Inquilinos corporales, mensajes interespecies, gusanos mentales, huéspedes psicológicos, alcaloides con propiedades neurotóxicas. En “Fieras interiores” (Penguin Random House) Andrés Cota Hiriart hace un recorrido que atraviesa nuestra corporalidad y nuestra psique para ofrecernos una mirada nueva sobre ese exuberante reino que nos habita, los millones de microorganismos que se valen de nuestra intimidad anatómica para subsistir.
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Sin acartonamiento académico, y entre la crónica personal y el ensayo juicioso, este comunicador de la ciencia narra con un rico lenguaje literario aquel entorno salvaje que somos, uno repleto de fieras minúsculas: ácaros, hongos, bacterias de las cuales somos el hogar ideal. Al final, una pregunta sobre nuestro lugar en el gran esquema de las cosas y una invitación a valorar a los seres que nos habitan: nuestras pequeñas grandes fieras interiores.
¿Cómo trabajó la idea de los dos tipos de fieras interiores? Las “imaginarias” y las reales. ¿Cómo se entrelazan en su obra?
En un principio este iba a ser un libro dedicado sobre todo a los parásitos y a las entidades biológicas que nos habitan, pero al estar hurgando entre los tejidos y los polizontes de las entrañas, irremediablemente me fui cruzando con esas otras entidades que nos habitan y que también nos hacen ser quienes somos: las fieras interiores de carácter psicológico; es decir, los pensamientos recurrentes, los apegos, las compulsiones y los recuerdos intrusivos que, para bien o para mal, trazan la pauta de nuestros días. Por supuesto, sin olvidar también a aquellas personas que nos marcan.
Como su abuela, que padeció esquizofrenia.
Eso dejó una huella profunda en todos los que la rodeamos. La locura es así, se derrama sobre todo el árbol familiar y salpica a quien se deje. Lo que no podría haber previsto, antes de tirarme un clavado de lleno en el proyecto, es que, a la luz de hallazgos recientes, esas dos capas de mi obsesión —los parásitos y las enfermedades mentales—, en ciertos casos parecerían estar bastante más correlacionadas entre sí de lo que podría aparentar. Cuando encontré el cruce entre ambos, el lenguaje con el que venía refiriéndome a los parásitos me sirvió también para revisitar la enfermedad mental de mi abuela.
Uno de los asuntos más llamativos sobre la esquizofrenia está en lo que nos cuenta de aquellos casos en los que su origen es infeccioso. ¿Cree que eso puede cambiar nuestra idea y nuestra comprensión de las enfermedades mentales?
Pues justo se está gestando un cambio de paradigma respecto a diversas patologías mentales. Hasta hace poco el campo de la neuroparasitología no era del agrado de la psiquiatría canónica, que a veces sigue viendo al cerebro humano como si fuese algo superior, apartado o diferente del resto de criaturas vivas (cuando la verdad es que somos parte de un continuo y la experiencia humana es solo una de tantas otras experiencias sintientes en la floresta). Es que, a juicio médico, resultaba imposible considerar que unos protozoarios (entes unicelulares) pudiesen robarnos la voluntad; sin embargo, a la luz de estudios recientes, la realidad es otra. E insisto, si uno ve que el toxoplasma, por ejemplo, es capaz de alterar la conducta de las ratas, de los conejos, y ya no digamos de los chimpancés, lo natural sería pensar que quizás nosotros no estemos exentos, pues a fin de cuentas somos mamíferos y nuestros procesos fisiológicos y neurológicos son afines al grupo taxonómico al que pertenecemos. No dudo que en años venideros atestiguaremos un vuelco de nociones al respecto.
¿Cómo asume la lucha permanente contra el antropocentrismo y la costumbre de categorizar todo como bueno o como malo? Por ejemplo, usted explica que no todos los parásitos son malos.
Lo supuestamente bueno o malo no tiene ningún sentido más allá de una lógica puramente humana. Son categorías éticas que no guardan ninguna relación con el universo objetivo, ya no digamos con lo que acontece en la floresta, más allá del terreno que compete a nuestra sociedad. Solamente operan en la realidad intersubjetiva, producto de nuestra mente, que establece las convenciones a las que nos aferramos localmente para organizar nuestra sociedad en un momento dado. Fuera del terrible mundo que hemos creado para los nuestros, en la naturaleza —de la que el mundo humano también es parte— no existen tales cosas como la crueldad, la injusticia, la desigualdad o la maldad.
Tampoco relaciones absolutas de ventaja o desventaja, por ejemplo.
Es que todo depende desde qué perspectiva se interpretan los hechos. El término parásito, por ejemplo, es totalmente contextual y fluctuante; está en función de quién decidimos que es el protagonista de la historia o del ciclo de vida particular. Digamos que, a los ojos de los gusanos intestinales, las tenias o solitarias son tan solo una criatura como tantas otras, que hacen lo necesario para sobrevivir. Es fundamental recordar que el mundo viviente no tiene por qué cuadrar con nuestras modestas categorías, juicios de valor y definiciones. Pensemos en esa porosa categoría de dividir a los animales entre carnívoros y herbívoros y decretar que los primeros son los depredadores, cuando, si le preguntásemos a las plantas, no existe nada más temible que una cabra o una vaca.
¿Cómo lidia con la dificultad de hablar de ciencia con rigor y sin acartonamiento en tiempos de la IA, con tanta información no verificada, datos falsos y expertos hechos al minuto?
La única manera de salir avante es procurar cultivar el razonamiento crítico, pues ante el imparable alud de información-desinformación y todo lo que está en medio, que sacude nuestra cotidianidad, la única esperanza de no quedar completamente empantanado es formar las bases para poder discernir a qué tipo de contenido hacerle caso y cuál desechar como mero entretenimiento. Me parece que eso solo se logra por medio de la cultura y complejizando el marco referencial al cual nos atenemos para sacarle sentido a lo que nos rodea. Las narrativas que consumimos —historias, libros, películas, pódcast y series— tienen un peso político y tremendamente determinante, porque a fin de cuentas nos dotan con la posibilidad de poder pensar en algo.
¿De qué manera se gestiona eso desde el lado de quienes, como usted, se dedican a la comunicación del conocimiento?
Considero imperante dar un vuelco al estilo con el que se ha venido haciendo, al menos en Latinoamérica. Me declaro, pues, enemigo de la solemnidad, la condescendencia, la soberbia y el tono didáctico que suele empañar a la disciplina. También de esa seriedad abrumadora con la que quieren que se le dé un lugar a la academia. Tristemente, la pedantería de muchos catedráticos termina generando justo lo opuesto a lo que queremos y ensancha la brecha con el resto de la sociedad. Desde la posibilidad de cuestionar y del diálogo bidireccional, hay que derribar el falso pedestal e ir a hablar de ciencia en los bares, los fumaderos y los estadios.