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Alfa

Presentamos el primer capítulo de El Sultán de Bizancio, del escritor turco Selçuk Altun.

Selçuk Altun

26 de septiembre de 2020 - 09:57 a. m.
Selçuk Altun nació en Artvin, Turquía, en 1950. Es un ejecutivo bancario retirado, bibliófilo y filántropo. Sus novelas "Canciones que mi madre nunca me enseñó" y "Hace muchos, muchos años" fueron seleccionadas entre las cien mejores de crimen y ficción, por la Asociación Internacional de Escritores de Crimen.
Foto: Cortesía
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Si beso, me matarán.

Si no beso, moriré.

K.

Siempre mencionaba los orígenes árabes de mi nombre al presentarme y sentía vergüenza cuando alguien pronunciaba mal la última sílaba. Una vez, al preguntarle a mi abuela por qué fui bautizado así, ella respondió: «Era el nombre de tu bisabuelo». Mis emprendedores antepasados empezaron como exportadores en Trebisonda y se convirtieron en la familia más rica del mar Negro. Mientras fui creciendo tuve que oír hasta el cansancio cómo los muy burros despilfarraron todo tras la guerra de Crimea.

La excusa de la mudanza de mis abuelos a Estambul fue la admisión de mi madre en la facultad de Derecho, luego de graduarse del bachillerato en Trebisonda. Sin embargo, su práctica jurídica se limitó a los asuntos relacionados con el bloque de apartamentos de la familia en el barrio de Gálata, donde vivían, y con el manejo del edificio de negocios que tenían en el barrio de Șișli. La última manzana de la discordia para mis abuelos fue que su única hija se enamorara del inquilino estadounidense. Al final, mi madre se casó con Paul Hackett, con el consentimiento de su padre. Paul era el representante regional de una revista de comercio internacional. Al año siguiente, en un hospital privado a setenta pasos de nuestra casa, yo llegué al mundo. Mi abuelo murió después de que cumplí dos años y mis padres se divorciaron cuatro meses después. Paul Hackett regresó a su país sin dejar rastro y nos pasamos al apartamento de mi abuela, contiguo al nuestro.

El hogar se había roto por la aventura de Paul Hackett con una seductora canadiense. Yo tenía ocho años cuando me enteré de esto por el portero, que probablemente me lo informó con el previo consentimiento de mi abuela.

Mamá siempre parecía irritada conmigo, desde que me veía en las mañanas, y así continuó hasta que recibimos una carta con la noticia de la muerte de Paul Hackett. El viejo psicólogo judío adonde me arrastraban determinó que la situación se debía al «reflejo condicionado» de ella hacia su exmarido.

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Mi abuela llevaba la batuta de la casa, mientras que mi madre y yo nos comportábamos como dos hermanos desobedientes en permanente conflicto. Mi abuela hizo el Haj, la peregrinación a La Meca, tras la muerte de mi abuelo, y cada vez que alguien se refería a ella como haji Ulvıye pasaba las cuentas del collar de oración con más rapidez entre sus dedos. Era una mujer que irradiaba benevolencia y rara vez se perdía una vieja película turca en la televisión. Yo me aguantaba esas producciones tan incompetentes solo por tener el placer de oírla maldecir a esos personajes malvados usando los nombres reales de los actores. Para darle gusto, iba a la mezquita temprano en la mañana, oraba en los días religiosos importantes y ayunaba al principio y al final del Ramadán. El Palacio de Topkapı aún puede verse desde la ventana del baño, que ella había decorado con un aire del Medio Oriente; tras su dura advertencia, «No mires el palacio cuando hagas caca», no me permití un pedo sonoro en ese baño durante años.

A mi pregunta: «¿Ni siquiera tenemos una foto de papá?», seguía la espinosa respuesta de mi abuela: «¡Si quieres ver cómo es ese bueno para nada, mírate al espejo!». Gracias a ese padre «bueno para nada» yo no me parecía a mi madre: una mujer de cara caballuna, pelo rizado, ojos saltones y una fealdad solo mejorada por los atuendos elegantes que la hacían famosa. Para ella era natural pasar horas enteras en el salón de belleza. Ambiciosa y eficiente, era una mezcla delicada de misterio y perfidia. Como si no le bastara con sus treinta y cuatro inquilinos comerciales y doce residenciales, compró otros tres edificios una calle abajo de la nuestra, por un precio que fue una ganga.

