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Andrés Castañeda: “La responsabilidad del arte sí es poner a la gente a pensar”

Entrevista con el periodista y autor colombiano, que reeditó con Panamericana su novela “Flores para mis muertos”.

Andrés Osorio Guillott

27 de mayo de 2026 - 02:17 p. m.
Andrés Felipe Castañeda, autor colombiano, considera que sin la música no habría podido dedicarse a escribir literatura.
Foto: Cortesía
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Usted ha insistido en la idea de las conversaciones pendientes. ¿Por qué ese concepto es tan importante?

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Creo que tiene mucho que ver con el hecho de que cuando mi abuelo se murió yo tenía 11 años y creo que muchas de las preguntas que me vinieron después me habría gustado hacérselas. O sea, cómo era este pueblo cuando usted era joven, cómo era ser sastre en esa época, cómo fue criar… Por ejemplo, mi abuelo crió a un hijo que no era de él. Es un poquito muy Tom Hagen, que llegó a jugar con Sonny un día. Un pelado llegó un día a jugar con mi tío, el hermano mayor de todos, y se quedó en la casa y creció prácticamente como un hijo. La mamá apareció cuando él se graduó del colegio.

Entonces, muchas de esas inquietudes se quedaron pendientes ahí. Mi papá murió cuando yo acababa de cumplir 18 años y yo a él siempre le puse una barrera por un montón de razones, y muchas cosas que quise decirle después ya no se las podía decir. Entonces, creo que el tema de las conversaciones pendientes sí me tocó muchísimo.

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Me acuerdo mucho que cuando yo era chiquito, cuando salió Cartoon Network tal vez, decían como “caricaturas de los 0 a los 99 años” y yo no entendía por qué. Y cuando pregunté me dijeron como: “No, pues es que los ancianos vuelven a ser como niños”. Entonces creo que los niños suelen tener una muy buena relación con sus abuelos, básicamente porque los abuelos ya no tienen la responsabilidad de criarlos, que tuvieron con sus hijos. Pueden tener una relación distinta y esa forma de relacionarse, que sí es una figura de autoridad, pero es una figura con la que te relacionas distinto a tus papás porque no te regañan, porque no te castigan, porque te alcahuetean un montón de cosas, a mí me parece muy interesante.

Y creo que, de alguna u otra manera, también tiene que ver con que, a pesar de que no vivimos tanto tiempo cerca en los últimos años, yo sí tuve una muy buena relación con mi abuela materna. Entonces yo la llamaba mucho, hablábamos mucho. El tema de la cocina era muy importante para ella y también atraviesa mucho el núcleo de mi familia: las recetas, las tradiciones. Yo no sé si lo hagan en todas las familias, creo que no, pero por lo menos en la Pascua de Navidad y en la Pascua de Semana Santa mi abuelo siempre llevaba galletas y vino. Pues reiterando también que me hubiera gustado mucho conversar con ellos de un montón de cosas.

Dice acá una de las frases en un diálogo: “Los muertos también tenemos que dejar descansar a los vivos”.

Es que hay un montón de temas con la muerte y con cómo nos relacionamos con ella. Y creo que para las personas que no somos creyentes particularmente de ningún credo y que sentimos muchas veces esa angustia de estar solos en el universo, no encontramos muchas respuestas o, más que respuestas, no encontramos mucho sosiego.

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Pero para las personas creyentes ese sosiego sí existe, porque finalmente lo que no se explica le echan la culpa a Dios y ya. Y creen que, de alguna u otra manera, están las ánimas ahí, que están las almas y que pueden recurrir a ellas y demás.

Dice también en el libro: “Así se decidió la fundación del pueblo para consagrarlo a Dios y agradecer su benevolencia”. Hablemos entonces del papel o la manera en que plasma la influencia de la religión.

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A uno siempre le preguntan como: “Ay, ¿y esa novela es autobiográfica?”. Y no. O sea, yo no estoy escribiendo versiones mías que son distintos personajes, porque entonces todos serían metaleros, serían ateos y serían tirapiedras, y yo no puedo negar que socioculturalmente la religión y la figura del dios judeocristiano son muy importantes en Colombia. Entonces, lo hice porque yo me tengo que confrontar con eso.

