7 Mar 2020 - 10:20 p. m.

Andrés Caicedo y el cuento de su vida: Un hombre bueno no escribe novelas (Cuentos de sábado en la tarde)

Comenzaré por el fin: viernes 4/mar/1977. Edificio Corkidi No 2, Cali. Cualquier cantidad de seconales. En esa fecha decidí quitarme la vida porque siempre sostuve: Vivir después de los 25 años es deshonesto: es un repetirse porque se ha superado la capacidad de asombro.

Luis Carlos Muñoz Sarmiento*

Cortesía
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Sí, discutible; pero, así concebía la vida. Aún se escuchan voces de quienes piensan que el suicidio obedeció a una actitud generacional; algunos lo creen un suicidio didáctico, una enseñanza; otros, que fue un ejemplo para los de mi clase, la burguesía (¡que tanto se vio afectada con mi novela!), e incluso para mis amigos. Nada de eso. Cada cual entra en la muerte de una forma propia y particular: la que más se le parezca. Y yo escogí el suicidio. Bastaba un empujón externo o un resbalón interno para precipitarme al vacío: y esto fue lo que ocurrió. Hecho que no contradice en nada mi tenaz e irrefrenable apego a la vida durante los escasos —cronológicamente hablando— 25 años que viví. Suficientes para dejar obra y morir tranquilo, para demostrar que la madurez —esa palabra que tanto odié— no siempre va pareja con los años. La narrativa colombiana “está integrada por ancianos que apenas si rozan los 30”, decía Cobo Borda en un artículo que hacia el final expresaba: “Así el niño castrado que aspira a volver al útero materno se convierte en el hábil narrador que ‘organiza datos para elaborar un sufrimiento’.” Todo ser humano, reconózcalo o no, anhela retornar a la madre. Tema sobre el que hay bastantes ejemplos en la literatura: basta revisar las obras de Hesse o Lovecraft, como Demian o Las aventuras oníricas de Randolph Carter, esas que algunos llaman literatura para adolescentes o para clases burguesas; o algunas de Camus, como El extranjero, La caída, La peste, con las que no se atreven a meter quienes decían algo por ahí. 

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Volviendo sobre el suicidio vale anotar que nunca vi en él un estigma para mi familia, ni un escape vergonzante o una salida ilegal —y no pido perdón a la Iglesia— sino que siempre consideré más válido abandonar el mundo por mi propia mano, lo que para mí era destino y muy pocos entendieron así: al cabo, el suicidio, sin perdón de la Iglesia, es el único acto verdaderamente libre en nuestras vidas… (aunque ya no estoy seguro; como diría el poeta Pablo Armando: “Nadie elige su muerte, ni siquiera el suicida”). Uno de mis últimos textos lo expresa: “Sonreí al pensar en sus palabras que nombraban por ‘angustia’ algo que para mí era destino”. Antes del 4/marzo, tuve dos intentos de suicidio, uno de los cuales me significó 39 días de reclusión en la clínica Santo Tomás, de Bogotá, por sobredosis de valium. Después, le comenté a Óscar Campo que el último sería con seconal. Cuando cumplí 24 años llegó mi hermana Pilar a la casa —Alfonso Echeverri estaba ahí— con un bono de regalo para comprar un disco: “Feliz cumpleaños, mijito”; le respondí: “El último de mi vida, Pilarcita”, a lo que ella agregó: “Dejá de hablar pendejadas”; concluí: ¡Uf, te lo garantizo!” Como ven, fue un suicidio con garantías.

Tres años atrás, viajé a Estados Unidos con tres guiones —un western y otros dos basados en cuentos de horror— dos de ellos para vendérselos a Roger Corman, el maestro de la serie B, quien había hecho en cine El cuervo, La caída de la casa Usher, La máscara de la muerte roja, Cuentos de terror (Tales of Terror, traducido como Destino fatal), El palacio de los espíritus y El pozo y el péndulo, todos relatos de Poe, maestro del horror y lo sobrenatural en la literatura. El viaje fue inútil. No conocí a Corman. Después volví a Nueva York, entre sept/26 y oct/20/1974 —allí celebré mis 23 años— y en compañía de Luis Ospina asistí durante casi un mes a seis funciones diarias de cine. En esa ocasión fue cuando definitivamente se forjó mi trivia cinematográfica. Así, de la experiencia negativa con Corman y de la positiva con el Festival de Nueva York surgió Pronto: fragmentos de unas tales Memorias de una Cinesífilis, encontrados dentro de una botella en las riberas del Canal de Panamá. Relato publicado en Obra en Marcha No 2, 1976, que haría parte de una novela que se quedó en proyecto: lo que en él digo sobre Corman pertenece a la ficción (acude ahora en tropel a la mente cuando les escribí a mis padres desde los United States y cometí un lapsus: en lugar de “mi visa expira”, escribí “mi vida…” y aunque me apresuré a corregir, ya para qué como dice el temita; y aunque pensé que eso tenía para mí algo más de reflexión que de profecía, cada día me convenzo de lo contrario: las palabras toman cuerpo, son, pese a la resistencia pasiva o decidida, acción).