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Nunca me compró juguetes, ni me hizo una fiesta de cumpleaños y ni me ayudó con las tareas siquiera. Durante mucho tiempo viví creyendo que su maltrato hacia mí era una forma de vengarse de su exesposo. Haciendo caso omiso a su abandono, le pedí ayuda Eugenio Geniale, el Señor de Gálata, como le decíamos cariñosamente al levantino que los inmigrantes de Anatolia llamaban Engin Baba. Era un profesor de Historia del Arte ya jubilado. De aquel hombre sabio y atemporal (siempre parecía un sesentón) aprendí a leer enciclopedias artículo por artículo, memorizar diccionarios, distinguir estilos arquitectónicos solo con observar las fachadas de los edificios de piedra abandonados, dar órdenes al mar y decirle acertijos al cielo.

Cuando empecé la primaria, fue Eugenio quien me compró un martín pescador disecado para celebrar el acontecimiento. Desde entonces no tuve ojos para ningún otro juguete y le puse Tristán, sabrá Dios por qué influencias. Medía treinta centímetros y tenía el pico afilado; la espalda y la cola eran de un azul tornasolado, el cuello era blanco y las alas, verde oscuro.

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El edificio más espléndido de la calle Hoca Ali era Apartamentos Ispilandit. Las cansadas estructuras vecinas parecían recostarse en él, mientras que las de enfrente le hacían una leve reverencia, como si se tratara de una ceremonia sagrada. Vivíamos en la última planta del edificio de piedra tallada, en dos espaciosos apartamentos. Cada vez que entraba en el ascensor antiguo y oprimía el botón del séptimo piso para subir a casa, lograba sentir un fresco aliento familiar. Pasar del ascensor al salón era como ser recibido por el contorno bizantino y otomano de aquella península histórica. Al fondo, enmarcado por las ventanas, un mar se extendía del Bósforo al Cuerno de Oro, y ese brumoso panorama fue el telón para mis juegos de infancia. Después de hacer las tareas, me pegaba a la ventana y dirigía el tráfico marítimo con mi batuta imaginaria. Convertía el mar de Mármara en un lago e inventaba historias de amor sobre los capitanes, la tripulación y los pasajeros de los buques de carga, los barcos pesqueros y los cruceros que pasaban. Cuando el sol salía y brillaba como un proyector de películas sobre la mar, yo desataba una guerra entre dos bandos hostiles de ejércitos navales. El batallón del Mármara fluía del mar Negro por el Bósforo, mientras los rebeldes del Aramrám llegaban del lado opuesto. Yo dirigía la guerra con todos los efectos dramáticos posibles mientras las alas del pobre Tristán temblaban en mi regazo.

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En los edificios vecinos, de los cuales el más reciente tenía ciento cincuenta años, las gaviotas daban vida a los tejados. Supuse que, al hacerme amigo de una gaviota enana que se había encariñado con nuestro balcón, Tristán quedaría desconcertado. Traté de alimentar con regularidad a mi amiga y la bauticé Alí, pero cuando un día la vi comiéndose sus excrementos, me convertí al vegetarianismo de inmediato.

Cada vez que sentía deseos de ver la Torre de Gálata, mi talismán, corría a la cocina. Al apartar la cortina de encaje, el monumento cilíndrico de setenta metros de altura parecía dar un paso hacia mí. Construido inicialmente en madera en el año 528 por el emperador bizantino Justiniano, fue reconstruido en piedra por los genoveses en 1348 y restaurado por los otomanos en 1510. Inspeccionar la torre, piedra por piedra, era como embarcarse en un safari tridimensional a través del tiempo, y al llegar a la cúpula cónica, siempre me entraban unas ganas irresistibles de comer helado. Perdí la fe en la poesía y el arte turcos, dado que ninguno de nuestros poetas o pintores había saltado desde sus barandas. Con mis binóculos buscaba rostros misteriosos e interesantes entre los turistas cansados y amontonados alrededor de la torre, mientras un guía autómata recitaba lugares comunes.

