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Beatriz González, la observación y la repetición como trazo primordial

La artista santandereana falleció el viernes 9 de enero, a los 93 años. Su legado artístico va más allá de su obra, pues como esposa, madre y profesora, tocó las vidas de muchos a través del arte.

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Andrea Jaramillo Caro
10 de enero de 2026 - 12:26 a. m.
Beatriz González fue una de las figuras más representativas de la historia del arte en Colombia con obras como “Auras anónimas” en el Cementerio Central.
Beatriz González fue una de las figuras más representativas de la historia del arte en Colombia con obras como “Auras anónimas” en el Cementerio Central.
Foto: Óscar Pérez
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Beatriz González nunca abandonó el pincel. Hasta su último suspiro lo mantuvo como una extensión de su cuerpo. Aun con más de 90 años, continuó yendo religiosamente a su estudio para interpretar con siluetas a los personajes que protagonizaron los miles de recortes periodísticos de su extenso archivo. Todo empezó con “Los suicidas del Sisga”, cuando en 1965 vio aquella imagen en blanco y negro en un papel periódico y su atención fue dirigida hacia la reportería gráfica.

La artista santandereana, “la maestra”, como le decían, había sido recientemente homenajeada en Artbo con una exhibición en la sección “Trayectoria”y en la bienal BOG 25, con su obra “La felicidad de Pablo Leyva”. El 2025 estuvo colmado de muestras y reconocimientos internacionales para un estilo y una historia que se extendieron por varias décadas.

Las imágenes que capturaron sus ojos durante 93 años tuvieron una característica en común: las figuras humanas. “Tienen que ser poéticas y distinguibles: mi trabajo es convertirlas en siluetas”, le dijo la artista a este diario en 2022.

A las siluetas les dio forma con una miríada de colores: jamás usó el blanco. Aquel color que absorbe todas las ondas lumínicas quedó vetado de la paleta de la artista desde su infancia. Una de las anécdotas que recordó en conversación para El Espectador incluyó a su padre y una caja de lápices de colores que él le obsequió. En ese momento decidió que “el blanco no era un color ni nada”, y decantó su favoritismo por el verde manzana. Ese y el verde esmeralda pintaron la piel de varias de sus siluetas: “Tiene mucho que ver con la muerte, los cadáveres se van volviendo verdosos. Pienso que el verde le da a la piel un concepto más funerario que alegre”.

Sus personajes tenían que ir en contra de lo que usualmente se enseñaba en las academias. Es decir, debían ser antiacadémicos. “Las figuras no son tranquilas, son tristes y recuerdan acontecimientos bastante dolorosos. No podía hacer figuras normales”. Durante años tomó inspiración de los eventos violentos que ocurrieron en Colombia y, a pesar de que en ocasiones la reconocieron por esto, se mantuvo firme en recalcar una de sus máximas: “No nací para pintar la guerra, nací para pintar”.

Su cabello gris, que usó suelto o trenzado, enmarcó sus ojos llenos de sabiduría y experiencias. Por sus 90 años, que cumplió en 2022, se realizó la exhibición “Contrafiguras”, en la galería Casas Riegner. Durante la inauguración se paseó por las salas, tomada del brazo de su hijo Daniel Ripoll, quien en ese momento la definió como “una artista, historiadora, curadora, mamá”.

Esos fueron solo unos de los varios títulos que le confirieron en vida y que ahora acompañarán su legado, como lo harán también los recuerdos de sus facetas como abuela, profesora y esposa.

Urbano Ripoll, quien falleció en abril de 2024, fue su compañero de vida y confidente. El hijo que tuvo con González dijo que la relación de sus padres funcionó a la perfección. “Él levantaba la ceja izquierda en una comida y ella sabía que en cinco minutos tenían que salir de ahí, y viceversa”. En más de 50 años de relación hubo mil historias por contar, pero una de las que resaltó Daniel Ripoll en conversación para este diario fue durante los primeros años de González como artista: “Al principio no vendía nada. Esas mesas que ahora se venden por cientos de millones, las regalaba porque no se las compraban. A ella le gustaban y mi papá la apoyaba y le conseguía lugares para que pudiera trabajar. Papá tuvo mucho que ver en el desarrollo profesional de ella, en ese arranque desde cero. El mecenas de Beatriz González fue Urbano Ripoll”.

