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“Quien gobierne en 2026 tiene que construir un horizonte nuevo”, Andrés Mejía Vergnaud

El autor de “La ruta del pragmatismo” habló para El Espectador sobre esta filosofía que busca enfocarse en lo práctico, con base en la idea de que estamos en un mundo en el que es imposible vivir sin concesiones, renuncias y sacrificios.

Santiago Gómez Cubillos

01 de junio de 2026 - 07:00 p. m.
Andrés Mejía Vergnaud, además de filósofo, tiene una trayectoria de 25 años como analista político.
Foto: Santiago Gómez Cubillos
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Parece una perogrullada, pero antes de poner a andar las ideas de este libro, Andrés Mejía Vergnaud invita a sus lectores a poner nuevamente los pies en la tierra y darse cuenta de que no vivimos en el Jardín del Edén. La idea de que no podemos tenerlo todo y, al contrario, que estamos en un mundo finito, muchas veces injusto y profundamente contradictorio es el primer paso para buscar un pensamiento que le dé sentido a la vida; que nos permita salir del idealismo de una utopía y, más bien, trabajar con lo que tenemos a la mano.

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En otras palabras, las suyas, “el mundo sin conflictos, sin escasez y sin dilemas no existe”, pero como es el que nos tocó, debemos hacer algo con él, y para eso propone “La ruta del pragmatismo: la filosofía de lo posible, lo concreto y lo que funciona” (Debate, 2025).

El autor habló para El Espectador sobre las ventajas de aplicar esta corriente filosófica en nuestra vida social y personal, al igual que expuso algunos de los límites y problemas que implica hacerlo. Además, como Mejía Vergnaud también tiene experiencia como analista político, aprovechó para explicar cuáles eran los puntos que el siguiente gobierno, sea de Iván Cepeda o Abelardo de la Espriella, debería tener en cuenta para su gestión.

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¿Cuál fue la idea que puso a andar la escritura de este libro?

Siempre he sido muy escéptico frente a la idea de que un libro o una lectura pudiera cambiarle a uno la vida radicalmente, hasta que me pasó. Fue con un ensayo de Isaiah Berlin que se llama “La búsqueda de lo ideal”, del libro “El tronco torcido de la humanidad”, que cuando lo leí por primera vez sentí una especie de liberación. Y es curioso porque la conclusión a la que él llega sobre la complejidad humana es relativamente elemental, pero creo que estamos sujetos a estructuras de pensamiento tan rígidas que, si no hay un impulso externo, nunca las cuestionamos, y eso fue ese ensayo para mí.

Hablemos un poco sobre la conclusión a la que llega Berlin y que fue tan significativa para usted...

Pongámoslo así: yo podría asegurarte que la gran mayoría de personas son platónicas sin saberlo. ¿En qué sentido? La herencia platónica sostiene que los conceptos fundamentales de la vida humana —el bien, el saber, la verdad, lo justo— existen de manera ideal. En ese plano no hay contradicciones: todo es armónico, perfecto, y las líneas están claramente definidas y, por lo tanto, la vida humana deberíamos orientarla hacia esos ideales.

Sin embargo, lo que muestra Berlin es que la herencia platónica nos impide ver que la vida es esencialmente compleja, que estamos constantemente enfrentados a la necesidad de elegir. En el mundo ideal no se elige, como tampoco se elige en el relato bíblico del jardín del Edén, donde todo es infinitamente abundante. En la vida real, en cambio, hay que elegir permanentemente, y al hacerlo, necesariamente dejamos cosas atrás. Y ahí está el punto verdaderamente liberador: al tomar decisiones no estamos simplemente eligiendo lo bueno y descartando lo malo. Lo típico en la vida humana es que debemos escoger entre cosas que son todas deseables, buenas, importantes, incluso justas, pero incompatibles entre sí. Y nos corresponde decidir.

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Este libro se plantea no como un tratado de filosofía, sino como un recorrido por lo que usted llama un “sancocho” de autores que lo llevaron a entender los puntos esenciales de esta corriente. ¿Por qué hacerlo de esta manera?