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«La Torre de Gálata siempre ha sido mediadora entre lo bizantino y lo otomano», decía Eugenio.

Conocí al eterno soltero Eugenio Geniale, a quien había acogido como mi padre adoptivo, gracias a Alberto. Alberto y yo fuimos a los mismos colegios hasta nuestros años universitarios. Él vivía con su madre y su hermana mayor, Elsa, en los monumentales Apartamentos Doğan, no muy lejos de la Torre. Eugenio era su vecino. El padre italiano de Alberto había abandonado a su madre griega para mudarse a Melbourne. Pero al menos él sí podía estar con su padre, capitán de yate, en los veranos. Su madre, adicta al trabajo, era la contadora de un hotel y se reía entre dientes cuando pronunciaba mi nombre al revés. Elsa, de ojos verdes y dos años mayor que yo, fue mi primer amor. Creía que ella también me amaba porque me tomaba del brazo o me pellizcaba las mejillas cuando íbamos a cine. Pero el año en que debía empezar el bachillerato se fue a visitar a su tía a Génova, donde descubrió el mundo del lesbianismo. Finalmente se mudó a Venecia para empezar una nueva vida.

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Disfruté la escuela primaria Okçumusa, que quedaba a 222 pasos de casa y se alzaba con teatralidad como en contra de la pendiente inclinada de nuestra calle, y fue allí donde hice todos mis esfuerzos por ganar innumerables certificados de honor para impresionar a mi abuela primero y luego a unas pocas niñas que se mantenían distantes. Todo en vano. No volví a enamorarme después de Elsa y nunca tuve ningún coqueteo realmente cautivante. Tenía mi propio temor primerizo al rechazo, y los chicos que actuaban como payasos para impresionar a las niñas me repugnaban. Mi abuela, que me creía engreído, decía que era la viva imagen de mi abuelo.

Después pasé al colegio austriaco, a 155 pasos de casa. «Aprenderás buen alemán e inglés», dijo Eugenio y guardó silencio. En aquellos días se acostumbraba comparar los colegios con prisiones. Para mí, el lugar se parecía a uno de esos hospitales portátiles que veíamos en las películas épicas. Me sorprendían los estudiantes que les temían a las clases de idiomas, pues para mí cada nueva palabra que aprendía alimentaba mi apetito y cada vez quería saber más; me sentía poniendo de forma acertada otra pieza de un rompecabezas de mosaicos. Mi profesor favorito era herr T. B., quien, de vez en cuando, nos enseñaba algún aforismo de su escritor favorito, Elias Canetti. Me enseñó a jugar ajedrez y también dijo: «No seré responsable si te vuelves adicto». Además, me diagnosticó como políglota natural y no le quedé mal: para cuando me gradué, en mi undécimo año ya había aprendido italiano, francés y un poco de turco otomano, lo suficiente al menos para descifrar las inscripciones de la fuente seca junto a la Torre de Gálata.

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Logré que mi abuela comprara la Enciclopedia Británica en turco, diciéndole que era un requisito para el colegio. A un ritmo de cinco páginas diarias, terminé los veintidós volúmenes, renglón por renglón, en ocho años. Me encontraba en octavo grado y ocupado en la entomología, cuando la puerta de mi cuarto se abrió ceremoniosamente.

El dejo de ironía en la sonrisa modesta de Akile despertó en mí una leve sospecha.

—Murió tu padre —dijo con un tono de voz suave, casi apagado.

Yo estaba leyendo, con cierto escepticismo, «Hay más de 700000 especies conocidas de insectos y al menos la misma cantidad aún por descubrir», y me pregunté quién le habría dado la noticia, pero lo único que dije fue:

—¿Cómo sucedió?

—Cómete tus uvas —respondió—, y no preguntes de qué viñedo son.

Se me heló la sangre.

Con la noticia de la muerte de mi padre llegó la paz entre nosotros. Fue un alivio para Akile, quien abandonó por completo el papel de madre para adoptar el de hermana mayor, lo cual me era útil cuando lo necesitaba. Entonces la perdoné.