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Regresé con la idea de vivir solo en un apartaco, preferiblemente ubicado en San Antonio, el único lugar donde se podía respirar aire puro en Cali (aunque también en Silvia o en Pance, pero ese es otro asunto; además, como siempre dije, a mi papá le costaba mucho permanecer como dueño de un predio y por eso tuve que terminar canjeando mi íntima vocación campestre y de aire puro por mi pacto maldito con el humo de la bareta y con la densidad de la droga, con la que no obstante jamás me entendí del todo; pero, lo más grave, es que mi papá le haya trabajado tanto a los ricos recibiendo a cambio solo explotación y vendido su fuerza de trabajo hasta el agotamiento en medio de un absoluto conformismo; ah, otra cosa que no le perdono al viejo, por haber fomentado en mí la preocupación, es que me haya dicho alguna vez: “Yo moriré de cáncer en la garganta”). De ese periodo hago un flash back para recordar mis andanzas con Guillermo Lemos, Bernardo el Sastre y Clarisolcita, quien se llamaba Clara pero por culpa del Loco Paz se quedó así, mi heroína de la perdición, con quien me conocí cuando entre 1968 y 71 dirigí el segundo grupo del Teatro Experimental de Univalle; ella, con apenas ocho años, asistió al estreno de Mar, una de las obras que monté. Pocos años antes, hacia 1962, ya me había impuesto un inexorable plan de lectura. Llevaba una bitácora con los libros que había leído y de cada uno tenía un comentario escrito y guardado (después haría lo mismo con el cine, cada película llevaba su correspondiente comentario: es solo una cuestión no tanto de actitud como de obsesión y esta no es más que un sucedáneo de la libertad, es decir, el sacrificio hecho en nombre del amor). A los 13 años escribí el cuento El silencio. Tiempo después llegaron las piezas teatrales Las buenas conciencias, El fin de las vacaciones y Los imbéciles también son testigos; la novela La estatua del soldadito de plomo; y el ensayo Los héroes al principio. Obras, todas, prácticamente desconocidas aún en Cali.

En 1969, estudiaba en el San Luis Gonzaga y daba mis primeros pasos en el teatro creando bocetos, borradores, manuscritos y montajes, entre los que destaco: La cantante calva —que no pudo ser presentada el Día de la Madre porque era una obra obscena— y Las sillas, ambas de Ionesco, junto a Brecht, el dramaturgo que más admiré; además, La noche de los asesinos, de José Triana. En el Teatro Experimental de Cali (TEC), bajo la dirección de Enrique Buenaventura, hice mi único trabajo como actor en la obra Seis horas en la vida de Frank Kulak. A partir de esa experiencia me incliné por la dirección teatral, campo en el que Enrique notaba mayor talento y riqueza imaginativa. En cambio, Delio Merino Escobar, director del grupo de planta de Univalle, siempre me valoró más como crítico que como actor o director, básicamente por un artículo mío sobre el montaje que, de Madre Coraje, de Brecht, hizo La Candelaria, de Bogotá, bajo la dirección de Santiago García. La reseña le sorprendió, según dijo, por la radiografía que hice de Brecht, por el paralelo hecho con la obra de Gorki (La Madre) y por la ausencia de juicios personales, lo que proyectaba una “profunda madurez [dele con la palabreja] crítica”.       