Hay algo muy bello en la historia de la filosofía y, en general, del pensamiento, y es que uno, como lector, puede sentarse en pie de igualdad a conversar con quienes han sido grandes pensadores. Entonces, la experiencia que quise proponer es la de compartir lecturas y ese diálogo con distintos autores. Por eso recurrí a la idea de una caminata en la que me voy encontrando con distintos autores y, sobre todo, me enfoqué en que no pareciera un encuentro jerárquico. No es que me cruce con alguien como Isaiah Berlin y haga una reverencia para pedirle que me enseñe la sabiduría. Más bien, le digo: “quiero conversar con usted”, y siento que camina a mi lado durante unos minutos, hablándome, contándome algo.

¿Cómo cree que el pragmatismo podría aplicarse a una visión más amplia, como la de un gobierno, por ejemplo?

Tengo la impresión de que las enormes dificultades que implica construir una sociedad —y lograr que eso nos permita vivir mejor— a veces nos llevan a refugiarnos en la ideología. ¿A qué me refiero? Como estudiante de filosofía he leído con mucho interés los textos que conforman lo que podríamos llamar ideologías políticas: liberalismo, marxismo, conservatismo, etcétera. Pero mi impresión es que el ejercicio de resolver los problemas que afectan la vida cotidiana de la gente puede verse fácilmente perturbado por esos “vuelos” ideológicos. Cuando uno se compromete de manera muy estricta con un marco ideológico, termina más enfocado en satisfacer lo que ese marco exige que en resolver los problemas concretos de la sociedad.

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Eso nos hace olvidar que la conformación de las sociedades, así como su organización en estructuras políticas que llamamos Estados, surgió como un mecanismo para resolver problemas. Inicialmente, eran problemas muy básicos como la supervivencia cotidiana, pero con el tiempo las instituciones, las constituciones y las estructuras de intercambio social que creamos no apuntaban solo a vivir, sino a vivir mejor. Por eso, más que negar el valor de las grandes tradiciones del pensamiento político, lo que propondría es no perder de vista ese carácter instrumental de las sociedades y sus instituciones. Son herramientas para resolver problemas. Y eso también debería darnos la flexibilidad de cambiarlas cuando no están cumpliendo ese propósito.

En ese sentido, ¿qué campos cree usted que el nuevo gobierno debería enfrentar de manera más pragmática y menos ideológica?

Esa pregunta me gusta mucho porque es un tema en el que pienso bastante. Creo que una perspectiva pragmática del próximo gobierno debería apoyarse en dos pilares. El primero, en un sentido más prosaico, es que hay una serie de aspectos en el funcionamiento del gobierno nacional que deben manejarse con mayores criterios de eficacia ejecutiva. Esa idea, lamentablemente, a veces se mira con desprecio en ciertos sectores políticos, como si fuera un valor empresarial o neoliberal. Pero no es eso: es simplemente enfocarse en los objetivos que tiene una institución, lo que implica saber organizarse, tener disciplina, hacer reuniones, revisar cronogramas y presupuestos, evaluar la dirección de los procesos y hacer ajustes. El próximo gobierno, cualquiera que sea su orientación política, debería tener una labor ejecutiva muy intensa.

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El segundo punto, que tal vez es el más importante, es que quien llegue a la presidencia debe ser consciente de algo que suena a cliché, pero que es cierto: Colombia sí cambió. La sociedad colombiana de hoy tiene demandas y expectativas distintas a las de hace diez o quince años. Por eso, sería un error —especialmente en sectores de oposición— llegar al poder pensando que lo reciente fue solo un mal sueño o un accidente pasajero, y que todo puede volver a ser como antes. El pasado no va a volver. Quien gobierne en 2026 tiene que mirar hacia adelante y entender esos cambios. No puede gobernar para una sociedad que ya no existe ni para unas necesidades que quedaron atrás. Tiene que construir un horizonte nuevo. De lo contrario, su gobierno será precario y efímero.

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Por Santiago Gómez Cubillos

Periodista apasionado por los libros y la música. En El Magazín Cultural se especializa en el manejo de temas sobre literatura.@SantiagoGomez98sgomez@elespectador.com
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