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“Mucho toque toque y de aquello nada”: ‘Blue Lock’ como preludio del Mundial (Opinión)

Un Mundial es un evento impredecible. Hay decepciones, hay sorpresas, generalmente el favorito no gana. Los datos dicen una cosa, pero siempre existe la probabilidad de que un jugador se salga del esquema, devore a otros, sea un egoísta con fuerza tremenda. Esta es la filosofía del anime “Blue Lock”. El equipo-reloj no gana, gana el que es suficientemente egoísta.

Juliana Vargas Leal

11 de junio de 2026 - 02:00 p. m.
Portada del primer número del manga Blue Lock, publicado en español por la editorial Planeta.
Foto: Planeta
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Tres países, 48 equipos, 104 partidos, 38 días de Mundial. La liturgia planetaria que se realiza cada cuatro años vuelve más grande, más ambiciosa, con la esperanza de superar un Costa Rica siendo primero en el grupo de la muerte, un Luis Suárez tapando con las manos el gol que habría hecho que Ghana pasara de fase, un gol de media volea de James contra Uruguay, un cabezazo de Zinedine Zidane y una mano de Dios.

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Francia, España, Argentina, Países Bajos, Inglaterra. Hay varios candidatos a levantar el trofeo. Hay quien dice que se lo llevará el que mejor trato haga con la suerte, otros creen que dependerá de qué tantas lesiones logren eludir, los últimos llegan a la misma conclusión de siempre. El fútbol es un juego de once contra once, así que es obvio que el que mejor trabajo en equipo haga, gana.

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Los animes de deportes coincidirían con ese argumento. En “Súpercampeones”, “Haikyuu!”, “Free”, “Kuruko no Basket” y otras series, el poder de la amistad y el trabajo en equipo son clave para alcanzar la victoria. Pero hay uno, sólo un anime que deconstruye esta narrativa para atreverse a decir que el verdadero genio nace del deseo insaciable de destacar por encima de los demás. “Blue Lock” redefine el egoísmo no como un defecto, sino como la fuerza motriz que obliga a los jugadores a reconocer su propio talento, forzar sus límites y luchar por sus sueños individuales.

Esta serie utiliza el fútbol como excusa, pero no es un anime de deporte. Es, más bien, un experimento social que pretende contraargumentar la manera en que concebimos el trabajo en equipo, el egoísmo y, en última instancia, el éxito. Trata sobre 300 delanteros de distintas preparatorias en Japón que son encerrados en un complejo por Ego Jinpachi, quien tiene una tesis escandalosa. A Japón nunca le faltaron jugadores disciplinados, solidarios y obedientes. Le faltó lo contrario. Le faltó un delantero egoísta, un monstruo del gol dispuesto a querer la pelota para sí, a no pasarla, a clavar el balón en el ángulo, aunque tenga un compañero mejor ubicado. Así que los pone a prueba mediante distintas fases en las que los delanteros juegan a muerte, devorándose entre sí, hasta que sobreviva sólo uno: el mejor egoísta del mundo.

Aparentemente, esta filosofía de juego va contra la manera en que funciona el deporte, la competición y la victoria. Que el equipo está por encima del individuo, que un solo jugador no puede llevar todo un equipo a cuestas, que cada uno tiene un papel y, si lo llevan a cabo, el equipo funcionará. El egoísmo, cuando hay otros diez jugadores alrededor, suena contraintuitivo.

Sin embargo, esta competición atrevida y monstruosa, poco a poco, va obligando a los delanteros a descubrir en qué sobresalen, qué pueden mejorar, qué debilidades tienen y cómo pueden usar a otros para superarlas. Una persona es psicológicamente madura cuando acepta sus impulsos, reconoce sus sombras y construye una identidad propia. Eso es lo que deben hacer los personajes de “Blue Lock” para sobrevivir dentro de la competencia. Deben reconocer sus debilidades y, al mismo tiempo, querer ser los protagonistas. Esa es la paradoja de la serie y precisamente lo que quiere explorar. Si el jugador logra desarrollar sus armas y, por lo tanto, su identidad al máximo, podrá serle útil al equipo. Toda la filosofía de la serie reside en no diluirse en el otro, en descubrir quién es realmente para ser una pieza clave del engranaje del equipo.

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Así es como el “egoísmo” en “Blue Lock” es resolverse a sí mismo para poder ayudar a los demás. En últimas, “Blue Lock trata” sobre la identidad y la autoafirmación. La trama está basada en crear al egoísta más grande del mundo, con la finalidad de crear el mejor delantero de mundo. Así, no glorifica un ego vacío, sino uno desarrollado.

En definitiva, la apuesta de “Blue Lock” es demostrar que el fútbol educado, coral y antepuesto al lucimiento personal rinde menos de lo que promete. En otras palabras, reafirma aquel dicho tan colombiano que repite “mucho toque toque y de aquello nada”. Hasta que alguien no se atreva a romper el esquema y hacer el gesto individual, no habrá un ego que eleve al equipo, que obligue a los demás a jugar a su altura, que haga que los otros diez lo vean como el obstáculo que deben superar; pues al final, el talento individual y la inteligencia colectiva no se oponen, se necesitan. Un equipo de puros egoístas pierde, pero un equipo sin ningún egoísta también.

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Tres países, 48 equipos, 104 partidos, 38 días de Mundial. La liturgia planetaria que se realiza cada cuatro años vuelve más grande y ambiciosa. Seguramente habrá equipos-máquina, engranajes perfectos donde nadie sobresale ni desentona. Seguramente habrá otros equipos fruto de academias cuyo fin es sacar futbolistas casi que en serie. Equipos producto de la ciencia del deporte, de los datos que dicen aquello y lo otro. Ya veremos si también habrá jugadores herederos del Maradona de 1986, del Mbappé de 2022 cuando iba perdiendo la final 2-0. Los jugadores impredecibles, los desequilibrantes, los que se rebelan a la plantilla técnica. El fútbol moderno, el fútbol de Instagram y TikTok busca el espectáculo, los resultados de laboratorio, el jugador optimizado. Ya veremos si existirá el jugador que huya de la fábrica para querer el gol para sí.

A título personal, espero que así sea, y que tal jugador salga del potrero andino, de la selva tropical indómita, del lodo atlántico.

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