El mismo año 69, con Berenice, ganaría el concurso de cuento Univalle y el segundo premio del Concurso Internacional de la revista Imagen, de Caracas, con Los dientes de Caperucita; y, en 1972, el de la U. Externado, en Bogotá, con El tiempo de la ciénaga que, apartando la modestia, considero mi obra maestra.  Estando en el San Luis Gonzaga escribí los dramas La piel del otro héroe y Recibiendo al nuevo alumno: aquella, ganadora del Primer Festival de Teatro Estudiantil, en 1966. Dicho año 69, también, formé parte del grupo Los Dialogantes que, entre otras cosas, nunca supe por qué se llamaba así. Antes, había estudiado en el Pío XII, Nuestra Señora del Pilar, San Juan Berchmans, entre otros, y terminé el bachillerato, con mucho trabajo, en el Camacho Perea (las evocaciones religiosas que aparecen en ¡Que viva la música! provienen de dicho lastre pedagógico). Un día le dije al profe de matemáticas: “Mire, no tengo ni siquiera idea de sumar y no me interesa aprender, entonces si me va a poner un examen le voy a copiar; a mí solo me interesa el diploma de bachiller y eso porque hay que sacarlo”. El profe me dio unos cuestionarios que llevé a la casa: “Pilar, resolvéme estos formularios como para sacar tres”; los resolvió y así fue como saqué el cartón. El que ahora reposa en uno de mis baúles, predestinado a uno de mis futuros vampiros, de esos chupa-sangres que no faltan. 

Enseguida, mi mamá comenzó a presionarme para que entrara a la universidad. Para no tener problemas, porque nunca los quise tener, con ella, claro, me presenté a Humanidades en Univalle. Saqué uno de los puntajes más altos, le llevé la tarjeta a mamá: “Ya pasé por la U., tomá la tarjeta, pero a mí no me interesa estudiar allí”. Esa fue, a grandes rasgos, mi carrera de estudiante. Sin embargo, siempre fui autodidacta. Y mi verdadera formación artística arrancó de los seis años cuando empecé a dibujar historietas, trabajo que aprendí de José Félix Escobar. Me dediqué con ansiedad casi febril a la literatura, al cine, al teatro, a la fotografía, hasta a la publicidad. Entonces, comencé a escribir cuentos, crónicas sobre cine, críticas teatrales, guiones cinematográficos, novelas y a escuchar música: primero el rock de los Rolling Stones; después, lo que genéricamente se conoce como salsa (que en realidad fue el nombre que tomó de un son habanero de Ignacio Piñeiro, Échale salsita, son que venía precedido por el montuno y más atrás por el changüí, que no es sinónimo de son, como dicen algunos, sino su precursor al lado del danzonete, de la danza criolla, del danzón y de la rumba, entre otros ritmos): Ricardo Ray & Bobby Cruz (la mejor orquesta del mundo), Willie Colón, Johnny Pacheco, Ray Barreto, Héctor Lavoe, la Tico (y luego la Fania) All Stars, Pete Conde Rodríguez, Bobby Valentín, el Gran Combo y Andy Montañez, Larry Harlow e Ismael Miranda, Charlie y Eddie Palmieri, Roberto Roena y su Apollo Sound, Willie Rosario y Frankie Nieves, Celia Cruz, Cortijo e Ismael Rivera, Tito Puente, Mongo Santamaría, Frankie Dante, Adalberto Santiago, la Orquesta Broadway, la Típica Novel y la Charanga América, entre los nombres más connotados. 

Desde muy pequeño me interesé por la lectura de los peruanos Vargas Llosa y Bryce Echenique; los mexicanos José Agustín y Carlos Fuentes; los gringos Poe, Lovecraft, Flannery O’Connor; los ingleses Lowry, Connolly, James (éste, de origen gringo), Milton, Dickens y Burgess; los gilipollas Cela y Baroja; y los ches Borges y Cortázar. Pese al deslumbramiento que pueda suscitar la sola mención de tan prestigiosos escritores —y aquí debo apresurarme a desvirtuar fantasmas en torno a un cabal conocimiento suyo, por parte mía: mis lagunas son tan grandes como las de la época en que bebía Póker con frenesí—, las claves para descifrar buena parte de mi literatura es posible hallarlas en los representantes de la Beat Generation, el primer rompimiento generacional del siglo XX, la mal llamada Generación Vencida si se observa la definición de John Clellon Holmes: “La palabra ‘Beat’ puede decirse que tiene un nombre: quien ha sobrevivido a una guerra, sabe que ser beat no significa tanto estar muerto de cansancio como tener los nervios a flor de piel”. E hipersensibilidad no es sinónimo de resignación, sensible no significa vencido; además, la resignación es ya de por sí mal de nuestro pueblo, no solo personal, y siempre lleva a lo peor. Por eso hay que combatirla por todos los medios que sean necesarios, diría Malcolm X, refiriéndose a asuntos menos triviales que los míos, v. gr., la supervivencia de los demás afroamericanos y entre ellos la de los Panteras Negras.