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* * *

Con Alberto nos gustaba detenernos en el barrio vecino al bajar de Gálata a Tophane. En nuestros días de bachillerato, las mayores locuras tenían lugar en el café Nezih, localizado en la frontera entre los dos barrios. Teníamos que pagar una coima para entrar a aquel lugar, que apestaba a té rancio y humo de cigarrillo. La emoción empezaba en el instante en el que deslizábamos el primer paquete de cigarrillos en la mano del mesero parlanchín. Los clientes del Nezih eran todos taxistas, burócratas, pensionados, desempleados neuróticos y adictos a las apuestas. Alberto y yo jugábamos cartas y esperábamos secretamente que en cualquier momento estallara una pelea dramática. En cierta ocasión, un joven borracho se acercó a nuestra mesa con una excusa trivial y empezó a arrojarnos insultos del estilo: «¡Gallinas infieles de Gálata, aquí no se les ha perdido nada!»; entonces, un hombre bien parecido, de unos treinta y tantos, llegó de repente. Tras agarrar de la oreja al sujeto, lo arrastró hasta la puerta y lo echó. Así fue como conocimos al Albanés, el rubio Iskender Elbasan. Después de perder a su esposa en el parto, Iskender Abi (Abi significa hermano mayor) se había mudado de la casa suburbana de su suegro y llegó a Gálata. Nunca visité la joyería del Gran Bazar, que le pertenecía parcialmente. Yo sonreía y les prestaba poca atención a los clientes del café Nezih que daban por sentado que él era un contrabandista de antigüedades. Él sabía escuchar con paciencia y enunciaba las palabras con claridad en un acento de inmigrante. Fue el primero en hacerme pasar por las puertas de vaivén de un meyhane y quien buscó a la enfermera eslava que me llevó a la cama por primera vez. Un día, Iskender Abi se mudó a la planta baja del somnoliento edificio diagonal al nuestro. Y, con el tiempo, se convirtió en mi protector y confidente. Akile lo llamaba el Proletario Caballero de Gálata.

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Eugenio decía que los bizantinos pusieron a los genoveses en Gálata por razones logísticas. «Somos un témpano que se desprendió del iceberg de Génova hace ochocientos años y encalló en Constantinopla». Quizá por eso, al visitar Génova, no me sorprendió encontrar reflejos de Gálata allí. En su apogeo, este era un barrio habitado por una minoría de clase media alta, según decía mi abuela, «pero cuando llegamos era como un campamento de fantasmas». Los primeros en revivirlo fueron los migrantes de Anatolia oriental. Luego, en la década de 1990, los extranjeros que enseñaban en los nuevos colegios privados descubrieron las virtudes prácticas y estéticas de la región. Más adelante, escritores, pintores, artistas y algunos profesionales que creían tener un espíritu bohemio invadieron los edificios de piedra que se resistían al paso del tiempo.

El dueño de la cafetería Tigris, en la calle de la Torre, era Devran, de Diyarbakır. Se rumoraba que lo habían torturado durante los cinco años que había estado en la cárcel como prisionero político. Y esto, como él bien lo sabía, era lo que atraía a los jóvenes a su local, pese a que la comida era por completo insípida. A la izquierda de la entrada había un tablero de anuncios donde Devran fijaba frases clichés de intelectuales de izquierda y fragmentos de poemas y textos aceptables. Una de sus recomendaciones me ayudó a hacer las paces con la poesía, que el colegio había convertido en algo espeluznante. El título de esa obra maestra era un poema extraordinario en sí. Gracias a Desgasté cadenas añorándote, de Ahmed Arif, comenzaba todos mis días leyendo poesía y empecé mi propia colección de poemas. Cada vez que me sumergía en uno podía sentir un placer semejante a resolver ecuaciones matemáticas o a patinar en un tablero de ajedrez de infinitos escaques suspendido en el aire. Encontré el silencio en la poesía y regañaba a cualquiera que entrara en mi habitación, incluida mi abuela. El erotismo destilado del poeta popular del siglo XVII Karacaoğlan me resultaba tan especialmente seductor, que incluso tuve que ocultarle a Iskender Abi que en ocasiones me masturbaba con aquellos versos. Los poemas que escribí en mis años escolares se los mostré solo a Selçuk Altun, un amigo cercano de Eugenio, quien prefería su lado bibliófilo a su faceta de escritor. Cuando este describió mi poesía como «no carente de esperanza» decidí intentar con la traducción. Mis versiones de Montale y Cavafis me parecían como el revés de un tapete de seda. «¿Qué puedes hacer si el alma de poeta se niega a colaborarte?», decía Eugenio.

