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“Attack on Titan” y “Violet Evergarden”: el tiempo como carga o como espacio habitable

A través del análisis de dos series de ánime, se puede entender cómo ha cambiado nuestra percepción del tiempo.

Juliana Vargas Leal

04 de febrero de 2026 - 01:00 p. m.
En "Attack on Titan", la humanidad se enfrenta a la extinción cuando aparecen una serie de criaturas gigantes que devoran humanos.
Foto: Studio Mappa
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La modernidad está caracterizada por el cansancio. El hombre moderno siempre está en busca de algo, aunque no sabe qué exactamente. A veces parece un soldado que quiere ir siempre hacia adelante, pero eso sólo logra atomizar la vida hasta quitarle toda tensión narrativa. El hombre moderno vive el tiempo como carga, pero no necesariamente tiene por qué ser así. El tiempo también puede ser un espacio para recordar, nombrar, entender y habitar.

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Según el filósofo Zygmunt Bauman, el hombre moderno recorre el mundo como si se tratara de un desierto, dando forma a lo informe, prestando continuidad a lo episódico y haciendo un todo de lo fragmentario. Su mundo está determinado.

El hombre moderno no se corresponde con el concepto clásico de peregrinus. El peregrino se siente extraño en la tierra que recorre; en cambio, el hombre moderno no distingue el aquí del allí. El hombre moderno no avanza hacia un lugar, sino hacia un aquí mejor o distinto, o al menos lo intenta. El hombre moderno, más que un peregrino, es un obrero o soldado que siempre marcha hacia una meta.

La modernidad es una época de desfactivización y libertad. Se libera de estar arrojado y de aquel que lo arroja o lo proyecta, es decir, Dios. Sin embargo, en este proceso, el tiempo como promesa, como aprendizaje o como progreso se difumina. “¿Tengo la capacidad de avanzar?“, se pregunta constantemente el hombre moderno.

De manera análoga, la serie de anime Attack on Titan está llena de soldados que desean ir hacia una meta, pues no les queda de otra. Al no haber un Dios al cual recurrir, se apoyan en un equipo de maniobras tridimensionales para rajar la nuca de titanes cuyo único impulso es alimentarse de humanos. El único objetivo de la sociedad en esta serie es sobrevivir a los titanes que se encuentran tras los muros de las ciudades. Así, el tiempo en Attack on Titan no abre posibilidades, más bien, las cierra. Los personajes actúan sabiendo que hay un límite, una historia que los precede y consecuencias que no pueden evitar. Dios, realmente, ha muerto en este universo.

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Zaratustra invoca que “muchos mueren demasiado tarde, y algunos mueren demasiado pronto”. Morir a tiempo es lo que enseña Zaratustra. En verdad, quien no vive nunca a tiempo, ¿cómo va a morir a tiempo? La muerte para Nietzche, el creador de Zaratustra, es libre y consumadora y responde a una gravitación temporal, que se ocupa de que el pasado y el futuro comprendan el presente. De igual forma, el Equipo de Exploración de Attack on Titan –los hombres y mujeres que salen de los muros de sus ciudades para aniquilar titanes–, no viven hacia adelante, sino bajo el pasado, las decisiones de quienes los precedieron y el rumbo que va en marcha. En este universo no se muere a destiempo, simplemente se muere porque, cuando no hay dios, el hombre es el amo del tiempo. Está obligado a diseñar lo venidero y no tiene derecho al reposo, ese pecado que nace del ya-no-saber-hacia-dónde. Los personajes de Attack on Titan saben que, eventualmente, morirán aprisionados por los dientes de algún titán y tal certeza es liberadora. En este universo la muerte no es violenta, sino el tiempo. En este universo el tiempo no avanza, no se atraviesa, sino que se carga.

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Para el hombre moderno el reposo también es un pecado. No saber hacia dónde ir causa la necesidad de estar siempre en movimiento, siempre empezando algo, eligiendo una nueva opción o versión. En este estado es normal sentir que la vida se acelera; sin embargo, tiene que ver con la falta de experiencia de la duración. La sensación de que el tiempo transcurre mucho más rápido que antes tiene su origen en que la gente, hoy en día, ya no es capaz de demorarse. El miedo a perderse cosas y el consecuente deseo de intensificar el ritmo vital son el resultado de un programa cultural desarrollado en la modernidad que consiste, a partir de la aceleración del “disfrute de las opciones del mundo”, en hacer que la propia vida sea más plena y rica en vivencias e incluso, de este modo, alcanzar una buena vida.

No obstante, el miedo al reposo y la aceleración voluntaria de la vida moderna no hace más que ‘desnarrativizarla’. Se siente la aceleración de la vida, pero en realidad no hay nada que la acelere. Si se observa con detenimiento, lo que ocurre es realmente una sensación de atolondramiento. La supresión de una tensión narrativa vital hace que los sucesos deambulen sin rumbo. Así, la vida pierde sentido.

El tiempo en “Violet Evergarden”

A pesar de la modernidad y la aceleración que estos tiempos conllevan, el tiempo no tiene por qué ser una carga ni la causa de un atolondramiento. El tiempo también permite recordar, nombrar y entender. Aunque el tiempo no borra el pasado, sí se puede aprender a habitarlo sin romperse. En la serie “Violet Evergarden, la protagonista es el resultado de una infancia que no lo fue. Criada como herramienta de guerra, Violet carece de empatía y emociones. El mayor Gilbert Bougainvillea fue el único que la trató con cariño, regalándole las palabras “te amo” antes de que ella perdiera sus brazos en batalla.

Al terminar la guerra y con dos brazos de metal, Violet se retira y comienza a trabajar en la compañía postal CH, donde transcribe los sentimientos de la gente en cartas. En otras palabras, trabaja como “muñeca de recuerdos automáticos”, una especie de escriba de cartas por encargo que plasma a la perfección los sentimientos que el emisor desee.

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En cada capítulo, Violet trabaja para un cliente distinto. Una madre que desea seguir cuidando de su hija aun cuando ella ya no esté, un escritor que no logra terminar su obra de teatro, una estudiante que necesita ayuda para escribir una carta de gratitud a su hermano, un niño enfermo que quiere cartas de cumpleaños para su madre en el futuro, un soldado que quiere entregarle cartas a su familia antes de morir.

En “Violet Evergarden” el tiempo no es progreso, es el espacio donde el dolor encuentra lenguaje. En este universo no hay atajos, la aceleración no se puede utilizar para atolondrar las emociones, no se inicia de nuevo, de nuevo y de nuevo para aletargar la vida. El tiempo en este universo es violento porque no cura con su avance, por el contrario, exige permanecer con la pérdida. El tiempo aquí es la búsqueda del significado de un “te amo”. Se vive con el dolor a cambio de tener una vida narrativizada.

El tiempo no es una línea sino una experiencia. Puede ser una carga y aceleración sin sentido hasta atomizar la vida misma; pero también puede abrir un espacio frágil donde aprender a decir lo que nunca se expresó antes. El tiempo no tiene por qué prometer redención o progreso, sólo la posibilidad –difícil, imperfecta–, de permanecer. Y, a veces, permanecer es lo único verdaderamente humano.

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