De la Beat Generation hacían parte Jack Kerouac con su clásico On the Road, Allen Ginsberg, quizás su más grande poeta con Growl, William Burroughs, autor de Naked Lunch, uno de mis libros preferidos, Gregory Corso, el inspirado poeta de Gasolina y Lawrence Ferlinghetti, el recordado creador de Fotografías del mundo que se ha ido, su primer libro de poemas y del famoso Coney Island de la mente. Con ellos entendí que la verdadera influencia de un escritor sobre otro se manifiesta en el subconsciente: esa impresión de voces grabadas transcritas al papel que producen algunos de mis cuentos, evidencian huellas de la literatura instantánea —creada por Kerouac—, porque en ellos las asociaciones fluyen libremente conformando de manera anárquica la esencia del discurso narrativo. Hecho del que nunca fui consciente hasta ahora. Bueno, sobra decir que no siempre se es consciente de las cosas que se escriben pues ya se sabe que el arte es más un affaire de emoción que de coherencia, aunque otra cosa pudieran pensar los académicos, los mismos que nunca han querido aceptar que el noventa por ciento del arte es producto de la calle antes que del aula, del autodidacta antes que del profesional.  

No obstante, entre quienes se han preocupado por estudiar mi obra nunca se menciona a Hesse, Sábato, Rulfo ni Miller, artistas decisivos, más que en la literaria, en mi formación humana y ante quienes siempre fui permeable. De Hesse heredé, v. gr., el rechazo al sistema educativo que sacrifica la fantasía e imaginación propias del niño, en aras de una formación rígida (por no decir carcelaria), para conseguir personas obedientes, y unilateral, olvidando que ese niño es fuente de creatividad antes que depósito de la misma; de Sábato aprendí que cuando haya una disputa entre la razón y el instinto, se le debe dar la razón al instinto, como quiera que no sólo la Razón produce monstruos sino que la Razón de Estado solo ha servido para que este monopolice la injusticia; de Rulfo, como en así de cuentos suyos y en algunos míos se puede comprobar, la reiteración permanente, para tapar los huecos de… la memoria; y de Miller, su extravagante sentido de misión que hace doblemente visible y palpable su presencia, lo mismo que la de sus personajes que, como los míos, aparecen y desaparecen en algunos de sus exorcismos, para reaparecer en otro de ellos, lo que la crítica moderna llamó intertextualidad: algo que siempre ha existido. ¿Quién que viva en pos del conocimiento, tras el alma y su desnudez (la del alma), podría ignorar Demian, Bajo las ruedas, El túnel, Sobre héroes y tumbas, Pedro Páramo, El llano en llamas, Trópico de cáncer o Trópico de capricornio? ¿Quién que se pregunte qué es el hombre, podría ignorar esas crónicas plenas de vida, sensualidad, conocimiento del hombre y la mujer, sexo, anarquía y muerte? Nadie. 

Vino después mi experiencia en publicidad (cuando trabajé con Carlos A. Jaramillo, director de Aquelarre, revista que publicó El tiempo de la ciénaga), campo en el que creé toda la campaña del nuevo diario El Pueblo. Sobre ese mundo del glamour y la alienación hay un ejemplo que desbarata el mito creado en torno a todo autor con una altura mayor de la normal… y que evoluciona precozmente: “He oído que pronuncian el nombre de Andrés. ¿Será que se esmeran para traerme trabajo? ¿Responderé bien si me traen un trabajo? ‘Aquí tiene usted un jabón Varela, sáquele una máxima que lo haga popular’, jaja, no me dirían eso, esa frase es como de película argentina sobre la publicidad, esas que yo pongo tanto de ejemplo son conocer a fondo. En realidad no conozco a fondo nada, ni el inglés, ni Poe, ni Hitchcock, ni las artes de la escritura”. Ejemplo para recordar que detrás del genio se esconde el hombre. O, mejor, está. Cualquier persona podía verme comiendo helados en el Dari-Frost o en la Ventolini, al inicio, bebiendo cerveza en el café Los Turcos o en la fuente de soda Mónaco, después, repitiendo slogans de poderosas empresas que, con nombre propio, aparecen por ahí en mis obras. Lemas que olvidaba en Macondo, la primera discoteca, y en Amémonos, al Sur, cuando acababa el goce: nadie, eso sí, me vio ingerir los seconales con los que este se acabó.