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En los viejos tiempos, debajo de la cafetería Tigris quedaba el almacén del relojero Panayot Stilyanidis. Para el momento en el que yo cursaba el bachillerato, Panayot tenía sesenta y tantos años, y trabajaba solo. Debido a que ya casi nadie necesitaba mandar a arreglar relojes, él se dedicaba a las viejas piezas obstinadas que le enviaban los comerciantes de antigüedades. Yo me ponía feliz cuando me dejaba verlo trabajar, me encantaba oír los duelos entre los antiguos relojes de pared y de mesa; contenía la respiración cuando se ponía la lupa en el ojo y alzaba sus pinzas especiales. El mecanismo interno de un reloj me parecía tan complicado como el panel de control de un avión y tan fantástico como una momia egipcia resucitada cuando las pinzas le devolvían su tictac. El maestro artesano Panayot se reía para sus adentros cuando me ponía nervioso con la cantidad de diligencias que me encomendaba. En medio de su escritorio tenía un viejo reloj francés, y yo observaba absorto cómo el pájaro mecánico que tenía los colores del arcoíris, oscilaba de izquierda a derecha en su jaula dorada con cada segundo que marcaba. El corazón del maestro Panayot se paró cinco días después de que me diera el reloj que le había dejado su padre. No tenía hijos; era el último eslabón de la cadena de la familia Stilyanidis, relojeros por cuatro generaciones. Después de su muerte, la viuda le vendió su edificio a mi madre y se mudó a Quíos con el resto de los relojes antiguos de su marido.

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* * *

Siempre que la gente me preguntaba qué quería ser cuando grande, respondía impacientemente: «Relojero». Cuando mi abuela me preguntó qué me gustaría estudiar, respondí: «Semiología» y guardé silencio. Mi sueño era ser alumno de Umberto Eco en la Universidad de Bolonia. Al descubrir haji Ulvıye que semiología significaba «estudio de los signos», me preguntó si era un idiota. Luego, con la complicidad de mi madre, me hizo una oferta: si escogía Ingeniería o Administración, ella pagaría mis estudios en Estados Unidos. Con la guía de Eugenio (que había hecho un doctorado en Berkeley), me presenté a una docena de universidades. Por insistencia de Selçuk Altun añadí Columbia a la lista en el último momento. Cuando recibí la carta de aceptación del Departamento de Economía de la Universidad de Columbia la leí tres veces, a distintas horas del día. Fue solo después, al llenar los formularios de inscripción, que me enteré de que Columbia estaba en Nueva York. Durante mis cuatro años de pregrado viví en una ciudad enciclopédica. Descubrí que solo los ricos y los más pobres disfrutaban realmente la ciudad, los demás teníamos que contentarnos con filosofar sobre la banalidad.

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Los años pasaron de prisa, sin historias de amor ni aventuras y, antes de que me diera cuenta, regresé a casa con un diploma de grado de la Universidad de Columbia. ¿Era a mí o a mi país al que le había pasado algo? Al abordar el avión de Nueva York a Estambul me pregunté qué titulares irritantes llenos de trivialidades me esperarían al aterrizar. A una buena porción de mis compatriotas parecía afectarle más un gol fallido de su equipo de fútbol que la diaria y constante corrupción; en verdad ni siquiera leían los periódicos por vivir pegados a las telenovelas. También tenía mis prejuicios hacia el Parlamento que habían elegido.

Para tranquilizar a mi familia, conseguí trabajo en el departamento de inversiones de un banco importante, pero no soportaba a los burros de mis colegas ni a la torpe administración. Además, debo reconocer que odiaba recibir órdenes. Renuncié al final de mi primer mes, seguro de que mi abuela sentenciaría: «Es igual a su abuelo».

