“Soy rubia. Rubísima. Soy tan rubia que me dicen: “Mona, no es sino que aletee ese pelo sobre mi cara y verá que me libra de esa sombra que me acosa”. No era sombra, sino muerte lo que le cruzaba la cara y me dio miedo perder mi brillo”, escribió Caicedo en “¡Que viva la música!”.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Quién mejor que este autor colombiano para cerrar este ciclo de “Plumas transgresoras” en la jácara literaria de El Espectador. Caicedo fue un escritor que llevó su vida al límite tanto en sus escritos como en una existencia muy corta, que pivoteó en torno a su ciudad natal, al cine (su gran pasión), al teatro y a la crítica cultural. Dejó una huella indeleble en la literatura colombiana y en la cultura en general, a pesar de haberse suicidado con solo 25 años. Autor de la novela “¡Que viva la música!” (1977), una obra que se ha convertido en el símbolo de una generación, en el emblema de la búsqueda de identidad, la exploración del deseo, la vida nocturna, el desencanto de los años setenta y la autodestrucción. Andrés Felipe Escovar, en su libro sobre la génesis de esa novela, prafrasea al crítico Raymond Williams, quien ubica la icónica obra de Caicedo como la mejor de las novelas publicadas en 1977 en Colombia, sobre todo porque la novela “explicita el conflicto entre una cultura foránea y otra local, encarnado en el personaje de María del Carmen Huerta, proponiendo tres caractrerísticas de la protagonista que responden a la realidad latinoamericana: ambigüedad cultural, dependencia cultural y autodesprecio”. (Escovar, A. F. (2021). El cuaderno de Andrés Caicedo: aproximación y transcripción de la génesis escrituraria de ¡Que viva la música! (First edition.). Editorial Universidad del Rosario, p. 41).
Andrés Caicedo Estela nació en Cali el 29 de septiembre de 1951. Su afición por la lectura, el cine y la escritura empezó desde muy pequeño. Su adolescencia fue compleja y estuvo marcada por expulsiones, internados y peleas con su familia y maestros. Las expectativas de sus allegados y las construcciones sociales lo sobrepasaron; le generaron frustraciones, rabia y necesidad de exploración identitaria que encontró en la literatura y en la cultura urbana. Sus primeros escritos fueron cuentos (algunos con solo nueve años). Luego obras de teatro y muchos apuntes sueltos que ya mostraban sus angustias, sus obsesiones, los conflictos familiares, la vida nocturna y la exploración urbana, el cine, las drogas y la música, sobre todo la música. Se matriculó en la Universidad del Valle, en el departamento de teatro, pero nunca terminó. Por esa época escribió obras de teatro como “La piel del otro héroe” y “Recibiendo al nuevo alumno”. Asimismo, con su grupo de teatro (Teatro experimental de Cali) montó y adaptó varias piezas de diversos autores. Por ese entonces empezaron a aparecer sus primeros cuentos de los suplementos dominicales de algunos periódicos de Cali.
Se apasionó por el cine: fundó el Cine-Club de Cali y la revista “Ojo al cine”. Allí publicó críticas, ensayos, cartas e incluso fragmentos de guiones. También fue parte del grupo de escritores “Los dialogantes”. La crítica cinematográfica se convirtió para él en un espacio de narración. Era un trabajador incansable en todos los proyectos en los que estuvo vinculado. En sus diarios y cartas se ven la disciplina y los horarios que se autoimponía.
Dentro de sus cuentos encontramos “Angelitos empantanados”, “Los dientes de caperucita” (ganador del segundo premio del Concurso Latinoamericano de la revista “Imagen de Caracas”) y “El tiempo en la ciénaga”. Casi todos con personajes adolescentes que no se adaptan al entorno familiar y que no logran responder a las expectativas sociales, porque les atrae la noche, la ciudad y las experiencias al límite. Esta narrativa forma parte de una tendencia latinoamericana de poner la cultura popular como centro identitario: la música y el cine son fundamentales en su obra. En 1974 viajó a Estados Unidos con la esperanza de vender algunos guiones de cine, pero no lo logró. Luego apareció publicado “El atravesado”, otro cuento.
El 4 de marzo de 1977 recibió los primeros ejemplares de su emblemática novela: “¡Que viva la música!”, y ese mismo día se quitó la vida con solo 25 años. Ya había mencionado en varias ocasiones que no valía la pena vivir más allá de esa edad. En sus diarios y cartas, que luego montó como libro el escritor Alberto Fuguet, se ve su determinación con la muerte desde mucho antes:
“Cali, 1975
Mamacita:
Un día tú me prometiste que cualquier cosa que yo hiciera, tú la comprenderías y me darías la razón. Por favor, trata de entender mi muerte. Yo no estaba hecho para vivir más tiempo. Estoy enormemente cansado, decepcionado y triste, y estoy seguro de que cada día que pase, cada una de esas sensaciones o sentimientos me irán matando lentamente. Entonces prefiero acabar de una vez. (…)”. (“A Fuguet, A Caidedo, Mi cuerpo es una celda: una autobiografía”, Alfaguara, 2014, p.14)
“¡Que viva la música!” es una novela (su única novela) que está narrada en primera persona por parte de María del Carmen Huerta, una caleña rubia, de clase alta que se adentra al mundo nocturno de la ciudad. La música se convierte en el hilo conductor de su camino y su deseo de vivir todo lo posible. La protagonista se pierde o se encuentra (depende de la mirada que se le quiera dar) en los patrones sociales preconcebidos y en sus ansias de libertad. Está estructurada a partir del rock en inglés y de los sonidos afrocaribeños… La voz de María del Carmen es desbordada, plagada de repeticiones que reflejan su necesidad de vivir y de imágenes repentinas.
Andrés Caicedo dejó en su corta vida una obra ambigua y la vez certera, que pone a dialogar al cine, al teatro y a la literatura urbana, y se convirtió en pionero de la narrativa urbana colombiana.
Si le interesa seguir leyendo sobre El Magazín Cultural, puede ingresar aquí 🎭🎨🎻📚📖