Como ya dije, nunca quise tener problemas con mamá… con papá sí: digo, sí los tuve, pero menores. En el plano personal, la tartamudez, que no me dejó ser actor; estos dientes, que no me dejaban respirar; el asma, que tampoco…; esos nervios… que me impedían armar un bareto; la tristeza… daba risa (siempre sufrí de ella, claro, de tristeza, esa especie de freno que uno tiene, producto de la cultura católica recibida: quizás por eso, el perico también me deprimía y también por eso siempre pensé que tenía la sombra del mal en la cara y el desencanto y la malicia en cada ojo, todo esto a su vez a causa de la culpa); el deseo de matar… Cómo no creer en Dios (que aquí no es más que el título de una canción cursi, de esas que tanto invoco siempre que Patricita me hace falta, cómo podría ocultarlo); el temor a enloquecer, pienso luego… ¿qué?; el miedo a la crítica; la angustia y el delirio de persecución, que genera la crítica; la certeza de ser importante… fueron elementos que reforzaron la decisión de quitarme la vida el viernes citado, instantes después de decir a alguien se me estalla la cabeza, en Calicalabozo, aquella ciudad sólo para adolescentes, donde nací el 29/sept/1951 (la primera vez que quise suicidarme fue en una rumba, cortándome las venas después de ingerir 25 blues, como decíamos del valium de diez mg; la segunda está rodeada de nubes allende mi memoria, aunque parece que tomé 125 pepas, tras discutir mucho con Patricita: todo ello causado por ese irrefrenable deseo de autodestrucción, que siempre confundí con lascivia, cuando no es otra cosa que la mayor forma de comodidad, obscena y perversa hasta la médula). Algo sí debo aclarar, así no sea justificación: a los que aún puedan creer que soy marica, solo les digo lo que una vez le expresé al amor de mi vida: “Patricita, yo no soy homosexual”. Pueden preguntarle a la loca del HAT o a Devil Beccasino, que ellos sí saben de chismes.  

En el plano psicológico, mis conflictos fueron básicamente con Edipo (siempre sufrí en soledad por la ausencia de mi madre y no dejaba de pensar que una visita suya bastaría para sanarme y al tiempo me preguntaba si sería capaz de cruzar con Nellie dos palabras de interés, si estaría tranquilo al sentir sus músculos rozándome los míos, si algún día podría abstraerme al influjo del lechero, ese árbol cuyo olor penetrante me trae su recuerdo, si habría algún día decisión para escribir los libros famosos que ella y otros más esperan de mí): ¡éste, Edipo, reitero, y el cucarrón metido dentro del pecho!... (el que me dejó clavado mi Patricita, el mismo por el que tengo el corazón en pedacitos… como lo dice el siguiente texto inédito hasta hoy: Sobrecupo. Hace tiempo decidí no volver a entregar mi corazón a nadie. Así que lo envolví en papel de aluminio, para que no se dañara u oxidara y lo guardé en mi caja torácica, que es donde siempre había estado. En mayo pasado, siempre en mayo, por qué será, ¿por la virgen o por la madre?, aunque hice lo posible por impedirlo, una vez más me lo dejé robar sin poner ninguna condición. De nuevo me volvían a engañar: contra la rebeldía del corazón no hay vigía que pueda… No obstante, me dijeron que lo cuidarían toda la vida y yo, atiguibas, creí, creyendo de antemano que no debería creer más. Se lo comieron entero, para vomitármelo poco después, hecho una porquería. Tras la cura, decidí hacer realidad un viejo sueño: cortar el corazón en pedacitos y servirlo así en bandeja a quien se fuera apareciendo, que el mío es, ¿o era?, demasiado corazón para entregarlo de una vez: no vaya y sea que después se atraganten. No me arrepiento de esa decisión. A algunas mujeres, por esas paradojas según las cuales solo acierta en amor quien se equivoca, les parece, sin embargo, que en cada pedacito sigo dando mucho, y si a alguien le parece poco le digo que tenga paciencia, que ya le tocará otra ración en el próximo reparto. Pero, eso sí, cuando advierto que quien lo pide no lo quiere para disfrutarlo sino para escupirlo, a cambio doy un trocito de hígado, que tiene el mismo color y sabe igual pero deja luego el sabor amargo de la hiel, es decir, idéntico al de la mierda. El último año he repartido tantas porciones de mi rojo manjar que en vez de soledad tengo sobrecupo en mi fraccionado corazón. Como diría Sábato: así se da la felicidad, en pedazos, por momentos) ¡ah! y, por supuesto, lo que una vez dije: el horror del hombre comienza cuando intuye las consecuencias desventajosas que puede traer su necesidad de cultura y cuando busca refugio imposible en una inocencia perdida. 

