
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
No es muy atrevido decir que uno conoce a un autor por sus libros. Ángela Becerra era, para mí, una de esas mujeres fuertes protagonistas de sus historias: era Ella, de “Ella que todo lo tuvo”, con sus peleas internas; seguro tendría la sensibilidad de Soledad Urdaneta, de “El Penúltimo Sueño” y apuesto a que compartía la personalidad decidida de Betsabé, en “Algún día, hoy”.
La concebía como la encarnación de tantas escenas de sus libros y en un día de sol otoñal la tenía en frente para tratar de descifrar a la escritora, para encontrar en ella a sus musas.
Le sugerimos: Óscar Wilde: la tragedia del artista (I)
Al sonido de un violín que se trabuca con el ruido de la Rambla Catalunya, cuenta que antes de concebir su último libro ya había empezado otra novela, pero en un viaje a Cartagena supo de Betsabé Espinal, la joven que revolucionó la Medellín de comienzos de siglo XX y allí decidió convertirla en el personaje central de su escrito.
Betsabé era una más en esa larga lista de olvidadas que, pese a ser una pionera de la lucha obrera, permanecía en ese anonimato ingrato: “Era un tema de justicia sacarla a la luz y cuando comienzo a investigar no encuentro prácticamente nada, solo información de las tres semanas que dura la huelga”, dijo Becerra.
La bellanita era una mujer valiente, auténtica y fiel a ella misma, otra historia ecuménica de lucha por la liberación femenina. Era Ángela dialogando con un pasado mudo durante casi un siglo.
¿Qué tienen en común las mujeres de sus libros?
Son mujeres fuertes capaces de reflexionar sobre la vida. Mujeres muy profundas y femeninas que pueden tener miedo, pero solo como antesala de su valentía. Las mujeres de mis novelas acaban siendo las dueñas de su vida. Son historias muy universales.
¿Cree que las mujeres son subestimadas en la literatura?
Desafortunadamente todavía queda mucho por recorrer. A las mujeres las tildan de escribir de manera romántica y solo para mujeres. Sobre Amor en los Tiempos del Cólera jamás dijeron que era una novela romántica, aunque es una novela de amor con mayúsculas, porque la palabra romántica de alguna manera desacredita la obra y es usada de forma despectiva.
Le sugerimos: Maratón para crear un monstruo liderado por Mario Mendoza
¿De qué se alimentan entonces sus historias?
Mi literatura se alimenta de cómo siento la vida, de las cosas que se quedaron impresas en mi memoria desde pequeña. Cosas vividas, esas que parecen que la memoria no tuviera presente, pero cuando estás escribiendo vuelven. La literatura se volvió una ventana por la que yo escapaba desde pequeña. La que me permitía vivir la vida que yo quería, con ella podía tenerlo todo. Con los diarios me metí en esa ventana que se convirtió en mi vida y que es la literatura. Necesito soñar y ese sueño, ese dejarse ir en la imaginación es la escritura. Para mí es la imaginación al poder.
*
Ángela, que logró hacer su camino en la literatura en un lugar muy lejano de su natal Cali y a los cuarenta años, comenzó a escribir cuando era pequeña. Ella, una tozuda que dejó el éxito de una carrera en publicidad para abandonarse a la incertidumbre de las letras, sabe lo difícil que es tener legitimidad en el medio.
*
Le sugerimos: Benjamín Villegas: “En mi relación con los libros es mucho lo que ha sucedido”
¿Cómo es ese trato a la mujer que escribe?
A las mujeres aún se les discrimina en la literatura. Yo estoy cansada de asistir a coloquios donde se distinga entre literatura femenina o masculina. Hay una realidad: quienes más leen son las mujeres. No es que lean literatura femenina, es que leen y son las más interesadas en la lectura. Yo creo que la palabra no tiene sexo, aunque traten de clasificarla. La palabra es libre y debe seguirlo siendo.
¿En qué hemos avanzado en cuanto a igualdad de género?
Es cierto que no estamos como hace un siglo: la mujer muchas veces tuvo que firmar como hombre para entrar en el mundo literario. Hemos avanzado con el nuevo feminismo, ese que es más real y coherente con lo que es la mujer, ese que acepta y ensalza lo que hay en ella: su feminidad, intuición y sensibilidad. Un feminismo que acepta al hombre y que a su vez es consciente de que el 58% de los cerebros del mundo son mujeres y el 42% restante son hombres. No hay razón para cargarse a uno o a otro. Hemos evolucionado, pero aún hay mucho por hacer.
¿Y los hombres?
Hay una necesidad de liberar al hombre del machismo, una serie de prácticas producto de malas educaciones que han persistido tras muchas generaciones. Hay que permitirles ser emotivos. Darle la posibilidad al hombre de que pueda mostrar su sensibilidad frente al amor. Que pueda ser débil y expresivo.
Podría interesarle: Leer para dejar de temerle a la muerte
*
La escritora deja claro que no solo se identifica con sus personajes femeninos, sino también con los hombres de sus libros o, al menos, cuando cuando hacen un cambio para ver la vida de otra forma. Como ella misma lo expresa: debajo de la obra de cualquier escritor está su alma. Becerra, en veinte años de carrera literaria, siempre ha impregnado la suya a sus historias.
Nos despedimos sin que me dé pistas sobre quiénes serán los próximos protagonistas de la novela en la que ya trabaja, pero con la seguridad de que habrá espacio para esas mujeres complejas que se niegan al sometimiento de la vida. Para las que revelan su interior y desafían las etiquetas.