Primero, y mucho antes de Cristo, de Buda, de Mahoma y de Moisés, los humanos inventaron el bien y el mal. Luego, la moral, y con ella, el premio y el castigo. Después aparecieron las leyes, y por las leyes comenzaron a ordenarse las viejas sociedades y todas las que surgieron después. Entre uno y otro suceso surgieron los distintos dioses, las diferentes religiones y sus mandamientos. Bien y mal, castigo y premio, dioses y religiones, leyes, todo aquel conglomerado de abstracciones terminó siendo una clara evidencia de que el mundo y la humanidad jamás fueron un paraíso, y que nunca había existido una era dorada que hubiera originado todas las otras eras.
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Ley tras ley y dios tras dios, la historia de la antigüedad contradijo una y un millón de veces a los optimistas de entonces y de siempre, empezando por Ovidio, que decía: “Sin nadie que impusiera el castigo, sin leyes de cualquier tipo, los hombres tenían fe y hacían lo que era correcto… la gente vivía sus vidas con seguridad y en paz, sin necesidad de ejércitos”. Había, hubo guerras. Hubo muertes, cientos de cientos de millones de muertes. Hubo innumerables casos de aquello que luego se llamaría “injusticia”. Los humanos pretendían a toda costa sobrevivir. Como lo señalaron Herbert Spencer, y algunos años más tarde, Charles Darwin, por la supervivencia surgió la evolución.
“Jamás se insistirá lo suficiente en la importancia que tiene el descubrimiento científico de la evolución”, escribió el filósofo alemán Hanno Sauer. “La idea de que una adaptación aparentemente intencionada puede explicarse mediante el concierto descoordinado de la mutación y la selección es uno de los principales hallazgos que se han producido en la historia de la humanidad, solo comparables con tres o cuatro descubrimientos más. ‘Si hundes largo tiempo tu mirada en el abismo, el abismo acabará por penetrar en ti’, vaticinó en su momento Nietzsche. Y el ‘abismo darwiniano’ resultó ser más profundo de lo que se pensaba”.
“Para la época del Nuevo Reino en Egipto, los faraones podían llevar al campo de batalla ejércitos de hasta veinte mil hombres. Ello implicaba una organización y un apoyo logístico de enromes proporciones. Compárese esto con los datos que poseemos de la batalla de Agincourt (1415) en la que entre seis y siete mil ingleses vencieron a un ejército francés de veinticinco mil, o de la batalla de Nueva Orleáns (1815), en la que cuatro mil estadounidenses vencieron a nueve mil soldados británicos”.
Peter Watson (Ideas. Historia intelectual de la humanidad. 2003).
Más profundo, más enigmático, más corruptor. “Un ácido universal”, en palabras de Daniel Denoten, que erosionó la gran mayoría de las ideas y las teorías de los investigadores y pensadores. “Cualquier concepción del mundo que entre en contacto con él, sufrirá un cambio fundamental. De hecho, muchas ideologías ni siquiera han sobrevivido a ese contacto”, según Sauer. La evolución traspasó una y mil veces el límite de la moral, y acabó por transformarla. Las características adaptativas jamás tuvieron nada que ver con las definiciones de lo bueno o lo malo. Fueron y seguirán siendo características de adaptación, más allá de la carga que se les haya dado.
Lo que en un principio pareció ser una suma de resultados sobre objetivos muy claros, con Darwin y demás o gracias a ellos pasó a ser casi todo lo contrario. No era cierto que el ojo del hombre se hubiera creado y perfeccionado por un alguien con un interés de perfección, de belleza o de bondad. Tampoco el león, o los tiburones, o los osos, los naranjos, los planetas, las estrellas, los mares y las montañas. Como escribió Sauer, “La teoría de la evolución acaba con esa impresión y la desenmascara como una mera ilusión teleológica. La orientación de la vida hacia unos objetivos es solo aparente: en realidad, sigue la marea no planificada de la mutación y la selección”.
En lugar de un interés, hubo un infinito número de epidemias y cambios climáticos que afectaron a la naturaleza, incluido el ser humano, y luego, una encarnizada lucha de todo contra todo por sobrevivir. En palabras de Sauer, “La evolución siempre tiene lugar allí donde se produce una ‘descendencia con modificación’ (en palabras de Darwin, ‘descent with modification’), que surge como consecuencia de la combinación de diversos factores, como la variación, las diferencias de éxito reproductivo y la herencia. Las mutaciones azarosas generan variación”. Las variaciones, una nueva mezcla, y así hasta el infinito.
“Sin duda, no hay progreso”.
Charles Darwin (1809-1882)
Todo aquel proceso fue lo que Darwin llamó “selección natural”, una constante repetición de factores que no tenía ningún fin predeterminado y seguía su propio curso, según sus propias leyes, o caprichos. En términos de Hanno Sauer, “La biología de la evolución y la psicología evolucionista son un panóptico de brutalidad y obscenidades que a menudo resultan favorables desde el punto de vista estratégico, pero son más que dudosas desde la perspectiva ética. En determinadas condiciones, el asesinato y el homicidio, la violación y el robo, la xenofobia y los celos pueden ser conductas bastante adaptativas, pero eso no las convierte en moralmente correctas”.
Según innumerables conclusiones de estudios de diversos pensadores y científicos, cuando los humanos, las sociedades, crearon la moral, la crearon esencialmente para protegerse, incluso unos de los otros. La cooperación, ese espíritu de cooperación que tantas ideologías ha forjado, y que tantas religiones ha promovido, siempre con la promesa de un beneficio mayor, fue más una reacción al miedo que una consecuencia del “amor al prójimo”. Desde el punto de vista eminentemente científico, el genetista Richard Dawkins concluía en su libro El gen egoísta, que éramos “altruistas porque nuestros genes son ‘egoístas’”.