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Una araña atrapó a la libélula roja. Vi este acto mientras caminaba hacia el edificio de la facultad, por la ruta de los árboles y las guaduas. Había salido del camino asfaltado. Miré hacia arriba en la curva que lleva al puente sobre el lago, en el pequeño atajo en diagonal. Ahí estaba la red, el cuerpo de la libélula atrapada resaltaba a contraluz.
Tuve que darme vuelta para enfocar la imagen desde un mejor ángulo. Ahora sí, ante mí, visiblemente la escena del crimen. Escribir la palabra crimen es una salida muy fácil para narrar a la araña que teje y atrapa. Para decir libélula que baila y se engancha.
Mejor pregunto, observo: ¿cómo es que una libélula, voladora con habilidades acrobáticas inigualables en el reino animal, pudo caer en esa red? De acuerdo con las características de las de su especie, la demoiselle atrapada no solo tuvo que haber sido una depredadora inusual sino un aeronauta excepcional. Esas ninfas aladas son capaces de volar en seis direcciones (arriba, abajo, adelante, atrás y hacia los lados) y pueden alcanzar velocidades envidiables.
Había empezado a interesarme por las libélulas hacía menos de un año, cuando una de ellas entró a mi apartamento, en el piso diez. La vi descansando en una de las paredes, arriba de una de mis fotografías de danza.
Le di el título de Mensajera. Acababa de aceptar mi cargo como directora de una naciente carrera universitaria en Artes del Movimiento. Así que no se me ocurrió un título más innovador para la nueva obra, que incluía la libélula sobre el cuadro.
Más allá de las propiedades de su vuelo, que averigüé tiempo después, supe que el simbolismo que acompaña estos insectos, en distintas culturas, está asociado a transformación, cambio, nuevos comienzos. Nada más acorde a la aceptación de la nueva empresa.
Como es natural, desde entonces han sido muchas las cosas novedosas que he ido encontrando y ejecutando en el nuevo camino. Hace unos días, por ejemplo, hice algo verdaderamente excéntrico para mí: junté treinta palillos y doce gomas de dulce para construir una kinesfera con mis manos. Siempre me consideré torpe para el ejercicio manual. Pero el deseo de que mis alumnas no solo pensaran con el cuerpo ese concepto, sino que construyeran un pequeño prototipo en clase, pudo más que la ansiedad de enfrentarme a las manualidades.
Rudolf Von Laban, teórico y bailarín austrohúngaro, influyente coreógrafo pionero de la danza moderna, fue quien nos legó estas visiones. Él había estudiado arquitectura en la École des Beaux-Arts de París. Y también, el movimiento humano de la mano de un discípulo de Delsarte, cantante, compositor y pedagogo francés que dijo alguna vez: “no hay nada tan horrible como un gesto sin significado”. Así que Laban quiso ahondar en eso que lo convocaba, el cuerpo expresivo en el espacio.
De tanto dibujar, moverse y ver bailar, dicen que se interesó particularmente en las danzas árabes y africanas, construyó una figura con las distintas direcciones, niveles y movimientos tridimensionales que una persona puede realizar. Definió el alcance máximo de las extremidades sin necesidad de desplazarse en una burbuja o esfera imaginaria de espacio personal que rodea al cuerpo.
Dentro de este campo, que el bautizó como kinesfera, esbozó un icosaedro. El arquitecto eligió esa figura geométrica, como un mapa que aun hoy ayuda a los bailarines a precisar la dirección de sus movimientos.
Atrás, adelante, arriba, abajo, a un lado a otro y en diagonales… Sí, algo parecido al vuelo de la líbelula, solo que, en vez de seis y ocho direcciones, la kinesfera señala doce vértices como orientaciones espaciales principales que se combinan para formar otros muchos puntos de dirección, incluyendo variantes de tres niveles (ej. arriba-derecha-adelante).
Una vez logré unir los treinta palillos de madera en dichos vértices, con las gomas de dulce, sabía que estaba lista para llevar la actividad a la clase. Mientras eso ocurría, metí el artefacto en la nevera para evitar que las hormigas jugaran a ser jóvenes bayaderas en el templo de Mahakal.
Esa noche y los días siguientes, solo pensé en círculos, diagonales, gomas, hormigas. Pero sobre todo soñé con la libélula bailarina inmolada por una araña coreográfica. Ella como suerte de Ícaro, quizás confió demasiado en la magnificencia de su vuelo y encontró la muerte en esa planimetría escénica natural.
¿Cómo reducir todo esto a la palabra crimen? Si hubiera que hacer una síntesis, mejor sería pensar en una pedagógica de la Teoría de la Armonía del Espacio, la coréutica de Laban. Diagonales, vértices, geometría, insectos, cuerpos en el espacio, reservada danza. Ya lo dijo el poeta: todas las cosas tienen su misterio y la poesía, ese gesto, es el misterio que tienen todas las cosas.
*Julia Díaz-Santa es la directora de la carrera de Danza y Artes del Movimiento y Docente de Medicina Narrativa de la Pontificia Universidad Javeriana.