más importantes en la política exterior de Colombia.

No puede ser mayor el contraste con el estado actual de las relaciones bilaterales, descarriladas por la falta de líderes que valoren el legado de la nación grancolombiana forjada por los patriotas en gestas como la de Carabobo.

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