Pensé que podría ensayar una carrera académica en economía. Puesto que a haji Ulvıye le gustaban los títulos serios como gobernador, general o catedrático, aceptó financiar mis estudios en el extranjero siempre que el proceso culminara en una cátedra universitaria. Mi profesor favorito de Columbia, Assael Farhi, era hijo de una familia del barrio de Balat (Estambul) y también enseñaba en un programa de doctorado en la London School of Economics. Me presenté y fui aceptado para el semestre de invierno, lo que significaba que mis vacaciones se prolongarían por tres meses. Decidí ir dos semanas a Italia, donde visité a Elsa, que manejaba una galería de arte en Venecia y compartía una escalofriante mansión con una artista que olía a disolvente de pintura.

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—Pareces uno de esos caballeros mediterráneos antiguos —me dijo la artista—, de esos a los que las mujeres quisiéramos exterminar.

Durante la cena en la mansión, Elsa me contó de Alberto: había emigrado a Australia y ahora enseñaba química en un colegio de Sídney; su esposa trabajaba en el área de recursos humanos de un hospital y era seis años mayor que él. Reservé un pasaje a Australia, emocionado de volver a ver a mi amigo, pero las cosas no salieron bien. La mujer no perdía ocasión para regañarlo. Soporté aquel hogar sin alma una semana y después tomé un tren a Adelaida. Me quedé dos días en una estación remota en el interior australiano, solo porque se llamaba Ararat. De Sídney volé a Alejandría, mi última parada, y deambulé por los lugares donde Cavafis se aislara a sí mismo alguna vez, recitando sus últimos poemas como una larga oración.

Estábamos a mediados de otoño cuando regresé a Estambul para aburrirme profundamente en la boda de un amigo del colegio y, para completar, con el vino barato me dio dolor de cabeza. Camino a casa, me senté en una banca frente a la Torre de Gálata y charlé con algunos niños que estaban allí; sus familias eran migrantes de Anatolia oriental, pero no les impresionó que adivinara los nombres de los pueblos pequeños y las aldeas aún más pequeñas de donde provenían. Después me levanté, con la esperanza de que al pasearme por las calles silenciosas y desiertas en esa tranquila noche se me pasara la borrachera. Caminé en dirección hacia el viento fino que me soplaba de frente. La calle, tan estrecha que apenas podía pasar una bicicleta, era una fuente de fastidio. Un poco más adelante vi a una niña de siete u ocho años que lloraba en la entrada de un edificio casi abandonado, con una sola luz encendida en el tercer piso; vestía un suéter y una sudadera que le quedaban pequeños y no tenía zapatos. Estaba temblando y yo no podía dejar de pensar que sus lágrimas eran más bellas que las perlas. Conmovido, me quité el saco y la envolví con él. La niña de ojos color verde oliva era la hija de Devran Abi, Hayal. Era muy dulce y su padre la llevaba con frecuencia a la cafetería cuando era una bebé. Recordé cómo corría hacia mí y me rodeaba la pierna con sus brazos apenas me veía. Devran (que en paz descanse) había muerto de cáncer mientras yo estaba en Nueva York. La viuda se había casado con un viejo amigo de Devran, de quien él siempre había sospechado. Hayal me contó que su madre había muerto en el hospital hacía dos días y que su padrastro la había echado de la casa.

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Aunque sabía que no obtendría respuesta, toqué el timbre de ese cabrón despreciable. Después miré a la niña temblorosa.

—Quédate esta noche con nosotros —le dije—. Si Dios quiere, para mañana ya te habrás librado de ese borracho.

Acto seguido, la alcé y la cargué en mi espalda. Ella lloró hasta que se quedó dormida con la cabeza en mi hombro. El tictac de su corazoncito y el calor de su cuerpo me abrumaron, y comenzaron a salir lágrimas de mis ojos. Yo era un vago de buena reputación que nunca había hecho nada por nadie. Mi madre recibió la sorpresa mientras miraba televisión.

—Akile —le anuncié—, esta bella princesa es mi nueva hermana.

Al día siguiente, Iskender Abi y yo enterramos a la madre de Hayal. A cambio de un poco de dinero, el padrastro me entregó a la niña y abandonó Gálata para siempre.