Valentina y Antonio Ripoll la conocieron como abuela. Como su padre, ellos crecieron en un entorno lleno de música, literatura y arte. “En 2017 fuimos a París, y mi mamá se tomó la molestia de ubicar los que, para ella, eran los mejores 20 cuadros del Louvre. Después de caminar en una visita privada, liderada por ella para nosotros, llegamos a la Coronación de Napoleón y otras personas se acercaron y preguntaron si podían seguir con nosotros. Mi mamá detuvo su explicación y les dijo: ‘Esta es una visita privada. Pueden seguir, pero no vamos en ningún orden, vamos en el orden que a mí me parece’. Muy Beatriz González”, recordó Daniel Ripoll.

Nacida en Bucaramanga el 16 de noviembre de 1932, llegó a Bogotá en 1956 para estudiar arquitectura. Luego de un breve período en su ciudad natal, volvió a la capital para tomar un curso con Marta Traba, con quien compartió su afinidad por la obra de Fernando Botero. Poco después, González se convirtió en una de las primeras artistas en realizar una exhibición individual en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (Mambo).

En 1974, Traba describió los inicios de González: “En el XVII salón de artistas colombianos, celebrado en 1966, una joven artista de provincia, que acababa de terminar sus estudios de maestra en artes, presentó una obra a la cual se le concedió el premio especial del salón. La obra se llamaba ‘Los suicidas del Sisga’, que determinaría nuestro modo de ver en el arte colombiano. Marcaba, además, el comienzo de una extraordinaria carrera artística, cuya originalidad más relevante sería la de expresar la idiosincrasia de una sociedad con agudeza, inteligencia y chispa inventiva”.

Con “Los suicidas del Sisga” inauguró un estilo que la consagró en la historia del arte colombiano. Pero más allá de su paleta y sus temas, hubo otra característica que resaltó en su obra: la repetición. “Eso está hasta en la Biblia. Jesucristo hablaba con repeticiones, él nunca decía ‘Pedro’, sino ‘Pedro, Pedro’ o ‘Marta, Marta’. Los evangelios tienen muchos modos reiterativos en los que Jesucristo se compromete para convencer, entonces siento que la reiteración va directamente al cerebro. Porque si tú haces un cuadro, uno solo, está bien, pero si tú lo repites hasta el cansancio, algo estamos diciendo que nos conduce a reflexiones, a indagar qué es lo que está pasando”, dijo. “Hay que insistir mucho en Colombia, en ciertas frases, en ciertos pensamientos. Es una insistencia en la situación del país y en que la tragedia no se repita más”.

Más allá de la crianza de su hijo, las reflexiones y enseñanzas fueron parte de su vida. Fue maestra de Doris Salcedo, quien terminó convirtiéndose en su colega, y, en 2022, la obra de ambas mujeres dialogó en la exhibición “BRUMA” en el espacio “Fragmentos”. Se conocieron cuando González trabajaba como guía en el Mambo y abrió una escuela para formar alumnos en esa labor. La rigurosidad intelectual de González causó un impacto en Salcedo, quien afirmó que cuando era una artista joven, la mirada sobre la realidad colombiana de su maestra la ayudó a desarrollar su obra. “Era una época muy especial en términos de arte, y Beatriz se perfilaba como un artista que había decidido quedarse en Colombia en un momento en el que estaba el mito de que, para triunfar, había que ir a Nueva York o a París. Desde ese momento decidió que esa era la historia que quería narrar, y eso es muy bello: nos mostró que los pueblos que no teníamos Historia con mayúscula, sí podíamos tener una perspectiva y contarnos a nosotros mismos”.

Beatriz González fue disciplinada hasta el final. Más allá de su rutina de martes a viernes, en la que asistía a su taller desde las nueve de la mañana hasta las doce del día, se mantuvo firme en sus visitas regulares a la casa en Tominé, a la que se refería como “El campo”. Allí pasó los fines de semana y las actividades se planearon según un horario específico que ella y su familia siguieron al pie de la letra. “Es bien simpático que una persona que hace cosas tan impresionantes y abrumadoras tenga esa disciplina. Es mucho orden para una persona que no debería tenerlo”, recordó su hijo entre risas.

La mirada de González acerca de la realidad que la rodeaba y su forma de interpretarla capturó al mundo. En la inauguración de Contrafiguras dijo que no sabía cuándo acababa una obra, pues consideraba que se completaban solas. De la misma manera, ella construyó su legado entre pinturas, muebles, dibujos, columbarios y más, que fueron acompañados por las palabras y reflexiones que ofreció a quienes hablaron con ella. Así se hizo eterna.

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Andrea Jaramillo Caro

Por Andrea Jaramillo Caro

Periodista y gestora editorial de la Pontificia Universidad Javeriana, con énfasis en temas de artes visuales e historia del arte. Se vinculó como practicante en septiembre de 2021 y en enero de 2022 fue contratada como periodista de la sección de Cultura.@Andreajc1406ajaramillo@elespectador.com
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