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Caren Trujillo: “La publicidad ha vendido un mundo aspiracional, pero excluyente”

Desde Nueva York, la colombiana Caren Irana Trujillo Collazos publicó un libro llamado “Estética de la inclusión. El impacto del arte y la publicidad en la restauración de la sociedad marginal”, que cuestiona precisamente los imaginarios que pueden crear estos dos lenguajes que, según ella, son aparentemente distintos.

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Andrés Osorio Guillott
09 de mayo de 2026 - 07:23 p. m.
Caren Irana Trujillo, autora colombiana residente en Nueva York.
Caren Irana Trujillo, autora colombiana residente en Nueva York.
Foto: Archivo Particular
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Cuéntenos de dónde surge la idea o el interés de este libro. ¿Por qué le interesa esa relación entre arte y publicidad?

La idea nace de una tensión que he vivido durante años: entender cómo dos lenguajes aparentemente distintos, el arte y la publicidad, terminan construyendo imaginarios colectivos. Vengo de una formación profundamente ligada a lo artístico, pero también he trabajado dentro de la industria publicitaria, donde comprendí que las imágenes no solo venden productos, sino que también modelan formas de ver el mundo.

Este libro surge de esa observación crítica: si ambos campos producen significado, entonces también tienen la capacidad y la responsabilidad de transformar la manera en que entendemos la inclusión, la dignidad y la representación.

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¿A qué se refiere con el concepto “sociedad fracturada”?

Me refiero a una sociedad que no solo está dividida en términos económicos o políticos, sino también simbólicos. Una sociedad donde no todos los cuerpos, historias o identidades tienen el mismo valor en el imaginario colectivo.

La fractura ocurre cuando hay una desconexión entre lo que somos como sociedad y lo que representamos de nosotros mismos. Es una ruptura en la narrativa común, donde ciertos grupos quedan sistemáticamente invisibilizados o reducidos a estereotipos.

Usted plantea que la marginalidad es una construcción simbólica. ¿Cómo se entiende entonces en este presente ese concepto y quiénes están creando o promoviendo esa marginalidad?

Cuando hablo de marginalidad como construcción simbólica, me refiero a que no es únicamente una condición material, sino también una narrativa. Es el resultado de discursos, imágenes y decisiones sobre quién merece ser visto, escuchado o representado.

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Hoy esa construcción ocurre desde múltiples lugares: medios de comunicación, publicidad, industrias culturales e incluso algoritmos digitales. No es un solo actor, sino un sistema que reproduce ciertas jerarquías de valor. Y lo más complejo es que muchas veces esa marginalidad se naturaliza, se vuelve invisible.

Usted afirma que la exclusión es un acto de lenguaje. ¿Cree que bajo esa lógica, el hecho de poder o no acceder a las redes, al internet, al mundo digital aumenta la exclusión? ¿Cómo combatirla en este campo si hay personas que no tienen acceso a estos “espacios”?

Totalmente. Si entendemos el lenguaje en un sentido amplio, como todo sistema que produce significado, entonces el acceso al mundo digital es también acceso a la posibilidad de existir simbólicamente.

La brecha digital no solo es tecnológica, es profundamente cultural. Quien no está en estos espacios no solo pierde acceso a información, sino también a representación.

Combatirlo implica pensar en inclusión más allá de lo visible: políticas de acceso, alfabetización digital, pero también una ética de producción de contenido que no dependa exclusivamente de lo digital para validar la existencia de ciertos grupos.

Usted dice que el arte no elimina la herida, pero la hace visible y compartida. ¿Cómo identificar ese límite entre representar el dolor y convertirlo en una estética consumible?

Ese límite está en la intención y en la responsabilidad. Representar el dolor no debería ser un ejercicio de explotación emocional ni de estetización vacía.

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Cuando el dolor se convierte en una estética consumible, pierde su dimensión ética y se transforma en un recurso visual. En cambio, cuando hay contexto, respeto y una narrativa que dignifica, el arte puede generar empatía real.

No se trata de evitar el dolor, sino de no banalizarlo.

Bajo la idea de que “toda imagen vendida es también una idea del mundo”, ¿cómo define usted al mundo que está describiendo o vendiendo la publicidad?

La publicidad ha vendido históricamente un mundo aspiracional, pero profundamente excluyente. Un mundo donde el éxito, la belleza y la felicidad responden a estándares muy limitados.

Sin embargo, estamos en un momento de transición. Hay una tensión entre ese modelo tradicional y nuevas narrativas que buscan ser más diversas.

La pregunta hoy no es solo qué mundo vende la publicidad, sino qué mundo decide legitimar.

¿Cómo identificar cuando una campaña publicitaria está instrumentalizando un asunto como la inclusión y cuándo realmente busca sensibilizar sobre este tema?

Se nota en la coherencia. Una campaña que instrumentaliza la inclusión suele quedarse en la superficie: usa la diversidad como recurso visual, pero no transforma su narrativa ni sus prácticas.

En cambio, cuando hay una intención real, la inclusión atraviesa todo: el mensaje, el equipo creativo, la historia que se cuenta y el impacto que busca generar.

La inclusión no es un concepto estético, es una postura.

Es interesante esa idea de que toda transformación social comienza con una mirada. ¿Cómo se logra eso cuando parecemos estar saturados de publicidad, pero también carentes de atención y concentración?

Precisamente por esa saturación, la mirada se vuelve más valiosa. No se trata de producir más imágenes, sino de producir imágenes que interrumpan, que cuestionen, que obliguen a detenerse.

La transformación no ocurre en la cantidad, sino en la capacidad de generar significado. Una sola imagen puede ser más poderosa que mil si logra tocar una fibra real.

Hoy el reto no es solo captar la atención, sino resignificarla.

¿Por qué le interesa tanto subrayar la importancia que tiene la ética en la publicidad?

Porque la publicidad no es neutral. Tiene el poder de influir en cómo nos vemos a nosotros mismos y a los demás.

Hablar de ética es reconocer que cada decisión creativa tiene consecuencias. Que cada imagen puede incluir o excluir, dignificar o reducir.

En un mundo donde la comunicación tiene tanto alcance, la ética deja de ser opcional y se convierte en una responsabilidad fundamental.

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