Hayal era tan fuerte como su padre. Superó el trauma con un poco de ayuda de un psicólogo y se convirtió en una chica encantadora e inteligente. Ahora estudia en el bachillerato austriaco y quiere ser médica. Se peina el pelo por la mitad porque así me gusta a mí. Le dice Abuela Haji a mi abuela y Mamá Akile a mi madre. Va con Abuela Haji a visitar la tumba de mi abuelo, al spa en Gönen y a ver a su hermana en Artvin. ¿Acaso es una regla que una vieja costumbre fastidiosa debe mortificarnos desde la cuna? Como se supone que los hermanos mayores tienen que casarse antes, en vista de mi soltería confirmada, Hayal está convencida de que nunca le llegará su turno. «Mamá Akile, nunca tendré la oportunidad de casarme», se queja.

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* * *

Durante mis cuatro años de posgrado en Londres viví en un apartamento cerca del Museo Británico, a quince minutos a pie desde la universidad. De frente, el edificio de ladrillo parecía como de Lego, y solo después de instalarme descubrí una placa, en el vestíbulo, que conmemoraba el hecho de que el premio nobel Bertrand Russell había vivido allí. En una de sus fiestas religiosas, mi madre vino a visitarme con Hayal, a quien llevé al zoológico porque ella así lo deseaba. Antes de eso, yo no había ido ni siquiera a un circo porque pensaba que eran un símbolo de la esclavitud. Pero en la jaula de los leones (¿estaba despierto o soñando?), mis ojos se encontraron con los de una leona joven. Nos miramos un buen rato, hasta que ella se acercó al borde de la jaula e inclinó la cabeza como si quisiera que se la acariciara. El resto de los animales se quedaron mirándome con compasión, como esperando mi señal para atacar. Los otros grandes felinos, tigres y panteras, me saludaron de lejos batiendo la cola. Al mes siguiente volví al zoológico y disfruté de los mismos ritos de hospitalidad. Entonces se me ocurrió que tal vez esos nobles felinos reconocían a un verdadero amigo a primera vista y pensé con melancolía en Tristán. Gracias a él me había aprendido los nombres latinos de cientos de especies de pájaros. Cuando mi abuela se negó a comprarme un acuario, la bombardeé con los nombres de las veintisiete clases de tiburones que vivían en nuestros mares. Cuanto mejor conocía a las personas, más respetaba a los animales. Siempre me gustaron los niños, sobre todo las niñas pícaras de narices mocosas. Solía ir a la Plaza Tünel solo para darles unas monedas a los niños mendigos. «Si no le dejo mi fortuna a la Fundación de Caridad para los Niños, me temo que lo harás por mí», decía mi abuela.

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En los últimos seis años he dado clases dos días a la semana en la Universidad del Bósforo. El año pasado, cuando me ascendieron al cargo de profesor asociado, mi abuela preguntó:

—¿Eso qué significa?

—Si los profesores son generales, soy un coronel.

—Bien. En ese caso, felicitaciones.

También empecé a dar clases un día a la semana en la Universidad Kadir Has, solo porque nunca me aburría en mis caminatas hasta aquel edificio nostálgico en el Cuerno de Oro. Los estudiantes, quienes pierden la inocencia en cuanto empiezan a ganar dinero, me dicen Hocam, que quiere decir «mi profesor», y eso me reconforta el corazón. En mi tiempo libre leo poesía, estudio semiología, juego al ajedrez y resuelvo sudokus. Si voy al centro, me quedo aterrado con los nuevos rascacielos inmensos y me siento acongojado por todas esas personas que van de un lado a otro como robots en bluyines. Como le confesé a Tristán, estaría más que dispuesto a trabajar para cualquier político honesto que pudiera salvar al país de convertirse en Burdostán. Por lo demás, no veo ninguna razón para abandonar Gálata.

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En las primeras vacaciones de verano que tuve mientras estudié en Columbia, me convertí en el vecino de mi abuela al mudarme a su apartamento eternamente vacío. Lo amoblé con antigüedades de viejas mansiones de Gálata: mi escritorio, mi sillón desgastado, mis mesas auxiliares con bustos de los miembros de la familia. «Eres un tipo de animista único», dijo Eugenio cuando le conté que ya le había presentado los bustos a Tristán. Colgué algunos mapas viejos en la pared de la sala, en los lugares que dejaba la biblioteca de mi madre. Uno de ellos era un grabado de 1559 de Sebastian Münster. Era el objeto más emocionante del tesoro dejado por uno de mis antepasados (ni siquiera mi abuela podía recordar cuál). El mapa, que Hayal describió como una novela gráfica embutida en una sola página, representaba Gálata antes de la conquista. Todo estaba revuelto detrás de las antiguas murallas de la ciudadela, con nuestra torre erguida y poderosa junto a un acueducto.

