El Magazín Cultural

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3 Jun 2021 - 2:00 a. m.

“Armero desaparecerá cuando desaparezca el último testigo”: Hernán Darío Nova

La poética que hay en los vestigios llevó a la periodista Adriana López a acercarse a Armero. Guiada, en un principio, por la idea de la “ciudad fantasma”, se encontró con todo lo contrario: una ciudad viva y presente, y con sobrevivientes que quieren hablar de su ciudad. Uno de ellos es Hernán Darío Nova, un artista que ha dedicado su vida a la construcción de la memoria de Armero.
El reto de Adriana López a la hora de escribir el libro fue hablar de Armero alejada del espectáculo.
El reto de Adriana López a la hora de escribir el libro fue hablar de Armero alejada del espectáculo.
Foto: Adriana López

Transitar por el Café Hawái, el Parque de los Fundadores, la Escuela Jorge Eliécer Gaitán, la Panadería Sajonia, el Hospital San Lorenzo o la parroquia que lleva el mismo nombre. Emprender un viaje a través de la memoria por la antigua Armero y elaborar un camino a través de ella a partir de las múltiples voces que se encuentran en la construcción metafísica de la ciudad. Sentir que Armero vive, que las voces de los sobrevivientes, aunque en diáspora desde hace casi 36 años, hacen que la ciudad se sienta en tiempo presente, no en tiempo pasado. Encontrarse con un intento continuo por ocupar, así sea mentalmente, el territorio en el que permanecen los recuerdos de abuelos, padres, hijos, hermanos, tíos, primos y amigos; y, como tal, conocer los intentos por mantener ese lugar, en el que reposan cerca de 25.000 almas, como un espacio sagrado.

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“Armero desaparecerá cuando desaparezca el último testigo”, afirma Hernán Darío Nova, armerita que ha dedicado su vida a la construcción de memoria de la antigua ciudad mediante el arte y la cultura. A su parecer, esa es la contemporaneidad que tiene Armero: que sigue viva en los sobrevivientes, y lo seguirá estando hasta que muera el último de ellos. En su caso, el arte ha sido su cómplice. Creyendo que esa es la vía para hacer de lo abstracto algo visible, y que el arte puede ser un punto de encuentro para recordar, Espacios metafísicos, Armeroscopios y el Memorial a las víctimas de Armero y la visita de Juan Pablo II son algunas de las intervenciones que ha llevado a cabo en nombre de su comunidad. Situarse entre las ruinas y encontrar que en medio de un espacio vacío las manos y la mente pueden recrear la descripción de puertas y ventanas, lo llevó a realizar el primero de ellos. Proyectando una foto que en el fondo se trasluce en un acrílico, con lo que se muestra aquello que ocupaba el espacio hace más de tres décadas, recreando un antes y un después de diez puntos de la ciudad, y trasponiendo los dos tiempos al tratar de imitar el ángulo de la fotografía que muestra lo que antes había allí, lo impulsó a crear el segundo proyecto artístico. Y la necesidad de ofrecer una nueva perspectiva del diálogo sobre Armero, dejando de lado el estigma de los armeritas como damnificados, para referirse a ellos como sobrevivientes, lo llevó a construir la silueta del sumo pontífice con piedras de la ciudad. En 2015, con motivo de los treinta años de la tragedia, se inauguró esta pieza con la intención de promover un cambio discursivo: dejar de hablar de destrucción y muerte para conversar sobre espiritualidad, solidaridad y aliento.

La poética que hay en los vestigios y las historias detrás de ellos llevaron a Adriana López a acercarse a Armero. Guiada, en un principio, por la idea de la “ciudad fantasma”, la periodista se encontró con todo lo contrario: una ciudad viva y presente, y con sobrevivientes que quieren hablar de su ciudad para contar desde sus voces qué es Armero. Halló que en las Crónicas de Indias ya se hablaba del territorio, aunque no con el nombre que ahora conocemos, y que a lo largo del tiempo se han construido relatos y leyendas que poco coinciden con lo que los armeritas cuentan; López recopiló, en Los fantasmas de Armero o el quinto elemento: crónicas desde el cuerpo (Editorial Universidad Pontificia Bolivariana), una serie de relatos provenientes de la cultura popular y de documentos oficiales, así como de leyendas y recuerdos de los armeritas, con la intención de armar una cartografía de Armero con múltiples voces, construyendo lo que en palabras suyas es una “memoria universal”.

El reto a la hora de escribir el libro fue precisamente eso: hablar de Armero, pero no desde el espectáculo. Fue permitirse habitar un espacio que, pese a lo sagrado, ha sido invadido por historias que en radio y televisión han sido motivadas por el morbo, dejando de lado las narraciones de sus habitantes. Por ello fue importante sentarse a conversar con los armeritas, quienes, a pesar de estar regados por el mundo, se han esforzado por trabajar en la memoria de su ciudad, así como permitir que la misma Armero permeara, e incluso superara, sus cinco sentidos, para así poder recorrerla desde fotos, poemas y crónicas. “No es agradable pensar que aquellos a los que uno amó quedaron reducidos a una atracción de circo”, dice Nova. Y es que personas como Ana Cecilia Santos, vicepresidenta de la Asociación Colonia de Armero, quien recuerda cómo construyó con sus compañeras La Sagrada Familia, el colegio donde estudió, y Sandra Bolaños, quien cada año vuelve a Armero a dejar flores a sus padres, recorren la ciudad desde sus recuerdos y, a través de ellos, aún viven en ella.

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Nova reconoce que hay una disputa en torno a la construcción de la memoria de la ciudad, y ello lo asocia a que las personas que hoy habitan allí no son armeritas. Parte de su trabajo, desde el Centro de Visitantes de Armero, se ha enfocado en encontrar vías para generar consensos y acuerdos en la construcción de esa meta común, por ejemplo, con la creación de guiones y rutas establecidas para los guías turísticos del lugar, que dentro de su informalidad reciben a las personas en el territorio y difunden información poco certera. Sin embargo, la falta de coordinación ha dificultado el trabajo; ese es el gran reto que hay detrás de los intentos de construcción de memoria de Armero: poner en práctica procesos de comunicación, llegar a consensos y pasar de las palabras a la consolidación de testimonios, pues cada quien recuerda a Armero según la forma en que la vivió.

Y es que recordar Armero es también una responsabilidad con la historia. Parte de la magnitud de la tragedia se explica con el hecho de que a sus habitantes no se les habló del peligro que significaba el Nevado del Ruiz para ellos, nunca se les habló de la amenaza latente que traía vivir cerca del “león dormido”, como se le conoce al volcán. “Ahí todos fallaron”, afirma López. De ahí se entiende que Nova también trabaje desde la cultura del riesgo, pues, según confiesa, uno de sus mayores temores es que se desvíe la historia y que la humanidad no aprenda de lo que sucedió: que su ciudad fue físicamente destruida por un desastre natural. Entre tanto, y mientras que el proyecto de la Ruta de la Memoria está estancado por falta de recursos, pues no ha encontrado un apoyo institucional fuerte y constante para ejecutarlo en su totalidad, y tras lograr recopilar algunos testimonios en las Narrativas Armeritas, gracias al intercambio de información entre sobrevivientes en redes sociales, su trabajo por la construcción de la memoria de Armero sigue en pie.

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