Todas esas son causas sobradas para que cualquiera tenga un resbalón interno en la vida; para comprobar que Un hombre bueno es difícil de encontrar tanto como uno perfecto y para que el lector esté seguro de que, en caso de hallar uno u otro, ninguno de los dos escribe novelas (crecí tan duro y tan malo, con tantas cucarachas en la bezaca y con tal conciencia del fracaso que por lo mismo, tras terminar ¡Que viva la música!, ya tenía claro que no haría más novelas, entre otras cosas para qué o para quién con ese desprecio de la gente por lo que uno escribe, y que tampoco le daría a mi madre más descendencia, o sea, nietos a los que ella pudiera acariciar y cuidar y a la vez estropear, habiendo tanta gente en el mundo como hay, y yo ya seguro de querer dejarlo todo, incluida mi Patricita del alma, mi Patricialinda, mi placer y mi tormento, la única para quien quería que siguiera habitándome el vigor y la tiesura de ese pedazo de músculo flácido, pero que cuando ya uno está desencantado del mundo no espera que se le yerga ni con cemento ni con el futuro viagra, además porque él mismo ya no quiere darse gusto de vida sino que va al encuentro de la muerte con su casco uniocular, sin más ánimo que dar un grito sordo por el fracaso, no un viva hipócrita por la fama o la gloria o por la supuesta felicidad). 

Y, no obstante, para echar por tierra el pesimismo ajeno y para darme ánimos mientras viva, debo decir, ahora que la originalidad está prohibida, que nunca dejé de creer que era bueno lo que escribía y lo que aún escribo y que aunque las sombras del mal quieran golpearme los cachetes y los seis dedos de la frente, seguiré creyendo hasta el final que la escritura es mi mejor y única droga, a través de la cual alcanzaré la paz del espíritu, no la del inexorable sepulcro, y en el curso del tiempo no habrá motivo alguno para reflexiones amargas, no lo habrá: mi palabra, como dijo el poeta, no se perderá. En cuestiones de literatura, siempre habrá quién sepa dónde ponen las garzas… o los garzones, en esta peliaguda selva de cemento que nos tocó habitar. (1)

A mi hijo Santiago.

Nota (1): La ilustración que acompaña a este cuento, corresponde a la portada del mismo que, como tributo a mi trabajo, publicó, por iniciativa propia, y me obsequió, mi amigo Eduardo Arias, en 2007, con ocasión de los 30 años de la publicación de la novela ¡Que viva la música!, siendo yo aún colaborador de la revista Semana.

* (Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico literario, de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Colaborador de El Magazín, 2012, y columnista de EE, 23/mar/2018. Corresponsal de revista Matérika, Costa Rica. Su libro Ocho minutos y otros cuentos, Colección 50 libros de Cuento Colombiano Contemporáneo, fue lanzado en la XXX FILBO (Pijao, 2017). Mención de Honor por Martin Luther King: Todo cambio personal/interior hace progresar al mundo, en el XV Premio Int. de Ensayo Pensar a Contracorriente, La Habana, Cuba (2018). Invitado por UFES, Vitória, Brasil, al III Congreso Int. Literatura y Revolución – El estatuto (contra)colonial de la Humanidad (29-30/oct/2019). Autor, traductor y coautor, con Luis E. Soares, en Rebelión. E-mail: lucasmusar@yahoo.com

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