El tiempo pasa, el viento se lo lleva. El tiempo pasa en un instante, instantes que se van imponiendo en las pantallas. El pulgar sube, sube, sube. Se cansa. Vuelve y sube. El cerebro apenas es capaz de retener lo que ha visto, apenas sonríe y continúa. Cuando aquella pantalla le harta, pasa a la siguiente. Es una más grande en la que ahora ve explosiones, puños que van y vienen, colores vivos que llenan la retina, movimientos rápidos que giran, giran hasta atrapar todos los pensamientos.
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El tiempo pasa, el viento se lo lleva. El tiempo pasa en un instante, instantes que se van imponiendo como ladrillos que se ponen uno encima del otro. ¿Qué ha pasado con el tiempo perdido? No puede ocurrir nada si ya se ha olvidado; no puede pasar nada íntimo y trascendente.
Si ya no hay campo para las lentas odiseas, mucho menos para la inmortalidad y la nostalgia que viene con ella, y, sin embargo, aún existe una elfa dispuesta a desafiar un mundo que vive en constante distracción. Frieren, la elfa que ya ha salvado el mundo del Rey Demonio, se dice una y otra vez que tan sólo compartió diez años con el héroe Himmel, el guerrero Eisen y el sacerdote Heiter, quienes la acompañaron a vencerlo. Aun así, llora la muerte de Himmel como si fuera una humana más, como si diez años en verdad no fueran un leve pliegue en el tapiz que son los siglos de su existencia, como si la inmortalidad le diera un espacio a la culpa y al arrepentimiento.
Las historias épicas siempre entrañan un viaje que consiste en cómo el héroe se hace cada vez más fuerte, cada vez más maduro, cada vez más preparado para enfrentarse al mal, pero el Rey Demonio ya ha sido derrotado. El viaje de Frieren no tiene ese fin, mucho menos cuando ya es la elfa más poderosa. Su viaje consiste en el redescubrimiento de la humanidad, de las emociones y del amor. Junto a Fern y Stark, –una huérfana que le prometió a Heiter cuidar y el aprendiz de Eisen–, Frieren desentierra objetos, visita lugares y recrea momentos que, en su desinterés anterior, había pasado por alto. Cada paso es un acto de excavación arqueológica en su propia memoria, y cada descubrimiento, el impacto que sus compañeros de antaño tuvieron en ella, incluso cuando no era consciente de ello.
Fern y Stark –mortales, emocionales y profundamente anclados al presente–, son ahora el espejo a través del cual Frieren aprende, poco a poco, a entender la fugacidad de la vida humana y la importancia de todos los momentos compartidos.
“Frieren: Más allá del Final del Viaje” tiene una narrativa silenciosa que deja espacio para la reflexión, si nos permitimos levantar la mirada de las pantallas. Que algo sea corto no lo hace menos valioso, y aunque alguien se vaya, no significa que no haya merecido la pena. El amor es un imperativo cuando el paso del tiempo es inexorable. Si nos quedamos esperando grandes momentos, la belleza de lo efímero pasará sin que nos demos cuenta.
“Frieren” es una meditación lírica sobre la condición humana, envuelta en magia y melancolía. Es un ancla emocional hecho de ecos del amor que pudimos dar y recibir. En un mundo acelerado que se mueve mediante los pulgares que suben y suben sobre pantallas, no está de más recordar que el tiempo, aun así, sigue transcurriendo alrededor, levantemos la mirada para ver el jardín o no. Ya lo dijo el poeta Raúl Zurita: “Toda declaración de amor es urgente porque vamos a morir”.
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