Dice en otro de los diálogos: “El mundo está lleno de fantasmas que nadie escucha”.

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Hay un cuerpo para hacer un duelo, como para completar ese ciclo y para saber: “Yo estoy acá, mi muerto está en este lugar y yo puedo acudir a este lugar”. Pero la desaparición forzada es tan brutal que ni siquiera tenemos cifras consolidadas. Todas las entidades tienen cifras diferentes.

Y pienso en lo angustioso que puede ser para la familia, pero, en caso de que exista un orden metafísico del universo, lo angustioso que debe ser para esas personas que ya no existen físicamente decir: “Oiga, estoy acá”, y no encontrar una forma en la que sean escuchadas. Entonces, de alguna u otra manera, quise plasmar eso en ese pasaje del libro.

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Y ahorita hablamos del tema de la violencia. Acá hay otra cita que me llamó la atención. “Por esa época la casa estuvo más sola que nunca porque mi mamá se dedicó por completo a sus oficios como manera de hacer el duelo. Tenía vocación de maestra y una sensibilidad por el arte, sobre todo por la poesía, porque creía auténticamente que la poesía servía solo si pretendía cambiar al mundo y para ella hasta los sonetos de amor más románticos eran una motivación para luchar por causas justas”. Le pregunto entonces por esta definición aquí de la poesía...

Yo creo que pienso muy similar a la mamá, sobre todo porque los sonetos y los poemas a los que ella se refiere son de poetas de la Generación del 27, poetas como García Lorca, que terminan asesinados por el régimen franquista. Y para Lorca realmente la poesía era muy honda, o sea, como que la poesía era también resistencia y una forma de decir: “Yo amo de esta manera y yo veo el mundo de esta manera”. Y el hecho de expresarlo y de publicarlo ya en esa época era un acto de resistencia y un acto revolucionario.

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Entonces me parece que… Igual también quería construir un personaje femenino que fuera lo suficientemente fuerte como para que la historia, de alguna u otra manera, girara a través de ella. Lo que traté fue de que el narrador no fuera el protagonista, sino que él estuviera observando y le estuviera entregando el protagonismo a la persona que necesitaba tener el protagonismo en ese momento.

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De hecho hay varios personajes femeninos en el libro y quiero preguntarte también por qué esta historia está tan rodeada de ellos y por qué también escoger como uno de los centros de la historia a un niño.

Creo que fue muy inconsciente. Y luego pasan un montón de cosas, pero la mayoría de la gente… la familia tradicional en Colombia realmente no existe. Entonces creo que fue muy orgánico crear un pueblo así, en el que los hombres no están tan presentes y las que toman las riendas son las mujeres. Inclusive hay una escena en la que preguntan por el hombre de la casa y te dicen que no hay hombre.

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Uno lee estudios y cifras y noticias sobre estudios y dice como: “Ah sí, ya sé de dónde vino”. O sea, como que hay algo ahí en el subconsciente que te dice por dónde irte y ya después como que lo entiendes.

Lo que pasa es que yo no sabía que el niño iba a ser el protagonista cuando empecé a escribir. No sabía que iba a ser el narrador durante toda la novela porque me planteé varios caminos. Uno de los caminos que me planteé era que hubiera diferentes voces. Entonces me imaginé, por ejemplo, que la mamá también hablaba.

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Bueno, supe casi que desde el principio hacia dónde iba la novela, pero no sabía cómo llegar hasta allá, porque pensé que el niño iba a llegar a ser un anciano para esa escena final y dije: “Nadie va a leer una novela de una persona que nadie conoce y que tenga 400 páginas”. Entonces terminé condensando todo y, cuando me di cuenta de que no era necesario, simplemente dejé que el niño creciera un poco, pero desde mi perspectiva.

No es el niño el que escribe, sino el niño el que recuerda y cuenta esa época de su vida. Pero igual entiendo que mucha gente cree que es el niño el que escribe, crea y entiende, y lee que es un niño que está narrando siendo un niño todavía. Y me parece que igual es perfectamente válido porque finalmente, cuando uno publica un libro, le pertenece al mundo y hay tantos libros como gente que los lee. Así que está muy bien.