Con el dinero que le pude exprimir a mi abuela para los gastos de mis estudios, había coleccionado unos cuantos mapas viejos y tomé cursos de latín para poder examinarlos más detenidamente. No había ningún nombre de ninguna ciudad en esos mapas que no fuera poético. Aquellos en los que me fijaba, letra por letra, me llevaban al interior de sus murallas en unos recorridos ejemplares; suponía que debía experimentar lo que le había sucedido a la humanidad debido a los errores individuales.

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Alberto, cuya madre lo obligaba a escuchar música clásica durante media hora todas las noches porque creía que eso agudizaba la mente, se copiaba de mí en el colegio siempre que podía. Para mí, la música clásica era como una canción de cuna insistente, y la música pop, algo parecido a vegetales enlatados. En Estambul había muchas tiendas de instrumentos musicales en la calle Galip Dede, que conecta el barrio de Gálata con la avenida Istiklal. «Abi, ¿quieres hacer que la gente piense y se ría a la vez?», me preguntó Hayal alguna vez, y yo le respondí que caminaba a toda prisa por esa calle para evitar que los instrumentos de las vitrinas me lanzaran notas antimusicales. Mis propias notas musicales eran, y siguen siendo, el sonido del viento que susurra por los laberintos de nuestro barrio, los gritos de las gaviotas, las sirenas en la niebla, los silbidos de los trenes, los llamados a la oración, las campanas de las iglesias y las risas de las niñas pequeñas, naturales y libres de expectativas. Cuando quiero escuchar una sinfonía, me doy un largo paseo.

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Nuestros ingresos por rentas son depositados en la cuenta bancaria de mi abuela. Después de los gastos, lo que queda se divide una mitad en dólares, otra mitad en liras turcas, y se ingresa en tres cuentas que devengan intereses, una para cada uno de nosotros. Pero ni mi madre ni yo tenemos permitido tocar nuestras cuentas. Mi abuela consigna $7500 en la mía todos los meses; una cantidad que ajusta de manera periódica y paritaria con el salario del primer ministro. Estoy seguro, por cierto, de que la de mi madre se ajusta según el salario del presidente. Hayal tiene que besar la mano de la abuela para recibir su mesada.

Yo coleccionaba relojes y daba paseos temáticos. No tener ninguna razón para ahorrar dinero era la fuente de mi libertad. En mis años de estudiante, me paseé por Anatolia para ver los castillos, los puentes antiguos y los faros. Viajé a Ginebra para admirar los relojes en las vitrinas, a Tarifa por las ballenas asesinas, a la bahía de Druridge por el santuario de aves, a Omán por las rayas y a Odesa para jugar ajedrez con un maestro que era travesti. En el Parque Natural Harnas de Namibia, la gente se sorprendió de que no supiera quién era la mujer silenciosa en el grupo del pícnic con Marieta y Schalk, los dos leones domados (la mujer de ojos violetas era una estrella de Hollywood llamada Angelina Jolie).

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A Hayal le fascina ver a los pescadores en el puente de Gálata y yo voy con ella cuando está peleando con su novio. Según las pancartas que cuelgan en el puente por orden del alcalde, hoy, 29 de mayo de 2008, es el 555.º aniversario de la conquista de Estambul por los bizantinos. Eso significa que mañana cumpliré treinta y tres. Esas pancartas me recuerdan todos mis cumpleaños sin celebrar. Pero, como dijo Oscar Wilde, «Después de los veinticinco todo el mundo tiene la misma edad». En mis cumpleaños me canso de no cansarme nunca.

Debería llamar desde una cabina telefónica a madama Olga, la maestra jubilada, quien me conoce como Engin Galatali y me dice «mi Sultán», no por hacer el amor con dos mujeres a la vez, sino porque había empezado a leer los poemas de su compatriota Joseph Brodsky.

Por Selçuk Altun

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