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Mencionó ahorita La hojarasca, pero claramente, por la forma en la que está construido el libro, por esta dualidad entre vivos y muertos, uno piensa en Juan Rulfo. Y quiero preguntar quizá por la influencia que haya de él o cómo fue que terminó siendo la historia un poco de nuevo esa dualidad.

Juan Rulfo y Pedro Páramo… Eso se puede hacer. O sea, uno queda —o por lo menos yo quedé— totalmente descolocado después de leer esa novela. Es lindísima, desgarradora y muy profunda. En ese momento imagino racionalmente que eran experiencias que soñaba, pero yo veía como una especie de… Recuerdo mucho una noche en la que empecé a llorar y llamé a mi mamá. Y ese día todavía estaba ahí y me hablaba y me decía cosas, pero igual queda como la semillita de: “Oiga, ¿y si hay algo?, ¿y si hay una forma?, ¿si hay un puente entre esos dos mundos?”. Pues es extraño, uno no tiene respuestas nunca absolutas, pero en la ficción uno se puede arriesgar a hacer un montón de cosas y me pareció que era el camino para contar esa historia en particular.

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Y por supuesto el otro componente tiene que ver con la violencia y, en este caso, un poco de violencia estatal. ¿Por qué plasmar esa parte de la realidad colombiana en esta novela y esa llegada tan abrupta y de modo tan violento del Ejército al pueblo?

Sí, creo que nosotros solamente sabemos que somos un país en conflicto y ya, pero no ahondamos en ello. Es un poquito como “no se habla de Bruno”: de eso no se habla, no hablamos de esas cosas. Y hay demasiadas historias al respecto.

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Y me parece que la responsabilidad del arte sí es poner a la gente a pensar, independientemente de… Creo que es mi forma de decir: “Oiga, tenemos que hablar de esto. Tenemos que hablar de que llevamos demasiados años matándonos”. Porque es que no es que el conflicto empezó en el 64 por el bombardeo en Marquetalia; es que hubo un conflicto previo, es que hubo tres guerras con el Perú al principio del siglo XX, es que la violencia bipartidista comenzó a mitad de los años 30 porque el Partido Conservador se opuso con todo lo que tenía a una reforma agraria.

De eso tenemos que hablar. No para quedarnos ahí, es simplemente para que no vuelva a pasar. Porque no puede volver a pasar que volvamos a la época en la que se queman libros, en lala que se desaparece gente porque piensa diferente y en las que el Estado, que nos debería proteger a todos, desaparece, tortura y mata gente.

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A las flores uno les adjudica una belleza, como algo muy puro, pero las flores terminan siendo también este símbolo de la muerte, del duelo, y el título del libro quizá habla un poco de esto...

Es que pasan muchas cosas, pero la primera vez que yo fui plenamente consciente del olor de las flores fue cuando se murió mi abuelo y entré a la funeraria. Y dije: “Así huelen las flores”. Y a uno las flores le terminan evocando precisamente eso.

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Y es ese aroma que uno percibe cuando llega a un cementerio, un cementerio de pueblo, digamos, o el Cementerio Central de Bogotá, o el cementerio que queda en Chapinero, y compra las flores en la entrada para llevar a la tumba de su familiar, de su amigo, de su conocido. Es ese aroma que está ahí. Y tú pasas por el parque de flores y te llega eso, y tú no piensas: “Ay, el matrimonio de tal”, ¿no? Hay detrás algo funerario.

Y pasa que, claro, las flores también son un recordatorio constante del ciclo de la vida, de lo efímero y demás. Pero también quise decir… Cuando mi abuelo murió, pues era un cementerio de pueblo, le llevábamos flores. Mi papá está enterrado en Jardines del Recuerdo, en el norte, y allá no se pueden llevar flores porque todas las lápidas son iguales.

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Los nuevos cementerios son todos iguales, las lápidas son iguales, son lindísimas y tienen bombillitos apuntándoles por la noche para que se vea lindo cuando la gente pase en el carro. Pero no está esa misma ritualidad. Me parece que las flores son precisamente esa ritualidad.

Entonces creo que era lógico. Y es una forma también… Yo no sé si sucede en todos lados, pero yo también crecí escuchando que los muertos barrían sus tumbas en las noches y las arreglaban y demás. Entonces sí me parecía que era lógico.

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